El peligro de la seguridad

Ya no te acuerdas, porque has querido olvidarlo y quizás haces bien, que en tiempos de la pandemia, convirtieron la seguridad sanitaria en ideología. El estado de alarma, aquella herramienta que limitó la libertad de movimiento durante un tiempo para confinarnos y detener el contagio de la covid-19, fue políticamente cuestionada. Cedimos, claro, “quédate en casa”, decíamos, era una medida extraordinaria en un tiempo extraordinario y limitado que tuvo sus efectos: se contuvo la enfermedad mientras se desarrollaron las vacunas que nos salvaron a una velocidad nunca vista antes. Quiero recordar ahora aquello, aunque parezca que sucedió hace décadas, porque quizá fue la primera vez que lo pensaste, más allá de las llamadas a la insurrección contra la medida que se gritaron entonces.

Puede que solo te lo preguntaras de forma íntima durante un segundo o quizá surgió en una conversación entre amigos y hubo debate: qué más estarías dispuesto a dar a cambio de seguridad. Y durante cuánto tiempo. Qué derechos cederías, qué libertades. Y, sobre todo, hasta cuándo.

El estado de alarma, el de excepción y el de sitio son gradaciones de herramientas que tienen los gobiernos para contener situaciones críticas, catástrofes, estallidos de violencia o, como entonces, crisis sanitarias que lo requieren.

Pero, qué sucede cuando se pervierte el mecanismo.

A veces, es complicado trazar símiles para entender. Las realidades responden, por supuesto, a contextos diversos, tiempos distintos y radicalmente opuestos en ocasiones, pero la experiencia individual es la forma que tenemos muchas veces de llegar hasta el lugar del otro dentro de un devenir colectivo. Es un motor más de la empatía.

Hace unos meses, al hilo de una conversación entre varios escritores centroamericanos, titulada La excepción permanente, leí Bukele, el rey desnudo (Anagrama, 2026), del periodista salvadoreño Óscar Martínez, hoy en el exilio en México. Es un pequeño ensayo donde traza una descripción poliédrica del mandatario de El Salvador, el mismo que le ha amenazado por su trabajo de investigación en el periódico digital El Faro hasta sacarlo fuera del país. El libro comienza diciendo: “Dejémonos de rodeos, yo considero a Bukele un dictador”.

La seguridad es uno de los ejes del discurso de la ultraderecha, pero también de cualquier dictadura

Aquella charla trató de literatura y escritura en contextos violentos, de narrar la tierra cuando se está fuera de ella, pero también sobre la promesa del orden, el lenguaje de la seguridad y las transformaciones que se producen en la democracia cuando la excepción y la urgencia se instalan como norma infinita. El modelo salvadoreño es una muestra clara del éxito del lenguaje contemporáneo para asumir la idea de cómo un estado de excepción permanente, que restringe derechos y concentra todo el poder en una persona, es necesario para contener la violencia y eliminar el crimen.

Sin embargo, este supuesto sistema de seguridad tiene una siniestra cara oculta. Tras sus cifras de éxito, hay otras: las de los muertos y desaparecidos, la violencia invisible que se ejerce en las prisiones o fuera de ellas, las torturas, la persecución política, la violación de derechos humanos. Aun así, Bukele ganó las últimas elecciones con más de un 80% de los votos.

¿Seguridad?

La seguridad es uno de los ejes del discurso de la ultraderecha, pero también de cualquier dictadura. Hablan de inseguridad y utilizan lenguajes contemporáneos para ello, como la amenaza prioritaria. Quieren endurecer las penas, aumentar la presencia policial, dotar de mayor fuerza a los cuerpos de seguridad, vigilar las fronteras.

¿Cómo se frena ese discurso?

¿Con qué lenguaje se vence la promesa de la seguridad?

¿Cuál es la grieta en la que hace palanca?

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