Un abrazo con lengua Luis García Montero
La reunión de directores del Instituto Cervantes en Jerez ha servido para valorar la importancia que tienen las lenguas en la defensa de la multiculturalidad, algo decisivo en la situación internacional que vivimos. También ha servido para tomar conciencia de que la historia se hace y se deshace en el conflicto. Sustituir los procesos históricos por relatos embellecedores, cerrando los ojos a los matices y las injusticias, sólo sirve para ocultar la realidad como estrategia de manipulación.
La importancia actual de la comunidad que habla en español no nació de una voluntad generosa del imperio romano cuando llegó a la Península Ibérica, ni de las pacíficas intenciones culturales que se embarcaron en Palos de la Frontera en 1492 para buscar nuevos territorios. Tan absurdo es creer en las intenciones desinteresadas de los imperios como pedir que los siglos pasados se comportaran con valores democráticos del siglo XXI. Cada tiempo histórico vive sus apetencias de barbarie y de justicia. Lo que sí conviene es advertir los conflictos y las paradojas de cada momento para vigilar de manera ética los resultados. La comunidad que tiene el español como lengua materna cuenta con más de 500 millones de hablantes y esa comunidad, que ha aprendido a convivir sin amenazas imperialistas y con respeto a la diversidad, es hoy un factor decisivo a la hora de defender el multiculturalismo.
Cuando pensamos las paradojas de la historia, conviene advertir que el poder religioso de la Iglesia Católica en el imperio español fue un factor importante en el respeto a las lenguas indígenas, muy agredidas por los invasores de la simple avaricia económica. Como se trataba de ganar almas para la verdadera religión, almas para el cielo, surgió pronto el interés por cuidar unas lenguas maternas que eran más eficaces en la evangelización. Así que los misioneros se interesaron en aprender y guardar las lenguas de los que deberían ser sus fieles. La furia más combativa contra el indigenismo se produjo cuando en los movimientos independentistas dominó el credo neoliberal de que la civilización occidental era una lucha contra la barbarie.
En la cultura española hay más tradiciones que la lengua castellana y que en la cultura en español sólo suponemos un 9% de hablantes en una extensa comunidad internacional
La conciencia de hablar una de las grandes lenguas del mundo, una verdadera riqueza cultural, comunicativa y económica, supone hoy una apuesta por el respeto a la diversidad. El Instituto Cervantes nació en nuestro país con la consolidación de la democracia para defender la cultura española y la cultura en español. Es una doble misión dispuesta a asumir que en la cultura española hay más tradiciones que la lengua castellana y que en la cultura en español sólo suponemos un 9% de hablantes en una extensa comunidad internacional. Así que cualquier tipo de centralismo interno y de viejo imperialismo están fuera de lugar.
El papel del español en la defensa de la multiculturalidad tiene que ver con las dinámicas que una nueva intención de imperialismo en inglés está imponiendo sobre las investigaciones científicas o tecnológicas y las estrategias políticas que hoy representa Donald Trump. Defender la importancia de la ciencia y la tecnología en el progreso humano supone acercar las investigaciones a las lenguas maternas de la población en la medida de lo posible. Resulta simbólico que nuestro idioma habite la educación y la ciencia, sin ser relegado al populismo comunicativo de las redes sociales. Y defender la democracia supone evitar que la libertad se confunda con la ley del más fuerte o la igualdad con los intentos de homogeneización. En EE.UU, un país con más de 60 millones de ciudadanos de origen hispano, muchos de los cuales consideran el español como lengua materna, resulta grave declarar el inglés como única lengua oficial, una declaración nueva en la historia norteamericana, así como evitar la educación bilingüe en territorios de tradición hispana. También es injusto imponer el inglés como única lengua de atención a la ciudadanía. Estos procesos que se estrellan una y otra vez con la realidad tienen que ver con el imperialismo identitario que caracteriza a la política de Donald Trump.
La ofensa a una lengua es en realidad una ofensa a las personas, por ejemplo, a los enfermos que se les niega el derecho a ser atendido en la lengua en la que pueden explicar sus males y en la que comprenden sus remedios.
Convivir en el respeto supone un abrazo con lengua.
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