Sobre la final del domingo Helena Resano
La semana pasada estuve a punto de escribir sobre esto y pensé: "Bah, es una obviedad". Pero resulta que no. El artículo de Rajoy me recordó que ni siquiera aquello que parecía a salvo de la trinchera lo está ya. Ni siquiera el fútbol consigue librarse de la batalla política. Ni siquiera durante 90 minutos somos capaces de dejar de mirarnos con desconfianza.
El domingo volveremos a sentarnos delante del televisor con el corazón encogido. Hay algo que ocurre cuando juega España que va más allá del fútbol. Durante un rato queremos creer que somos mejores de lo que nos contamos a nosotros mismos. O, al menos, mejores de lo que algunos se empeñan en hacernos creer.
La selección que salta al campo representa bastante bien el país que somos. Un país diverso, cada vez más, mestizo, imperfecto, lleno de acentos distintos, de orígenes diferentes y de historias que hace apenas unas décadas ni siquiera imaginábamos. Y, sin embargo, cuando rueda el balón, nadie pregunta de dónde viene el compañero. Solo importa que juegue bien, que dé el pase a tiempo, que corra cuando hace falta y que el equipo gane.
Un equipo no funciona porque todos sean iguales, sino porque cada uno pone lo mejor de sí. Quizá esa sea la verdadera lección del deporte
Quizá por eso tuvo tanta fuerza escuchar a Lamine Yamal decir que el fútbol es un deporte que integra. Y lo decía un chico cuya madre es guineana, su padre marroquí, criado en un barrio de Barcelona. Su reflexión fue la mejor respuesta, el mejor recordatorio de que la identidad no siempre se hereda: también se construye, se vive y se comparte.
En este campeonato ha habido de todo. Ha habido buen fútbol, sorpresas, polémicas, declaraciones desafortunadas y, cómo no, intentos de Trump también de manosearlo a su manera. Habrá que revisar, con calma, ese capítulo tan oscuro de un Infantino plegándose a una llamada de Trump y quitando una tarjeta porque sí.
Y todo esto lo dice alguien que no es especialmente futbolera. Algunos habrán visto todos los partidos. Otros, como yo, apenas habremos seguido el campeonato. Da igual. Entiendo la alegría de quienes viven estos encuentros deportivos con una intensidad que yo observo desde fuera. Me gusta esa euforia colectiva. Me gusta ver las plazas llenas, las familias reunidas, los bares abarrotados y a desconocidos abrazándose después de un gol.
Y también me gusta ver a esta selección por cómo se comporta. Porque, más allá del talento, transmite algo poco frecuente: respeto. Dentro y fuera del campo.
Ojalá el domingo, pase lo que pase, sepamos estar a la altura de ese ejemplo. Ojalá la celebración, si llega, sea de todos y para todos. Sin apropiaciones, sin banderas.
Y, cuando todo termine, cuando se apaguen las televisiones y volvamos a la rutina de siempre, al ruido de siempre, ojalá nos quede algo más que el recuerdo de un partido. Ojalá recordemos que un equipo no funciona porque todos sean iguales, sino porque cada uno pone lo mejor de sí. Quizá esa sea la verdadera lección del deporte. No que siempre se gana, sino que hay victorias que solo son posibles cuando dejamos de jugar cada uno por nuestra cuenta.
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