Todos los fuegos

Son las cuatro de una tarde de julio, pero la luz es distinta a otras tardes de verano. Parece un amanecer o atardecer de un invierno anterior. El ambiente es espeso, irrespirable, 40 grados bajo un cielo claro que relumbra desdibujando los bordes de las nubes en luz. Poco a poco, no queda azul en el cielo y se cubre completamente en gris, luego amarillo.

Desaparece el sol. Abro la puerta de casa y salgo y miro hacia el horizonte. Huele a madera quemada de árbol vivo. Quién ha puesto la chimenea si hace calor, dice un niño vecino desde su jardín. Cae algo del cielo: son pavesas de ceniza como anises de nieve. Escuece el aire en los ojos. El niño del jardín dice: "Tengo miedo, papá". "No pasa nada", le responde el hombre, "aquí no va a llegar. Estamos a más de 70 kilómetros de los incendios más cercanos".

No va a llegar, me digo yo también. 

Al menos, o quizá, no estos. 

Cada año, el fuego nos vuelve a parecer excepcional. Pero es una catástrofe repetida. Una emergencia reiterada. No puede volver a pasar, dicen. Los fuegos de verano se apagan en invierno, repiten una y otra vez. Se arrasan decenas de miles de hectáreas de masa forestal. En 2025, el peor año para los bosques españoles de las últimas tres décadas, se quemaron más de 350.000 hectáreas de distintos sistemas forestales. Pero ha habido otros años también terribles. Y este ha superado ya las hectáreas quemadas a estas alturas del año pasado.

No se olvidan los nombres: Molezuelas de la Carballeda, Zamora y León, 2025; Minas de Riotinto, Huelva, 2004; Sierra de la Culebra, Zamora, 2022; Bejís, Castellón y Valencia, 2022; Navalacruz, Ávila, 2022. Y tantos otros. Costras negras sobre las montañas. Paisajes asolados. En pocas horas, en un par de días, se convierte en ceniza negra lo que varias generaciones vieron crecer. La recuperación de un bosque maduro puede tardar hasta un siglo. Hay vidas que no se recuperan. España arde verano tras verano.

Llegarán entonces los desplazamientos de las autoridades para dar declaraciones pisando la ceniza todavía humeante, anuncios de planes futuros, contingentes reunidos, luego, el ventilador de las responsabilidades en los medios y debates, quién pone qué, se pedirán respuestas, vecinos evacuados que vuelven a decir que se sienten abandonados, recuerdos hechos pavesas. 

Y volverán los bomberos forestales a pedir mejor formación, vehículos, recursos para acudir preparados a los incendios, condiciones laborales que no sean precarias. Esta gente que pone el cuerpo con su vida frente a las llamas, que se la juega por poco más que el salario mínimo y turnos difíciles y peligrosidad. 

Y volverán los bomberos forestales a pedir mejor formación, vehículos, recursos para acudir preparados a los incendios, condiciones laborales que no sean precarias. Esta gente que (...) se la juega por poco más que el salario mínimo y turnos difíciles y peligrosidad

Y una se pregunta si no hay lección que extraer de todos esos fuegos pasados. Si el éxito o el fracaso se va a seguir midiendo con la velocidad o no de la extinción y el olvido después. Si se va a permitir que se siga negando la incidencia de un clima cada vez más extremo, si puede permitirse el negacionismo a personas que tienen responsabilidades públicas.    

Desde que comenzó el verano, llevamos más de una veintena de incendios, han muerto 13 personas

La región de Madrid pide ayuda estatal. No tienen medios para sofocarlos. Por qué. Si no hay para esto, para qué los hay. Se declara la emergencia nacional. 

Cuando llega la noche, una Luna creciente y roja se deja ver entre el humo y los árboles, el calor no da tregua, el viento tampoco. El penacho de humo que parte de las sierras que rodean Madrid ha tocado el mar Mediterráneo. 

Cuando termino esta columna van más de 130.000 hectáreas quemadas en este 2026. Es la superficie de la isla de Lanzarote. Dos veces la ciudad de Madrid.

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