El espía que surgió de Sol Pilar Portero
La vida y la historia se esfuerzan en recordarnos que no es posible separar los derechos y los deberes, las experiencias personales y colectivas, el tejido extenso de nuestras realidades. Mientras visito en Skopje, Macedonia, el Museo del Holocausto, me llegan al móvil las fotografías de algunos amigos con camisetas que se solidarizan con el pueblo palestino. Olga Rodríguez, Aitana Sánchez Gijón, Luis Tosar, Alberto San Juan, Juan Diego Botto…, piden la libertad de Marwan Barghouti, miembro del Consejo Legislativo Palestino, encarcelado en Israel. El dolor de la memoria se funde ahora con el dolor presente.
Resulta conmovedora la visita al Museo del Holocausto. El amigo que me lleva conoce mi interés por la memoria histórica. El Reino de Bulgaria, aliado de la Alemania nazi, apresó a más de 7.000 judíos. Las fotografías y las vitrinas recuerdan el sufrimiento de unos seres humanos detenidos y enviados en trenes al campo de concentración de Treblinka en busca de las cámaras de gas. Los vagones como jaulas de tortura, las maletas cargadas de miedo, los cuerpos convertidos en esqueletos vivientes, las personas asesinadas, los datos que recuerdan el paso de la convivencia al infierno, nos invitan a tomar conciencia de la barbarie. Es estremecedor comprobar hasta qué punto de violencia puede llegar el ser humano cuando las identidades y las autodefensas se convierten en excusas para odiar al otro.
Es estremecedor comprobar hasta qué punto de violencia puede llegar el ser humano
Generales con uniforme nazi, orgullosos de sí mismos, dan órdenes en nombre de la muerte. Entre tanta miseria, consuela descubrir la presencia de Julio Palencia, un héroe olvidado, un embajador de España en Bulgaria que los nazis calificaron de fanático enemigo de Alemania porque hizo todo lo posible para salvar la vida de los judíos sefardíes. Más conocida es quizá la historia de Ángel Sanz Briz, el ángel de Budapest, otro diplomático que repartió pasaportes españoles para salvar a 5.000 judíos húngaros. Su ejemplo, como el de Julio Palencia, nos permiten mantener la esperanza y pensar que, junto a la degradación extrema de sus odios, los seres humanos pueden representar también la dignidad. Que los nazis consideraran fanáticos enemigos de Alemania a las personas que intentaban evitar los asesinatos de judíos, muchos de ellos nacidos en Alemania, supone una buena prueba del estercolero escondido en la identidad alemana que defendían los nazis.
Hay episodios históricos que nos ayudan a entender el peligro de los que invocan de forma manipuladora y sin escrúpulos su derecho a defenderse de los demás. Perseguidos, desplazados de sus casas, encerrados en una fábrica de tabaco, conducidos a la muerte en trenes tortuosos, miles de personas sufrieron la maldad nazi. Uno sufre al recorrer los pasillos del Museo del Holocausto en Skopje, subir y bajar escaleras, detenerse a mirar fotografías, registros de detenidos, objetos familiares, juguetes de niños, ropa, huellas de la vida bajo la maquinaria imperiosa de la muerte. Muchas escenas cortan la respiración. Muchas complicidades religiosas dispuestas a aceptar el asesinato del otro nos obligan a preguntarnos por las razones de las Iglesias.
El itinerario conduce a la fundación del Estado de Israel en 1948 y a fotografías de banderas militares con la estrella de David. Y el visitante conmovido que soy yo no puede evitar la imaginación de una fotografía de Netanyahu colocada junto a Hitler, porque el tejido extenso de la historia une el pasado y el presente. Y respiro el aire de la vida al salir a las calles de Skopje, me acuerdo de Julio Palencia y Ángel Sanz Briz, busco mi móvil en el bolsillo de la chaqueta y miro las fotografías de mis amigos de la cultura que muestran su solidaridad con Gaza y denuncian el genocidio que Israel está protagonizando en Palestina.
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