El terror de una noche de verano: los primeros bombardeos sobre Madrid en agosto de 1936
En Madrid, las noches de agosto de hace 90 años no eran tan diferentes como las de ahora. En aquel entonces, los madrileños enfrentaban los desafíos de la canícula cómo podían. Las humildes casas de la clase obrera retenían el calor durante el día, así que por la noche era difícil conciliar el sueño. En una sociedad en la que apenas había ventiladores, y que tampoco gozaba de las ventajas del aire acondicionado, una de las pocas soluciones era resignarse a dormir tarde y pasar las primeras horas de la noche en los balcones, en los grandes establecimientos abiertos y en la calle, a la fresca.
Sin embargo, el verano de 1936 iba a ser diferente: la guerra civil acabó súbitamente con esta costumbre. Las tropas sublevadas avanzaban de forma imparable hacia Madrid, confiando en que la conquista de la capital de la República facilitaría su victoria. A principios de agosto de 1936, esta creciente amenaza empezó a hacerse visible en las esporádicas expediciones de aviones enemigos volando sobre la ciudad. En estos primeros tiempos de la guerra área, eran los propios pilotos quienes lanzaban pequeñas bombas desde la cabina. Los primeros objetivos fueron los aeródromos de Cuatro Vientos, de Getafe y de Barajas: la intención era desbaratar las posibilidades de contrataque aéreo en la gran batalla que se avecinaba.
Durante el día, estos aviones eran perseguidos por los cazas republicanos; por la noche, sin embargo, la ciudad estaba desamparada. Se tuvo que organizar la defensa civil empezando por lo básico: grupos de personas pintaron de azul las farolas, el Ayuntamiento restringió la circulación del transporte público y los vehículos privados, dejando el metro abierto para que sus estaciones pudieran ejercer de refugio. Y los grupos de personas que disfrutaban de la tregua que daba el calor veraniego por las noches en los balcones, los bares y las plazas, tuvieron que dispersarse y volver al sofocante calor del interior de los edificios. "Madrid es hoy un espectro del pasado. Las calles solo están alumbradas por algunos faroles de gas, cuyos fanales han sido pintados en colores oscuros", señaló María Guijarro, testigo de los hechos.
La prensa de la época fanfarroneaba con que las incursiones de estos aparatos, que entonces volaban sobre la ciudad individualmente o en parejas, apenas inquietaban a los madrileños. Muchos de ellos apodaron a estos aviones "el churrero", porque aparecían al final de la madrugada, cuando la oscuridad aún les protegía de los cazas, pero sus objetivos empezaban a distinguirse mejor. Sin embargo, la serenidad estaba lejos de reinar. Durante estas primeras incursiones, grupos de milicianos subían a las azoteas para disparar con sus armas a los aviones: una estrategia completamente ineficaz y que sembraba el pánico entre la población al unir al estruendo de los motores enemigos y la explosión de las bombas el eco de múltiples disparos al aire. Las sirenas, que en estos primeros momentos recorrían las calles desde los camiones de bomberos y motocicletas de las fuerzas de seguridad, empezaron a interrumpir el descanso de unos ciudadanos que, presas del pánico, corrían a refugiarse en sótanos de edificios o en las propias estaciones de metro.
Y es que, precisamente, sembrar el miedo y hacer decaer la moral eran el principal objetivo del enemigo. El día 25 de agosto, los aviones sublevados lanzaron sobre Madrid unas amenazadoras proclamas:
“Se ha dado principio ya a las operaciones aéreas precursoras de la ocupación de Madrid, que se hará en fecha muy próxima. Si se persiste en una suicida terquedad, si los madrileños no obligan al Gobierno y a los jefes marxistas a rendir la capital sin condiciones, declinamos toda responsabilidad por los graves daños que nos veremos obligados a hacer para dominar por la fuerza esa resistencia suicida. Saber madrileños que cuanto mayor sea el obstáculo más duro será, por nuestra parte, el castigo".
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Dicho y hecho. La noche del 27 al 28 de agosto un Junker 52, un avión que podía lanzar bombas de hasta 500 kilos y que había sido entregado al ejército rebelde por los alemanes, atacó la ciudad entre el Palacio de Buenavista y la estación de tren de Príncipe Pío, dejando un reguero de muerte y destrucción a su paso.
Mientras el ejército de Franco se acercaba a Talavera de la Reina, estos bombardeos nocturnos se repitieron. Los aviones ya no aparecían en solitario, y las bombas que lanzaban eran cada vez más pesadas. Las víctimas empezaron a multiplicarse. Muy pronto, con la llegada del otoño, Madrid iba a convertirse en la primera gran ciudad europea bombardeada sistemáticamente, un banco de pruebas en el que ensayar una nueva forma de guerra que aterrorizaría a sus habitantes, destruiría sus edificios y se convertiría en una amenaza de lo que estaba por venir en la Segunda Guerra Mundial.
*Ainhoa Campos Posada es graduada y máster en Historia Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid.