Isabel Díaz Ayuso soy yo

El Madrid D.F. continúa con su actualidad, de un brío mudo que perpetúa su vida a la sombra de los parterres del Retiro y al sol de este ferragosto encendido. Ayuso vive desenchufada de Génova, desenchufada de Aznar y, sobre todo, desenchufada de su novio, Alberto, que parece haberle mandado un aviso a navegantes con el anuncio, en Idealista, de la venta de su ático.

Alberto es la síntesis de la novela balzaquiana, el hombre que acudió a la gran capital a seducir, comprar, enriquecerse y después huir. Alberto es el nuevo retrato de Lucien de Rubempré, pastoreando las ilusiones perdidas de este don nadie convertido en killer y donjuán implacable y letal. La gran conjura de González Amador es haber entendido, antes que nadie, que Madrid es un enorme ático puesto en alquiler de temporada.

La gran ambición literaria que movió a los escritores de provincias al Gran Madrid del siglo XX es la misma ambición financiera de este Madrid D.F. que se compra y se vende constantemente. El misterio del dinero sigue alimentando las pasiones de las élites españolas. La gran novela del siglo XXI es esta ferocidad sentimental que sólo se entiende y aprende desde los códigos del gran capital, o sea, Marx y unas cuantas dosis de Brest Eaton Ellis. Entre sus lecciones hay una que admite que el éxito exige un sacrificio. El de Alberto González Amador ha sido, sin duda, su adicción a las plusvalías del corazón, emparejándose con la presidenta de la Comunidad que también ha jugado a la gran novela del XIX, pero con otro estilo, otra prosa, otra gramática que nos remite a Madame Bovary y que, como ya sabemos, termina muy mal.

“Madame Bovary soy yo”, dijo Flaubert para dar cuenta de su magisterio. Lo mismo pudo haber dicho Miguel Ángel Rodríguez: “Isabel Díaz Ayuso soy yo”, en un alarde de novelista/spin doctor que llevó a la discípula hasta las más altas cotas del poder, la psicosis y la vulgaridad. La Nouvelle Vague quiso hacer del cine de su tiempo una visión de la novela del siglo anterior. El video del ático es, en sí mismo, un cuento de verano a lo Rohmer que nos habla del tipo de relación que había entre Alberto e Isabel, con la pareja ya rota y en permanente fuera de campo.

Cuando Flaubert decide que el arte está en los detalles, que la literatura se alimenta de la minucia, escribe la novela que inaugura el siglo XIX europeo para consagrarse a la vulgaridad como religión, como ritual. Algo de esto observamos en el vídeo del ático, aunque no deja de ser el correo —la cabeza de caballo— que, vía Idealista, transmite el testaferro al entorno de su amada. El vestido rojo, las deportivas, la toallita blanca con el nombre de Isabelita bordado en oro pueden ser un vulgar cotilleo o el salvoconducto de Alberto a otra vida más tranquila. Toda la biografía cotidiana y geográfica de Isabel está miniada esforzadamente a través de una cámara que nos remite a lo kitsch, confirmando aquella gran lección de Godard: el travelling no es sólo un movimiento de cámara sino una cuestión moral.

Ayuso vive desenchufada de Génova, desenchufada de Aznar y, sobre todo, desenchufada de su novio, Alberto

Mientras se resuelve y se revuelve la ruptura sentimental de Alberto, Isabel ha tenido que encarar la dosis de enfrentamiento a lo desconocido que implica comprar una nueva casa, en este Madrid D.F. disparado de precios e imposible donde hasta la vida es un carísimo alquiler de temporada. Comprar un ático es una adversidad capaz de afectar tu vida entera y decidir aquello que todavía no se sabe: la mirada que proyectará Isabel a través de la terraza, el sitio donde derramará sus lágrimas, donde hará el amor, el lugar y la situación donde se sentirá asediada por la vida, donde se cobijará de la tormenta, donde las facetas más lánguidas y las más vigorosas de sí misma terminarán por ser abandonadas y quedarán enterradas, donde enfermará y regresará después de los cumpleaños, los divorcios, los matrimonios y los funerales. Todo eso deberá tenerlo en cuenta Isabelita, o sea, que la vida continúa.

Después de haber publicado Salambó, que nada tiene que ver con Bovary (pues se trata de otra prostituta), Flaubert confiesa que ha escrito “penosamente” esa novela, con la sola intención de dar una idea del color amarillo. El vídeo del ático de Chamberí nos da una idea del color de la venganza que tiene el Madrid D.F.: un brochazo de realidad, un espatulazo de capitalismo vivo, rencoroso y feroz, un ajuste, y no sólo un balance, de cuentas, como una noche tropical que tiene cogido a todo el PP de los cojones.

A todo el partido menos a uno, o sea, a Alberto Núñez Feijóo, que ve, inopinadamente, cómo se libera de lastre de cara al curso político donde se jugará su destino. Pero esa, querido y desocupado lector, es otra novela.

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