El peligro de la seguridad Aroa Moreno Durán
Ahora que de casi todo se cumplen cincuenta años —disculpas a Gil de Biedma—, hay algunos hitos democráticos que tienen aún más solera. Por ejemplo, uno de los himnos libertarios con mejor poesía y mayor eco fue aquel A cántaros, de Pablo Guerrero, que apareció en 1972 despistando a la censura y calando en los corazones de miles de jóvenes ilusionados con un inminente fin de la dictadura.
Lo he recordado estos días en los que he tenido la oportunidad de salir de la burbuja de la M-30 madrileña para desintoxicar las neuronas de tanta furia y tanto ruido. De Gran Canaria a Valencia, se percibe un silencioso clamor que recorre las venas de la ciudadanía, harta en su mayoría —creo y confío— de ese odio que siembran terminales mediáticas de las derechas y sus dirigentes políticos, pero también esos jueces que comparan a Sánchez con Fernando VII o esos obispos que definen al Gobierno como “una banda de ladrones” (ver aquí).
Es una escena que se repite: te paran en la estación o el aeropuerto, en cualquier cafetería o plaza municipal y te plantean: ¿pero cuándo va a acabar este griterío? ¿Es que no se puede discutir sin insultar? ¿Vamos a permitir que llegue Vox al Gobierno? ¿Por qué la izquierda no se pone de acuerdo? ¿Es que no vamos a acabar nunca con la corrupción?
Evidentemente, uno no tiene respuestas claras y sí muchísimas dudas, pero si pegamos el oído al asfalto escucharemos la insistente reclamación de no sé exactamente cuántos y cuántas votantes progresistas, tan desanimados y decepcionados como deseosos de encontrar nombres, propuestas y motivos para votar con una renovada esperanza que no puede basarse exclusivamente en el miedo a un neofascismo que no es que pueda venir, sino que ya está aquí, ocupando poder en comunidades autónomas y asimilado por el PP de Feijóo como compañero imprescindible para llegar a la Moncloa en 2027. Los pactos PP-Vox en Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía ponen nombre al próximo vicepresidente del Gobierno central si los números cuadran: Santiago Abascal.
El martillo pilón de jueces concretos y altas instancias de la judicatura no va a parar, y es obvio que su interferencia en la política hace ya tiempo que descosió las costuras de la separación de poderes sin que el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) haya movido una ceja; ni la moverá.
Da igual que se condene sin pruebas o que un instructor sustituto se permita decidir si la pareja del presidente del Gobierno pinta o no pinta en una cumbre de la OTAN. Son tantos los límites ya desbordados que cuesta creer que no haya magistrados dispuestos a sentar en el banquillo más pronto que tarde a ese Pedro Sánchez al que aborrecen desde la ley de amnistía y más acá.
De modo que un votante de izquierdas hoy en España no tiene otra que blindarse ante el azote mediático, político y judicial que le bombardea a todas horas, no tanto con el objetivo de hacerle cambiar de bloque —las encuestas indican que eso prácticamente no ocurre— como de llevarle al desánimo, la sospecha y la abstención. A ello, obviamente, contribuyen los escándalos protagonizados por nombres relevantes —otros no tanto— del Partido Socialista.
Así que sí, este otoño tiene que llover a cántaros en el territorio sociológico progresista si las izquierdas aspiran a rearmar un Gobierno de coalición capaz de poner en práctica lo que más temen los poderes cómplices de estas derechas ultramontanas: políticas reguladoras que pongan freno a una voracidad capitalista que desbarata los equilibrios de un supuesto libre mercado y convierte a los ciudadanos en meros consumidores, sin apenas voz y con el voto de su tarjeta de crédito.
Llover a cántaros significa que este otoño Sánchez está obligado a presentar con rigor, claridad y credibilidad unos Presupuestos que todo el mundo sabe que no se van a aprobar, pero que tienen que poner negro sobre blanco una hoja de ruta que mantenga a España en la senda de progreso alcanzada en las dos últimas legislaturas en el plano económico.
Por más que se grite, y asumiendo que vivamos en un fin de etapa, comparen los datos clave macroeconómicos de los años finales del felipismo, de Zapatero o de Rajoy —el final de Aznar chocó consigo mismo y sus mentiras sobre la guerra de Irak y los atentados del 11-M— con la realidad de hoy.
Este otoño tiene que llover a cántaros en el territorio sociológico progresista si las izquierdas aspiran a rearmar un gobierno de coalición
Comprueben los niveles de inflación, los tipos de interés, el desempleo, la deuda, el déficit o —para qué hablar— la famosa prima de riesgo. Por algo PP y Vox no quieren mencionar la economía o el empleo, y cuando Feijóo abre la boca, sube el pan, como ha ocurrido esta semana con el absentismo laboral y las bajas por enfermedad.
Una empanada mental y un nivel de incompetencia cuya única conclusión clara es que, si llega al poder, está dispuesto a aplicar por decreto el ‘programa’ de la patronal: reducir salarios, cotizaciones, pensiones… motosierra hasta quemarla. Poco importa que la OCDE advierta que una de las debilidades de nuestra economía es precisamente el insuficiente crecimiento de los salarios (ver aquí).
Esa gestión rigurosa en lo económico que firma el Gobierno de coalición y que es la envidia de Occidente tiene lagunas, la más enorme, sin duda, la de la vivienda. Ya sabemos que es complejo y que cualquier medida choca con el boicot de las comunidades gobernadas por las derechas, pero es imprescindible un plan más ambicioso tanto en la eficacia como en la habilidad para superar ese bloqueo.
Y tiene que llover a cántaros, un enorme aguacero, a la izquierda del PSOE, donde conviene que todo el mundo repase la letra de Pablo Guerrero (ver aquí), porque “la siesta se acaba” y porque “una lluvia fuerte… limpiará nuestra casa”.
No les queda otra y no tienen margen —si es que aún lo hay— más allá del otoño. Ya están tardando las formaciones que componían el llamado Espacio Sumar en ponerse de acuerdo en un liderazgo creíble, potente y atractivo, que seguramente tendrá que provenir incluso de fuera del propio espacio, para ser ajeno a cualquier contaminación de las disputas previas, de las cuentas pendientes y, por supuesto, de las profundas incompatibilidades declaradas sin disimulo entre quienes un día fueron compañeros y compañeras, unidas en el espíritu del 15-M.
Cito como premisa obligada ese liderazgo sólido y creíble porque nadie que no viva enfermo de sectarismo en el electorado de izquierdas ve complicado un programa electoral común que recoja los anhelos de entre un millón y millón y medio de votantes que no confían en el PSOE para avanzar sin una fuerza potente que tire de él con la zurda y que hoy se inclinan por la abstención.
Leyendo, viajando y escuchando fuera de Madrid —desde una visión progresista de este país y del mundo—, uno concluye que ese liderazgo ha de creer en un Estado plurinacional, en un federalismo profundo y moderno, en una fiscalidad justa y progresiva que contribuya a la solidez del Estado del bienestar, en un Gobierno regulador de los excesos del capitalismo, en reformas de la justicia valientes que equilibren ese sesgo clamorosamente conservador, en una apuesta por la vivienda pública y por controlar la especulación salvaje en el mercado de la vivienda, y en una legislación que ponga límites al uso de la inteligencia artificial para el mal.
Nombres hay para ese liderazgo, y basta fijarse en la contundencia con la que algunas voces de la propia izquierda los machacan sin que hayan abierto aún la boca ni se hayan postulado siquiera para encabezar el reto. Esa tradición ‘vivípara’ y cainita que tanto desgasta…
Pero “hay que doler de la vida hasta creer”. Tiene que llover a cántaros.
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