El león en invierno Luis García Montero
En el año 1989, joven poeta, tuve la suerte de que el director de teatro Joaquín Vida, hermano de mi amigo Juan, me encargase una versión de El león en invierno, de James Goldman. Se había comprometido a estrenarla al año siguiente en el Teatro Infanta Isabel y quería proponerle un texto a Agustín González y María Asquerino para que protagonizasen la famosa historia de amor y guerra que habían vivido Enrique II y Leonor de Aquitania en el siglo XII.
La necesaria sucesión en el trono de Inglaterra volvió entonces a convocar en las salas familiares del castillo de Chinon todas las viejas heridas sentimentales de un matrimonio, las ambiciones de sus tres hijos y las interferencias del reino de Francia. La vida lo envuelve todo, y todo a la vez, según pasa el tiempo. Felipe II, rey de Francia, era al mismo tiempo enemigo, amigo, hermano de la amante de Enrique II y amante de su hijo mayor, Ricardo I, Corazón de león, un joven asaltado por la fuerza y la intemperie. Sí, todo a la vez.
Los conflictos que mezclan las vidas personales, las ambiciones y los debates públicos no son nuevos. Tampoco es nuevo el interés de convertirlo todo en un espectáculo. Pero el amor por el teatro me enseñó que, a diferencia de una civilización del espectáculo, en la que el griterío de las apariencias intenta falsificar la realidad, el arte dramático procura llegar a la verdad del ser humano, ese mundo que se oculta bajo la prisa de las apariencias. Se apagan las luces, se abre el telón y sobre la escena pública poco a poco toman cuerpo las miradas individuales dispuestas a entenderse y componer un nosotros.
El amor por el teatro me enseñó que, a diferencia de una civilización del espectáculo, en la que el griterío de las apariencias intenta falsificar la realidad, el arte dramático procura llegar a la verdad del ser humano
Mi relación con el teatro me enseñó que representar no es mentir, sino un deseo de establecer el diálogo íntimo entre cada corazón individual y lo que ocurre en la escena pública. También me enseñó que la responsabilidad de ese diálogo no depende de la espontaneidad. Sólo el conocimiento del oficio, la calma a la hora de tomar decisiones y la humildad que hace falta para limitar las vanidades pueden ayudar a que las cosas salgan bien. Hacen falta muchos ensayos y una buena dirección.
Las obras de teatro nos llevan al pasado, nos invitan a hacer memoria para saber hasta qué punto lo que ocurre hoy puede entenderse si comprendemos sus repeticiones y vínculos humanos con el ayer de la historia. Mis relaciones con actores como José Sacristán, Blanca Portillo o Irene Escolar, y con directores como José Carlos Plaza, Emilio Hernández o Lluís Pascual, intensificaron las lecciones del teatro. Trabajé con ellos para aprender. No hay aplauso público ni estruendo que sustituya el diálogo con la propia conciencia, la vocación y el oficio cuando se habla del ser y del estar. Las palabras pensadas no buscan sólo un impacto inmediato, aunque el oficio de la comunicación necesite facilitar el interés ante lo que ocurre en escena. Buscan un legado de inquietudes, responsabilidades y preguntas que habite nuestro pensamiento cuando salimos a la calle y volvemos a casa.
Las obras teatrales también me han enseñado que las crispaciones no siempre llegan del león que se acerca al frío de sus problemas. Muy ruidosas son las hienas desesperadas que necesitan gobernar y chillan a impulsos de su ansiedad y su impotencia. Al fin de cuentas, como me enseñó Fernando de Rojas cuando versioné La Celestina, la avaricia y el poder del dinero no descansan a la hora de provocar odios. Sobre el dinero no hay amistad, denunció Parmeno en uno de sus diálogos con Sempronio.
Pero siempre merece la pena, como siglos antes había intentado Prometeo, recuperar el fuego de la esperanza para devolvérselo a los seres humanos. Tiempo, conciencia, dignidad bajo los aplausos y diálogo entre la mirada del espectador y la escena pública, lecciones del teatro que necesita la representación política para no convertirse en una farsa de baja calidad.
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