Christopher Nolan logra en ‘La Odisea’ una adaptación magnífica pero alejada de lo mejor de su carrera

Imagen promocional de 'La Odisea'

En la tradición de la Antigua Grecia resulta básico el concepto de la xenia. Se trata de un contrato de hospitalidad, un catálogo de buenas prácticas para guiar la interacción entre anfitriones y huéspedes, que tiene su ancla en la religión. La xenia es —y así se refieren a ella los personajes de La Odisea de Christopher Nolan— la "Ley de Zeus", pues remite a la costumbre del dios griego de bajar del Olimpo y camuflarse entre los seres humanos como un vagabundo. Conviene tratar bien al huésped, en resumidas cuentas, porque nunca sabes si ese huésped podría ser un dios disfrazado.

No cabe leer la xenia, sin embargo, como una prevención para el engañoso chantaje de los dioses. En realidad es un mandato de virtud, alrededor de un código ético que los filósofos griegos solían articular con sus dioses como referencia. La xenia no es más que tratar a los humanos (tratarnos) como dioses. “No hay que seguir los consejos de quienes dicen que debemos tener pensamientos humanos y mortales puesto que somos hombres y mortales somos”, escribió Aristóteles en Ética a Nicómaco. “Sino que debemos, en la medida de lo posible, inmortalizarnos, y hacer todo lo que esté en nuestra mano por vivir de acuerdo con lo más excelente que haya en nosotros”.

Así que la Ley de Zeus no es de Zeus, sino nuestra: es la que mueve a pensar en el humano como más que un humano, como algo mejor, alentando la solidaridad y la convivencia. También es un impulso innato de trascendencia, que podría tanto garantizar la organización de las sociedades con las leyes —leyes, recomendaba Aristóteles, que debieran apuntar a la excelencia de los dioses antes que a la falibilidad de los mortales— como, en instancias posteriores de la Historia, el surgimiento de individuos extraordinarios, que no precisen rezarle a nadie. La historia de Occidente puede cifrarse en esta creciente y egoísta voluntad de poder, siendo Dios sustituido por el Sujeto, y siendo este Sujeto susceptible de delirios prometeicos. Como el protagonista de Oppenheimer.

Como otros protagonistas de la obra de Nolan, en realidad. El director inglés ha prestado una atención progresiva a personajes mesiánicos, que aceptan sobre sus cabezas el peso de la civilización con un rictus tan solemne como torturado. Individuos con una energía maníaca que les impulsa hacia adelante, hacia arriba, y acaban traicionando la xenia al rechazar la idea de Dios en el prójimo por erguirse ellos mismos encima de él. Con lo que no resulta extraño que, tras Oppenheimer (su película más unánimemente alabada, según los Oscar recibidos), Nolan haya vuelto sobre los pasos de Ulises. O de Odiseo, como se le conoce en todo momento en su film.

La Odisea de Homero, en contra de lo que pudiera parecer, no le interesa a Nolan por el viaje del héroe que tanto ha llegado a enamorar al cine de Hollywood, ni siquiera por ese nóstos (la vuelta a casa) que también es clave en el poema. A Nolan le interesa La Odisea por la xenia.

Al encuentro de Homero

Es algo que se ha estudiado mucho, aunque no posea el atractivo inmediato de cíclopes y sirenas. La Odisea reafirma la necesidad de la Ley de Zeus como índice vertebrador del mundo, ante las transgresiones que esta pueda sufrir. El ejemplo central serían los groseros pretendientes que Penélope acoge en Ítaca mientras Odiseo está ausente y, a la vez que le exigen que se despose con uno de ellos, abusan de su cortesía indefinidamente. También ha tenido su pábulo el episodio con Polifemo, por si este pobre cíclope merecía quedarse tuerto, y no les estaba bien empleada a los hombres de Odiseo la posterior maldición de Poseidón. Nolan, por su parte, va algo más allá.

De ahí que La Odisea cuente a grandes rasgos lo mismo que Oppenheimer, gracias al énfasis que Nolan hace como guionista en la infracción de la xenia a manos de Odiseo, y cómo plantea a partir de ahí todo el poema como una épica consecuencia de su pecado contra los dioses. La culpa de Odiseo, la progresiva pérdida de sus hombres en su largo camino a casa y, aún más, su secreta reticencia a volver a Ítaca —esa alargada estancia junto a Calipso con la que empezaba el poema y también empieza el film—, son un eco de los ojos conmocionados de Cillian Murphy en la película anterior. La aterrada consciencia de haber iniciado algo cuyas repercusiones durarán siglos.

No es esta Odisea una revisión ni una actualización, por tanto (y aunque hayan dado que hablar hasta tal punto las decisiones del diseño de producción), en favor de simplemente una adaptación lucidísima. La ingeniosa aportación de un verdadero entusiasta de los mecanismos de la cultura, un artista que se siente partícipe de una tradición milenaria no tanto en su cambiante definición del espectáculo —que también, desde luego—, como en su condición de bardo y narrador que va registrando amorosamente la sensibilidad estética de sus semejantes. Hablamos de ambición megalómana, sí, pero también de algo más encomiable como es el simple hallazgo de unas preocupaciones comunes en un poema fundacional, y de la hábil explotación de las mismas.

Nolan había nacido para adaptar La Odisea. Por su fijación por los personajes de ambición trágica. También por su forma de escribir. El poema es un caótico caudal de saltos temporales y testimonios enfrentados. Polifónicos relatos que se entrecruzan, ¿y no es eso justo el cine de Nolan? ¿No es bellísimo, en ese sentido, que su narración más lineal hasta la fecha sea igualmente un revoltijo por querer adaptar a Homero con lealtad extrema? El estilo de Nolan tiene en esta obra milenaria un encaje de lo más orgánico, y sumando afinidades era impensable que pudiera fracasar.

Así que no lo hace. La Odisea es una película estupenda, con algunos puntos realmente sublimes —cuando el Odiseo de Matt Damon abandona por fin a Calipso, cuando gracias a un flashback de absurda complejidad arquitectónica descubrimos cuál fue en realidad la primera falta del protagonista—, y sirve de cabo a rabo para revalidar a Nolan como el gran narrador popular de nuestro tiempo. También el que tiene una vocación más masiva, y es cuando tristemente nos topamos con una serie de problemas que alejan a La Odisea de la excelencia.

Un viaje con altibajos

Problemas, por otra parte, achacables a buena parte de la carrera de Nolan, cimentando esa esencial imperfección —hay quien la llamaría, ante el volumen de las voces de sus detractores, esa dulce vulnerabilidad— que suele disimularse cuanto más robusto es el conjunto aledaño. Nolan nunca ha sido un buen director de acción ni ha tenido sentido de la escala. Dentro del linaje inglés al que pertenece quizá le gustaría ser David Lean pero se queda en el gran relevo humanista de Alfred Hitchcock (siendo mucho peor realizador que este, por otro lado) y, al tiempo que su dependencia del montaje le hace indiscutiblemente contemporáneo, también coarta la sugestión de sus imágenes. Todo lo cual lo sufre esta Odisea. La historia de la que surgen todas las historias, la película de la que surgen todas las películas de Nolan… sin ser en absoluto la mejor de estas.

Ocurre entonces que el montaje de La Odisea, si bien tan capacitado como siempre para entretener con ferocidad y aclimatarse como un tráiler de tres horas, es bastante desastroso. Los diálogos se superponen ruidosamente entre cortes, dificultando su digestión y entendimiento, y abocando a una intensa sensación de desorden en función a la familiar necesidad de un clímax eterno. Este desorden infecta tanto las escenas de acción como la mera descripción del espacio, convirtiendo en algo así como superfluo el empeño de Nolan de presumir de localizaciones reales y formatos IMAX. ¿De qué sirve rodar con cámaras pioneras, descartar efectos digitales sencillos y apostar en resumen por la fisicidad, si la edición va a emborronar todo lo que se pueda retener de ello?

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El guion de Nolan, por otra parte y contagiándose de esa innecesaria urgencia en la planificación, no siempre es afortunado al traducir las distintas peripecias del poema, ni logra prosperar del todo en sus decisiones más llamativas de adaptación (caso de los personajes de Elliot Page y Robert Pattinson, estupendamente engarzados con el discurso homérico pero pésimamente explicados). Curiosamente tratándose de un director tan dependiente del solaz del público, es en sus pasajes más ásperos cuando mejor funciona La Odisea. Cuando el diálogo se suspende, se privilegia lo atmosférico a caballo de la banda sonora (extraordinaria) de Ludwig Göransson, y las andanzas de Odiseo se antojan no solo amargas o melancólicas, sino también ¿terroríficas?

El ingenio siniestro que traslucen segmentos como el de Circe o los Lestrigones —así como la tétrica racionalización del encuentro de las sirenas o la sombra formidable de Agamenón— insiste, por encima del mejorable ensamblaje, en proclamar la personalidad de La Odisea, y la fructífera felicidad de su diálogo con la imaginación de Nolan. Cabe preguntarse si esta película sería mejor (o al menos más depurada) si se hubiera rodado en compases más anteriores o posteriores de la carrera del cineasta, prudentemente alejados de este momento de esplendor absoluto. Si hubiera servido de prólogo tentativo, o de epílogo crepuscular para toda una forma de contar historias.

Pero se ha estrenado hoy, en 2026, con Nolan convertido en el único cineasta capaz de que el blockbuster siga presumiendo hoy día de audacia y originalidad. Y tampoco está mal. No hay un solo segundo, en toda su extensión, en que La Odisea no quiera ser grande, que no quiera ser mejor y más virtuosa que sí misma. Y eso, bien lo sabían los griegos, es todo lo que importa.

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