Análisis
Las semillas del desastre que anticipan el riesgo del auge autoritario para la democracia contemporánea
El historiador alemán Volker Ullrich, en su análisis sobre el hundimiento de la primera democracia alemana publicado en España por Taurus el año pasado, formula una advertencia clave para nuestro presente: “Las democracias son frágiles. Pueden transformarse en dictaduras. Libertades que pueden parecer firmemente conquistadas pueden desaparecer”.
El colapso de la República de Weimar, lejos de responder a una fatalidad inevitable, fue consecuencia de decisiones humanas tomadas en momentos críticos, donde se malograron las opciones de consolidar la democracia. El historiador francés Johann Chapoutot corrobora esta visión al desmontar el mito de que el nacionalsocialismo accedió al poder simplemente por la vía electoral; al contrario, afirma que la democracia de Weimar “no cayó por el voto popular; fue asesinada” por una oligarquía conservadora que se apoyó en la extrema derecha para blindar sus privilegios frente al empuje de la izquierda.
¿Las democracias occidentales se encuentran en una profunda marejada que evoca los fantasmas del siglo XX? El historiador y ensayista Julián Casanova cree que sí y esta misma semana se refirió, en una entrevista en la Cadena SER, al “fascismo prebélico” al que nos enfrentamos en Europa. Para entendernos: el fascismo antes de tomar el poder.
En conversación con infoLibre, Casanova abundó en este diagnóstico hablando de lo que denomina “la semilla del fascismo” —la forma de siembra y aparición de movimientos que desestabilizan el orden existente—, ahora mismo, asegura, se pueden observar tres rasgos preocupantes en la deriva actual que conectan directamente con los años previos al auge del fascismo clásico: la claudicación de la derecha tradicional, la fragmentación y falta de contraproyecto por parte de las izquierdas, y la instrumentalización de la inmigración como motor de movilización e identidad excluyente.
La primera señal de alarma identificada por Casanova es la profunda transformación de la derecha tradicional. En la Europa de entreguerras, con la única excepción de los conservadores británicos, los partidos de orden tradicionales se hundieron, radicalizaron o entregaron la iniciativa a la ultraderecha ante el pánico a la revolución y a la crisis económica, siendo Alemania el paradigma.
La subordinación de la derecha tradicional
Lo estamos volviendo a ver. En la actualidad, subraya, “los partidos tradicionales, liberales, conservadores de derecha, se hunden en todos los sitios”. “Las crisis económicas, el miedo a la revolución, la radicalización de esa derecha, los dejan en manos de los movimientos ultraderechistas”. Los partidos tradicionales democristianos o conservadores que sostuvieron la reconstrucción de la Europa de posguerra prácticamente han desaparecido en países como Francia o Italia. Incluso en Estados Unidos, el Partido Republicano ha mutado bajo el trumpismo en una fuerza ajena a su tradición conservadora.
El resultado es que los sectores encargados de defender el sistema desde el orden social y democrático están hoy subordinados a discursos populistas y de extrema derecha. “Una de las peculiaridades de esta Europa es el hundimiento de partidos conservadores”. Quienes “deberían defender la democracia desde el punto de vista del orden social capitalista y democrático están en manos de partidos populistas”, explica.
Ángeles Egido, catedrática de Historia Contemporánea en la UNED, redunda en esa idea. Los partidos conservadores contemporáneos, por conveniencia electoral, advierte, se están dejando arrastrar hacia posiciones de extrema derecha “sin ser plenamente conscientes de que esa deriva a la larga actuará en su contra”.
La doctora en Historia por la Universidad Complutense de Madrid Sandra Souto recuerda que en los años 30 la derecha tradicional apoyó la llegada de los fascistas al gobierno creyendo erróneamente que podrían “controlarles”. Sin embargo, una vez establecida la dictadura, tuvieron que plegarse al régimen o retirarse a sus “cuarteles de invierno”, para reaparecer tras 1945, eso sí, como “partidarios de la democracia”.
Este comportamiento retrata el concepto de los “irresponsables” acuñado por Johann Chapoutot. Políticos católicos conservadores como Franz von Papen, el magnate mediático Alfred Hugenberg o industriales como Krupp y Thyssen, despreciaban a Hitler por motivos de clase, considerándolo un “paleto”. Sin embargo, prefirieron aliarse con él antes que tolerar reformas de izquierdas.
Los que abren las puertas
Chapoutot compara hoy a Emmanuel Macron con von Papen: un líder elegido para frenar a la extrema derecha que terminó desmantelando el cordón sanitario y legitimando discursos de odio. Define al macronismo como un “extremo centro” que comparte con la ultraderecha el darwinismo social y la izquierda como enemigo común. Como enseña Harold James, profesor de la Universidad de Princeton y uno de los mayores expertos globales en la historia financiera de Europa, un grupo insurgente no necesita mayoría absoluta para controlar la política si las élites le abren la puerta.
El segundo factor crítico señalado por Casanova del clima actual es el estado de la izquierda. En entreguerras, “la izquierda estaba dividida por la revolución rusa, pero tenía un contraproyecto y ese contraproyecto era amenazante” para las élites tradicionales, explica el historiador.
En cambio, hoy lo que hay es una alarmante “ausencia de contraproyecto social”. Tras la quiebra del consenso socialdemócrata y democrático surgido tras 1945, la izquierda “se ha dormido” en la defensa de este modelo, dejando un enorme vacío político.
Souto complementa este análisis aportando matices clave sobre las divisiones históricas. Para ella, más que la falta absoluta de contraproyectos, el factor fatal fue la incapacidad de articular un proyecto apoyado de forma unánime por todas las izquierdas del momento. La política de Frentes Populares, impulsada por la Internacional Comunista en agosto de 1935 ante el ascenso de Hitler, llegó demasiado tarde para disipar años de desconfianzas mutuas entre socialistas, comunistas y sectores antiestalinistas.
Souto percibe en nuestros días un vacío muy similar. Advierte la falta de un proyecto antiautoritario y antifascista común. Episodios como las fisuras entre partidos socialistas europeos en crisis graves muestran este vacío. Por eso subraya que el freno de los movimientos autoritarios solo será posible mediante una unidad amplia de diversos sectores políticos y sociales.
Si la socialdemocracia tradicional no logra acercar posiciones y tejer alianzas estables con las nuevas izquierdas alternativas (los Verdes alemanes, La Francia Insumisa o los diferentes movimientos que forman parte de la cada vez más atomizada izquierda española), la capacidad de oponer una resistencia eficaz frente a la ola involucionista se diluirá drásticamente.
La identidad
El tercer rasgo esencial de la tesis de Casanova identifica a la inmigración como el gran eje de movilización ultraderechista de nuestro tiempo. En la Europa de los años 20 y 30, el chovinismo enfocaba su odio hacia las minorías étnicas asentadas en el centro y este del continente, buscando una depuración que, tras 1945, dejó países uniformes, blancos y cristianos mediante expulsiones forzosas. “Toda esa parte étnica creó unos problemas irreparables en el centro y el este de Europa”.
Hoy, advierte Casanova, ese conflicto étnico se desplaza a la inmigración, la cual ya no se debate como una cuestión de clase social, sino de identidad pura. “La inmigración ahora ya no es un tema solo de obreros que no quieren que entren o de gente que es racista. No, no, es un tema de identidad”.
La ultraderecha ha impuesto un marco identitario en el que solo caben los blancos y cristianos, exigiendo pruebas de lealtad patriótica al resto. Las banderas y las identidades, apunta, demuestran poseer un poder de movilización emocional muy superior a las lealtades de clase o familiares.
Sandra Souto conecta esta hostilidad con los “pánicos morales” exacerbados por el fascismo clásico. Los movimientos de entreguerras instrumentalizaron miedos derivados de los cambios sociales (como el racismo hacia los judíos o los ataques a la “nueva mujer”) para atraer nichos de población inseguros y buscar falsos culpables a sus problemas.
Esta historiadora traza un paralelismo directo entre la hostilidad histórica hacia la mujer liberada y las descalificaciones actuales de la derecha radical hacia el feminismo contemporáneo (“feminazis”), que lucha con determinación contra la violencia machista.
Frente al discurso del odio, Ángeles Egido opone argumentos demográficos y de justicia histórica. Primero, recuerda que la inmigración es parte de la solución para garantizar el futuro de las pensiones y cubrir puestos esenciales en sociedades con natalidad decreciente. Segundo, introduce una perspectiva colonial ineludible. Europa se repartió el continente africano en la Conferencia de Berlín, esquilmó sus recursos y abusó de su población.
Por tanto, la llegada de migrantes representa, en cierto modo, una reclamación de lo que “les debemos”. De ahí que sea tan importante, destaca, no permitir la inercia del olvido de conceptos clave como los derechos humanos, la solidaridad internacional y la igualdad ante la ley.
Las similitudes son evidentes y preocupantes. Sin embargo, los historiadores consultados por infoLibre señalan también diferencias estructurales que impiden equiparar mecánicamente ambas épocas.
La situación económica
En primer lugar, la situación económica actual. Aunque está marcada por la precariedad laboral, dista del colapso total de subsistencia originado tras el crac de 1929. Ángeles Egido destaca que una economía globalizada permite amortiguar la crisis y facilitar cierta redistribución de la renta (incluso sumergida) que antes no existía.
Además, Casanova aclara que, a diferencia del empobrecimiento material severo que siguió a las crisis industriales, el auge ultraderechista de nuestra época se nutre principalmente de una “guerra cultural” identitaria, donde las banderas y los agravios morales son motores más potentes que los factores económicos puros.
La segunda y fundamental diferencia reside en el monopolio de la fuerza. El fascismo del siglo XX nació y creció al amparo de milicias paramilitares masivas y armadas integradas por miles de descontentos de la Gran Guerra que ejercían la violencia impunemente. En la actualidad, las fuerzas armadas y las Fuerzas de Seguridad del Estado están subordinadas al poder civil democrático. Esta subordinación es, en opinión de Casanova, nuestra principal garantía y fuente de esperanza.
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Al contemplar la historia de entreguerras, la tentación de la resignación es fuerte. Sin embargo, como recuerda Johann Chapoutot, “tenemos una ventaja inmensa sobre nuestros abuelos y bisabuelos: nosotros sabemos”. La historia no responde a un destino inexorable; fueron decisiones humanas concretas las que pavimentaron el camino de la catástrofe. El conocimiento de Weimar sirve para comprender que la democracia es perecedera y que su erosión comienza con la inacción y la complicidad de las fuerzas tradicionales.
La deriva que describen los tres rasgos enunciados por Casanova —la irresponsabilidad de la derecha conservadora al abrir paso a la reacción, el letargo y la desunión de las izquierdas y la hostilidad identitaria ante la inmigración— exige mantener una alerta democrática permanente. Harold James advirtió sobre las lecciones de Weimar aplicables hoy. Señaló el peligro de demonizar al adversario, de subestimar el impacto de grupos insurgentes minoritarios o de recurrir a devaluaciones constitucionales.
En un presente marcado por la polarización y la prisa, proteger estos logros históricos exige un esfuerzo consciente y colectivo. Como explica Ángeles Egido, ante el peligro de la involución, “no debemos dejar que caigan en el olvido conceptos que costó mucho implantar en la sociedad internacional: los derechos humanos, la solidaridad internacional, el peso del consenso y todos los valores de la civilización occidental, especialmente el valor de la democracia y de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley”.