Cachondearse de un niño muerto Pilar Portero
¿Después se puede echar de menos lo que antes no te gustaba? ¿Es posible sentir nostalgia de lo que en su día quisiste dejar atrás o te hizo sentir miedo? Siempre me divierte recordar aquella frase del entonces vicepresidente del Gobierno socialista, Alfonso Guerra, con la que se burlaba de la supuesta apuesta por la moderación de sus adversarios de la oposición conservadora, aunque no sé bien si lo diría de AP o del PP, que para el caso es casi lo mismo: “¿Pero de dónde viene esta gente que lleva 15 años viajando hacia el centro y no llega nunca?”.
En aquellos tiempos excitantes de la Transición, el sarcasmo nos hizo gracia, pero ahora mismo nos provoca cierta melancolía al acordarnos de esa derecha con un tanto por ciento de mala conciencia, que proyectaba, según ella misma, dejar atrás los ecos de la dictadura que sonaban en algunos de sus apellidos, renunciar a una parte de sus ideas, lo mismo que lo hicieron el resto de los partidos, empezando por el PCE, y cambiar lo que fuese necesario para integrarse en la joven democracia que tantos ríos de sangre había costado recuperar. 38 años es mucho tiempo, sobre todo cuando el reloj está en manos de un asesino.
Lo contrario de aquella derecha civilizada es la derecha sin complejos de José María Aznar. Eso dijo este hombre que tiene la arrogancia de los caudillos: que la suya era una derecha sin complejos. “Pues estamos listos”, pensé, “si proviniendo de donde provienen, pensando como piensan y defendiendo lo que defienden, no tienen nada que ocultar, que dios nos pille confesados”. Y así fue, él y su Gobierno actuaron a cara descubierta, alardeando de su neoliberalismo de manual y sin esconder sus cartas; se mostraban orgullosos y seguros de sí mismos, y convencieron con sus promesas de bienestar y regeneración a la mayoría electora, que les votó con la esperanza de que el país mejorase económicamente. El resultado, ya lo sabemos: los ministros de sus gabinetes llevándose millones de dinero público; la entrada en la cárcel de varios de ellos, la guerra de Irak, la foto con George Bush y Tony Blair en la isla Terceira de las Azores; el 11-M, las mentiras, el nombramiento a dedo de M. Rajoy, la Gürtel y las otras decenas de tramas delictivas de sus colaboradores más cercanos… Y luego su advenimiento como ideólogo y su canción del verano, aunque el lema tenga un aire un poco involucionista y tal: “El que pueda hacer, que haga”, una llamada a la acción en la que hay quienes sitúan el asedio sin cuartel y por tierra, mar y aire al presidente Sánchez, al que, por otro lado, le crecen como setas los secretarios de organización ladrones: será que hay humedades en el edificio.
Quedamos a la espera de que se devoren entre ellos o de que las y los ciudadanos abran los ojos y vean a Feijóo decir que cuando estén de baja les van a descontar la enfermedad del sueldo y les van a poder despedir
Y así llegamos a Feijóo, que estuvo a un puñetazo en la mesa de llegar a La Moncloa y prefirió usar la mano para dársela a la ultraderecha. Si le hubiera puesto una línea roja a Vox, no le habrían adelantado. Si hubiera roto, la habría arreglado. Pero él y su PP han preferido el hambre para hoy y el pan para mañana, que a mí no me parece que esté tan claro: ya veremos. Por el momento, ya no sólo es que dependa cada vez más de sus peligrosos socios y tenga que ir asumiendo sus órdenes a cambio de mantener el poder autonómico, sino que para competir con ellos se mueve, otra vez, en la dirección equivocada y con ello está provocando un efecto dominó preocupante: como él se va más a la derecha y con ello invade el territorio de Abascal y los suyos, estos se van todavía más hacia el extremo y, de postre, empiezan a aparecer grupúsculos neonazis que se sitúan aún más lejos y se presentan en sociedad con su parafernalia falangista, sin sentir, al dictado de la doctrina Aznar, ni la más mínima vergüenza o molestarse en disimular.
Quedamos a la espera de que se devoren entre ellos o de que las y los ciudadanos abran los ojos y vean a Feijóo decir que cuando estén de baja les van a descontar la enfermedad del sueldo y les van a poder despedir. Su argumento, entre líneas, es que los médicos son cómplices de esa estafa: otra vez la sanidad pública en el punto de mira. Mientras tanto, la patronal sonríe, que con sus sueldos es más fácil, y algún portavoz de la Iglesia se apunta al bombardeo y lanza sermones contra la libertad sexual de las personas y veneno contra los políticos de izquierdas. Ojalá sea que el cáliz estaba muy cargado, que una copa de más se le perdona a cualquiera, porque, como lo que dijo represente el pensar colectivo de la institución, sería para echarse a temblar. Sin complejos.
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