El amor y las estanterías

Ni siquiera lo pensaron. Era para siempre. Cuando se fueron a vivir juntos, los libros de él se mezclaron con los de ella. Compraron estanterías baratas y levantaron un muro de lomos de colores que cubría una pared entera del salón de la casa. Todo el mundo les decía que aquel era el mejor de los tiempos, cuando todo era posible y solo había algo que no: que las cosas salieran mal. Convivieron sobre aquellas maderas blancas, combadas por el peso y por los años, Cormac McCarthy con Alejandra Pizarnik, Ted Chiang con Anna Ajmatova, Delibes con Borges, Pablo Neruda durmió durante más de una década junto al mundodisco de Terry Pratchett. Aquel pequeño libro subrayado del Romancero gitano con su luna y sus cuchillos y su puente de Córdoba entre Los desposeídos de Úrsula K. Le Guin y El arco iris de la gravedad de Pynchon.

Mudaron dos veces los libros de casa en pequeños montones atados por pitas, y un anochecer, algunos años después, ella se vio sacando títulos de las estanterías y dejándolos en el suelo. Ella, paralizada, con un ejemplar en cada mano de El pasado de Alan Pauls, que los dos estaban leyendo cuando se conocieron. Esos ejemplares granates que ya serán testigos de vidas distintas y que quizá alguien vuelva a juntar en un futuro que confía lejano. Estos son los tuyos, y le señaló las torres de libros, tráete el coche un día, por si te los quieres llevar. Y se los llevó: perdió a los filósofos griegos, a Borges, casi todo Cortázar, a Martin Amis, toda la fantasía y la Primera y Segunda Guerra Mundial. Olvidó sin descuido devolverle una vieja edición de Austral de Cien años de soledad a la que había tomado cariño. A cambio, él se llevó su libro de fotografías de Robert Capa. La estantería se llenó de huecos. Los libros perdieron el equilibrio y se tumbaron unos sobre otros como mecidos por el viento. Ahora estaban ella y sus autoras. La poesía y ella. Ella y todos sus ensayos caducos de política internacional. Nunca más los organizó. 

Los libros no son solamente las historias que contienen, son también nuestra historia propia

Una mañana, es otro lector el que mira de espaldas bajo la luz clara del mes de junio, el pelo revuelto, el pan sobre la mesa, repasando una vez más la estantería del comedor. Un vigía nuevo frente al muro de las historias posibles. Encuentra libros que ella no recordaba que tuviera. Saca alguno y lee unas páginas: este me lo tienes que dejar, no ahora. Este lo leeré aquí. Ha traído de vuelta a Borges a su casa, pero en verso, ha traído a Salter, a Yates, a McEwan. Todas esas novelas que ella nunca leyó y que no sabe por qué él adivina que le gustarán si no sabe bien todavía lo que a ella le gusta. Cambia el paisaje de la librería. Ella derrama sin querer un café sobre los libros nuevos que van variando sobre la mesa del desayuno. Sabe que él se controla un poco y no le dice lo que de verdad piensa de su maltrato a las páginas: libros mojados por la lluvia, con granos de arena de playa, abandonados en el jardín a la intemperie durante días, subrayados a bolígrafo, esquinas dobladas. Ella se ríe del descuido. Él los revisa, los toca con extrema suavidad, aprieta sus páginas, les pasa la mano por las cubiertas una y otra vez. Nunca vio a nadie acariciar los libros con tanta delicadeza. No vamos a comprar más, entre los dos tenemos casi todo. Pero seguirán llegando nuevos. 

Es en una caseta de la Feria del Libro de Madrid cuando hablo con una librera y una compañera de la editorial sobre las políticas del amor y las estanterías. Hay quien nunca junta sus libros, respetando una frontera invisible que deja a un lado las novedades fugaces y, al otro, viejas ediciones de cubiertas de tela. Hay quien los cruza sin vértigo, con la confianza cegada en que novelas nuevas, poesía, ensayos, libros de segunda mano, primeras ediciones, libros heredados y ellos convivirán para siempre. 

Los libros no son solamente las historias que contienen, son también nuestra historia propia. Quiénes éramos en el momento en que los leímos, quiénes somos ahora, cuando un día los despertamos de su sueño de balda y volvemos a abrirlos y recordamos, nos recordamos, leyendo, imaginando, confiando en el futuro. 

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