Bebé, Núcleo Nacional no te quiere

Boquiabierta me hallo con los migajeros racializados y migrantes que le ronean a Noviembre Nacional, el partido político que ha creado el grupo neonazi Núcleo Nacional, y que, lógicamente, viniendo de donde vienen y siendo lo que son, les hacen la cobra.

Contextualizo: el otro día me puse a mirar las redes sociales del nuevo partido, cosa que hago no por morbo sino porque mi cuerpo y el de muchas amistades y familiares lanzan un mensaje claro para la gente que engrosa sus filas y, por tanto, es mejor saber por dónde andan para evitarlos, por si acaso. No es solo una cuestión de ideología, que también, es que mi piel y mis facciones hablan y me ponen en riesgo y ya está bien de negarlo, que mirad a qué punto hemos llegado por no reconocer el racismo. Es más, aquellos a los que más les cuesta verlo suelen ser los mismos que afirman que los jugadores de la selección gala no son franceses por tener padres extranjeros, los que cuestionan que Lamine Yamal o Nico Williams jueguen en la Roja o los que, sin ir tan lejos, nos hacen en bucle la pregunta con eco (¿España-España?) cuando decimos que somos de aquí, debido a su incapacidad para entender que este país no solo es blanco. Ni ahora ni antes, que mi padre nació en 1939 en un pedacito de África que fue territorio español y la escuela a la que asistió se llamaba Generalísimo Franco. 

El caso es que para mí es importante saber qué planea esa gente a la que lo único negro que le gusta es el uniforme que lleva siempre en los vídeos que suben y sobre el que figuran las letras NN. Más que nada porque no me gustaría que ninguna de las personas a las que conozco se cruzaran con ellos. Lo que sucede es que, en esta ocasión, además de escuchar su perorata, me dio por leer los comentarios y pasé de la preocupación a la estupefacción. Los integrantes de la formación recién estrenada salían hablando en su tono habitual, trasladando su mensaje habitual y con su estética habitual, que no engaña a nadie salvo a la chavalería que no ha conocido ciertos infiernos del pasado, a las personas de mi quinta o mayores que han residido en sitios alejados de grandes núcleos urbanos o a las que viviendo ahí carecen de memoria noventera y dosmilera y por eso no recuerdan que cruzarse con neonazis no era tan raro en determinadas áreas. Luego está un cuarto grupo: el de quienes son de fuera y desconocían su existencia, ya que en sus lugares de origen no se ha estilado eso de las bandas de nazis, pero que se morirían por estar en su equipo puesto que comulgan con sus valores tradicionalistas. Lo que sucede es que muchos ni podrían ya que ni siquiera son blancos. Sin embargo, creen que sí. 

Son los mismos que, como herencia del lenguaje colonial, hablan de mejorar la raza si tienen descendencia con gente blanca rubísima o que, de haber podido, le hubieran dado el pésame a mi abuelo blanco de ojos verdes porque mi madre, mezclándose con mi padre negro, a su modo de ver, la atrasó

Esto pasa no por el hecho de que no tengan espejos sino debido a que las razas son un constructo social y, salvo en los casos más evidentes en los que hay consenso, lo demás es contextual. Así las cosas, determinados tonos, texturas capilares y facciones que aquí no son leídos como blancos, en el sur global sí, cosa que ha provocado que haya personas cuya autopercepción les hace creer que se parecen más al noruego de moda, Halland, que a mí. Y, sin embargo, en España, nos meten en el mismo saco. Son los mismos que, como herencia del lenguaje colonial, hablan de mejorar la raza si tienen descendencia con gente blanca rubísima o que, de haber podido, le hubieran dado el pésame a mi abuelo blanco de ojos verdes porque mi madre, mezclándose con mi padre negro, a su modo de ver, la atrasó. 

Tremenda sorpresa se llevan cuando caen en la cuenta de que cruzar el charco les ha convertido en racializados. Ni jabaos ni mulatos ni trigueños ni todas esas nomenclaturas de las castas que se crearon en plena colonización con el objetivo de segregar y jerarquizar y que se reservan el término “negro” para los más oscuros. Aquí, en cambio, no hay lugar para las medias tintas o no con tantos matices, no cuenta solo el color de piel, también importan las facciones o los rizos. De hecho, ya lo dice mi madre blanca: “cuando sales a la calle, nadie se acuerda de mí”, y como en este país se racializa la nacionalidad, tiendo a ser extranjerizada a pesar de haber nacido y crecido en Madrid.

Eso con gente no nazi, pero si se cruzaran con alguien del estilo de ese grupito que les gusta tanto, pasarían a ser sudacas, negros de mierda, panchitos, machupichus y extranjeros por mucho que tuvieran una bisabuela asturiana que migró hace un siglo a América o que su padre o abuelo naciera en la Guinea Española y toda la vida hubiera sido simpatizante de la falange (que los hay). Pero quiero creer que o lo desconocen o que la distorsión que tienen con respecto a sí mismos es superlativa. Ese es el motivo por el cual apoyan discursos de agrupaciones que les odian ya no por lo que piensan, sino por aquello que son, por lo que no pueden borrar por mucho que se alisen el pelo, huyan del sol, se operen la nariz o se cambien, con cirugías poco recomendables, el color marrón o azabache de los ojos para ponérselo verde turquesa o violeta vampiro. 

De no ser por cuánto se arrastran en los comentarios solicitándoles más información para afiliarse en un partido que les ve como una diana, sugiriéndoles que no levanten el bracito porque ese saludo les parece un poco exagerado —como si los NN no supieran lo que están haciendo— o no les imploraran una respuesta después de que sus ídolos les ignoren tras mirar sus fotos y darse cuenta de que estaban hablando con alguien no blanco, me provocarían lástima. Sin embargo, debo reconocer que un poquito sí que me he reído observando los desplantes que han recibido. Eso les pasa por desubicados. Asumidlo, bebés, Núcleo Nacional no os quiere.

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