La derecha pinta un panorama sombrío y le sale el 'eccehomo' de Borja

En los reinos de la demagogia hay muy poca distancia entre la medalla y la metralla, es decir, que los que lanzan sapos y culebras por la boca y dejan huellas de lobo en la arena política, luego se presentan como campeones de la democracia y del patriotismo. O sea que lanzan la piedra y esconden la mano, bailan la danza de la lluvia y luego venden paraguas. Se van a Ceuta, por ejemplo, le echan gasolina al fuego del racismo, le lustran de rodillas los zapatos al rey de Marruecos y cuando tienen la suerte —si es que esta falsa crisis migratoria de laboratorio les ha caído del cielo y no están en el ajo— de que se monte la marimorena en la frontera, se ponen el disfraz de Cid Campeador, se rodean de banderas y se ofrecen a resolver el problema que ellos, como mínimo, han ayudado a crear. Alguien mal pensado hasta llegaría a sospechar que el ruido de trifulca y reyerta es ideal para que no se oigan los escándalos de la Comunidad de Madrid, de los que los jefes de PP y Vox no dicen ni pío

Quien se parece más a un traidor es el propio Abascal, obediente correveidile y eco de Washington y Rabat y siempre dispuesto a hablar mal de España en cualquier sitio donde le pongan un micrófono delante

Si tirar por elevación fuese deporte olímpico, los aspirantes de la derecha y ultraderecha a presidente y vicepresidente del Gobierno se llevarían el oro y la plata de calle, jugando al despiste de hacerle creer al público que compiten entre ellos, cuando, en realidad, son un equipo y se dan el relevo. Lo demás, es puro teatro: sus continuos aspavientos acaparan titulares; sus exageraciones siembran el pánico; su lenguaje va casi siempre de lo histriónico a lo hiperbólico, a menudo cruzando la frontera del insulto, que esa sí que debería de estar cerrada, y haciendo sonar tambores de guerra para dar la impresión de que estamos en una batalla del bien, que representan ellos, y el mal que encarnan la izquierda y Pedro Sánchez. Así que salen a esos escenarios de dios con la guitarra en llamas y arengan a las masas con muletillas ideológicas y mensajes apocalípticos, llevando las cosas tan lejos que hasta allí sólo les puedan seguir los más radicales, los más sugestionables o los más asustados. A veces, quien avisa de que viene el lobo es él.

Que viene Vox, repican las encuestas, y ya hay gente que maniobra para ponerse a su servicio. Su líder ahora vuelve a invocar la Constitución, que estos personajes usan como el Kama Sutra de las imposturas, para pedir que se aplique el artículo 102 y se eche a sartenazos de La Moncloa a Sánchez, por traidor. La verdad es que quien se parece más a un traidor es el propio Abascal, obediente correveidile y eco de Washington y Rabat y siempre dispuesto a hablar mal de España en cualquier sitio donde le pongan un micrófono delante. Este hombre y su socio Feijóo, sin embargo, no son buenos oradores, y cuando quieren pintar un panorama sombrío les sale el eccehomo de Borja. Y tampoco se dan maña con las matemáticas, porque proponen cosas para las que no tienen escaños, de manera que no es que se acerque el enemigo, sino que ellos tiran fuegos artificiales.

Qué parecidas suenan también las palabras “salvadores” y “salteadores”.

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