"Unidos en la diferencia somos imparables". ¿Qué diferencia? Lucila Rodríguez-Alarcón
El miércoles pasado la selección española ganaba 2-0 a Francia. El comentador de RTVE cerraba la retransmisión con esta frase que repite mucho últimamente en las coberturas del Mundial: "Unidos en la diferencia somos imparables". Me parece una gran frase, claro, pero ¿a qué diferencias se refiere? ¿Habla de las capacidades físicas, de las cualidades técnicas, del equipo del que vienen? ¿Se aplica a la selección de España o a todas las personas que vivimos en este país? Seguro que Rajoy tiene mucho que decir al respecto. No creo que todas entendamos el tema de la diferencia de la misma manera. Y se trata de un asunto clave en estos momentos en los que, en varias comunidades autónomas, una serie de personas están intentando imponer una definición sesgada de lo que es la “prioridad nacional”.
Y es que el tema de la diferencia o la pertenencia está siendo uno de los ejes del debate público global en el Mundial. Empezamos el campeonato teniendo que aguantar una diferenciación del trato de los participantes en los distintos puntos fronterizos del territorio donde se ha desarrollado. La segregación y las vejaciones que sufrieron algunos equipos y trabajadores del Mundial fueron portada los primeros días. Fue sonado el rechazo en frontera del árbitro somalí Omar Artan, que con 34 años iba a hacer historia como el primer colegiado de su país en pitar en una Copa del Mundo. Pero le obligaron a volverse sin poder participar en el campeonato. Solo este incidente debería haber generado una respuesta internacional contundente y sin fisuras. Pero produjo únicamente una leve indignación parcial. Ciudadanos originarios de naciones africanas y de Oriente Medio sufrieron demoras sistemáticas, cancelaciones de acreditaciones de última hora y revisiones exhaustivas en las aduanas estadounidenses; y la respuesta fue igual, nada de nada.
El epítome de esto fue la anulación de la sanción de una tarjeta roja impuesta al equipo de Estados Unidos. El presidente Trump realizó tres llamadas telefónicas consecutivas a su amigo personal Gianni Infantino para presionar y conseguir que Folarin Balogun pudiera jugar contra Bélgica. Menos mal que esta última paleó 4-1 a los estadounidenses. Pero el “tarjetazo” constituye sin duda el precedente histórico más peligroso de injerencia política en el arbitraje de un mundial. No se me ocurre un tongo mayor que este. Y me dirán que tongo siempre hubo. Y seguro que así es. Pero esto es como el chiste del marqués al que no dejan entrar en la piscina. Y cuando pregunta a qué se debe el rechazo y le explican que es porque se hace pis en la piscina, responde airado: "¡Pero si todo el mundo se hace pis en la piscina!". "Sí, pero usted es el único que lo hace desde el trampolín". Y eso es lo que nos está pasando: Trump se saca la cho**a y arrasa con el sistema de derechos a todos los niveles, pero le seguimos dejando entrar en la piscina y nos bañamos a su lado.
Dos días antes del partido España-Francia, el ICE se cobraba su novena víctima reconocida desde que este señor llegara a la presidencia de su país. Johan Sebastián Durán Guerrero era un chaval de origen colombiano que vivía en Maine, donde trabajaba y residía. Tenía 26 años, estaba casado y era padre de una niña de tres años que, según testigos, presenció el asesinato. Lo mataron por error, lo confundieron con un "alien", según aparece citado en fuentes oficiales —en serio, ¿cómo se puede llamar a una persona “alien”?—. Lo acribillaron, destrozando decenas de vidas y sin que tenga consecuencia alguna para sus asesinos y los que los amparan. Todo comienza con narrativas y simbolismos que luego se convierten en acciones. Por eso es tan importante que España gane el Mundial. Ya no solo para regocijo de millones de españoles que vivirán el triunfo como propio. También por el simbolismo político que implica.
Todo comienza con narrativas y simbolismos que luego se convierten en acciones.
No hay más que mirar el caso de Noruega. El Viking row se ha convertido en la acción más viral del Mundial. Eso de ver a toda la afición remando, y a los jugadores y hasta al primer ministro uniéndose, ha generado muchísima simpatía. Y en paralelo, tras no conseguir la suspensión de Israel por crímenes de guerra, la Federación Noruega de Fútbol (NFF), liderada por su presidenta Lise Klaveness, anunció la donación de la totalidad de las ganancias por la venta de entradas de su partido de clasificación mundialista contra Israel a organizaciones humanitarias, como Médicos Sin Fronteras, destinadas a la emergencia en Gaza. Así los vikingos llenaron su participación de un simbolismo que nos calienta el corazón a aquellas personas que creemos en los derechos, en la igualdad y en la fraternidad. Los eliminaron, y también a los irlandeses, pero todavía queda España de la troika que en mayo de 2024, en plena escalada del conflicto en la Franja de Gaza, dio el paso histórico de reconocer formalmente el Estado de Palestina.
Así que, si ganamos el Mundial, también lo ganará el simbolismo que acompaña internacionalmente a nuestro país en estos momentos. Esa narrativa es muy diferente de la que se nos regala dentro de nuestras fronteras. En el ámbito exterior, España es el país de la regularización extraordinaria frente a los crímenes del ICE, el del no al uso de las bases militares frente a la invasión de Irán, el del amor frente al odio, el de la justicia para Gaza. Es el país del Balón de Plata 2025 para Lamine Yamal, que con 19 años recién cumplidos define preciosamente eso de la diferencia: "Cada uno somos de un sitio, cada uno somos de una manera y creo que esa es la riqueza que tenemos".
Lo más gracioso de todo es que, cuando Lamine dice que cada uno es de un sitio, se refiere a un sitio de España, que ya de por sí implica un nivel de diversidad altísimo. Pero no se puede hablar de origen migrante porque nuestra selección apenas tiene tres jugadores de segunda generación. Alemania, Reino Unido o Francia tienen plantillas donde la mayoría son hijos de migrantes y, por ejemplo, el Congo tiene un equipo donde más de la mitad han nacido fuera. Esto lo sé gracias al proyecto de Artur Scartazzini, Diego Vieira y Felipe Líbano que, bajo el título El factor Inmigrante, analizan la composición de los equipos desde esa perspectiva. Es fascinante. Quizás sacó de ahí Rajoy sus desastrosas conclusiones. Es posible que para el PP, que ya bucea en el oscuro abismo de la "prioridad nacional", una persona que ha nacido y crecido en España no sea digna de ser española. Y aquí volvemos a la famosa cuestión de qué variable nos van a medir para saber si podemos formar parte de esa “prioridad nacional”.
Sea como fuere, somos diferentes todas las personas que habitamos este planeta. Si nos ponemos, podemos segregar hasta límites insospechados. Desde el color de la piel, que tiene miles de pantones –como lo muestra la obra Humanae ,de Angelica Dass–, hasta el tamaño de la nariz. No hay nadie igual, ni siquiera los gemelos. Y, por otro lado, somos todas muy similares. Nuestro diseño, lo que viene de fábrica y nos hace humanos, es un fino entramado de características neurológicas, hísticas y espirituales que nos definen como iguales. Todas las personas buscamos lo mismo: vivir una vida satisfactoria y plena. En lo que diferimos es en los caminos que creemos que debemos tomar para conseguirla. Ojalá fuéramos capaces de entender esto de forma orgánica y absoluta, y de respetar a las demás personas con sencillez y empatía. Porque, al final, es cierto que, se refiera a quien se refiera —selección, país o mundo—, unidas en la diferencia somos imparables.
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Lucila Rodríguez-Alarcón es cofundadora y directora de la Fundación porCausa.
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