Recuerdos de mi madre, una niña de la guerra
A la mi hermana y a mí nos enviaron a Ulldecona (Tarragona), a casa de un matrimonio que no tenía hijos. Eran maestros y les gustaba mucho su trabajo. Al principio, íbamos al colegio con ellos pero, después, nos enseñaban en su casa a nosotras y a algunos niños del pueblo. Nos dieron un libro que todavía conservo, El Primer Libro Escolar. Pero mi padre nos reclamó porque estaban mandando niños al extranjero. ¿Qué habrá sido de mis maestros catalanes?
Regresamos a Alicante, a donde nos habían evacuado poco después de que empezara la guerra, ya que nuestra vivienda, un piso exterior en un bloque en la calle de Vallehermoso (Madrid), estaba casi en la línea del frente. De hecho, cuando regresamos, no pudimos vivir en ella porque un obús había atravesado el edificio.
Nunca pudimos volver a nuestra casa; acabamos viviendo en un diminuto piso interior, triste y sin sol. Unos familiares que vivían en esa misma calle, nos dijeron que el piso de al lado estaba abandonado. Lo ocupamos un tiempo hasta que aparecieron los dueños. Cuando entramos en él, descubrimos un gran tesoro: una bolsa grande de tela con varios panes. Estaban duros como piedras, pero era un exquisito manjar para unas bocas tan hambrientas.
En Madrid había ido al colegio de mi barrio, el Claudio Moyano, que estaba frente a mi casa. Recuerdo que la maestra también era muy buena, y por eso me gustaba ir a clase y aprender. Una pena porque, cuando terminó la guerra, ya no pude ir a la escuela. Con 12 años, era la mayor. Luego estaba mi hermana con diez y la pequeña, que había nacido en agosto de 1936. Como mi padre estaba enfermo no fue llamado a filas durante la guerra, pero a pesar de todo le depuraron en el trabajo y le rebajaron de categoría y de salario.
Hasta que pudo volver al trabajo, mi hermana y yo recogíamos carbonilla y leña para encender la lumbre. También íbamos, aún de noche, a hacer la cola en una carnicería con la cartilla de racionamiento de una señora con posibles del barrio. Así se ahorraba madrugar y pasar frío. Nos pagaba con unos huesos, con los que nuestra madre hacía un caldo. Ella también conseguía algo de dinero tejiendo.
Una justicia más justa... ni por casualidad
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A mí me colocaron con una modista que vivía en un semisótano de la calle Escosura, también en el barrio de Vallehermoso. Me convertí en una de las modistas casi analfabetas que sacaron familias enteras adelante en una España oscura, gris como las cenizas entre las que rebuscábamos para encontrar carbonilla. Me encantaba mi oficio, pero la guerra no me dejó volver al colegio.
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Este escrito es la reconstrucción en primera persona de los recuerdos que me contaba mi madre, Eulalia Nueda Giménez (1927-2013). Ella me regaló el libro que se menciona en el texto: 'El Primer Libro Escolar, Segunda parte', de Antonio Nat y José Camins. Barcelona, Colección Escolar Salvatella, que tiene el sello de las JSU.