Semántica de la corrupción

La corrupción es el desagüe por el que se pierde el sistema, una cloaca oscura y subterránea que nos aleja de poder nombrarnos un Estado decente. O una democracia madura. A más corrupción, más tercer mundo político. Lo dijeron hace unos meses, se escribió palabra por palabra: la corrupción cero no existe. Parece que ya no es ni una aspiración primera. El margen de error del oficio: un caso aislado. Dos. Tres. Cuántos no lo convierten en una epidemia. 

Una se imagina a alguien que, súbitamente, tiene su poder y está en un despacho. Y, un día, no consigue evitarlo, una luz verde parpadea y le indica el camino de la tentación. El político, que algo trae dentro que no lo da solo el cargo, decide pasar por encima de todos los códigos éticos, la moral duerme o se apaga, hace unas llamadas, mete las manos en el cajón de lo común, se lucra y se dice a sí mismo: pero qué fácil ha sido. Y también, y aquí está la enajenación segunda: a mí no me van a coger. Porque yo soy más listo que otros. 

¿Más perspicaz que el sistema? ¿Que la justicia? ¿Que el resto de ciudadanos? 

A mayor poder, más grande la corrupción. Intenta una no creer que sea la prueba del Dictum de Acton: El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Según la Real Academia Española, la palabra corrupción es sinónimo de putrefacción, descomposición, podredumbre, degeneración, fermentación. Significa deterioro de valores, usos y costumbres. En las organizaciones públicas significa utilización indebida o ilícita de las funciones en provecho de sus gestores. Significa diarrea y descomposición. A la corrupción política todo le encaja: hay algo que huele fatal. 

Dónde comienza la purga que devuelva la confianza. Dónde los obstáculos para lo que parece inevitable. ¿Más transparencia? ¿Mejores salarios para los cargos? ¿Qué más quieren? ¿Más control? ¿Un test ético o científico previo para el que va a manejar lo público?

Decía Rafael Chirbes en Crematorio: “La economía, que tan visible nos parece, tan escandalosa, es solo el decorado, el telón de boca que tapa el escenario por el que se mueve un animal sigiloso, invisible, tan inaprensible que ni siquiera tiene nombre, porque no es poder, aunque participe de él; no es el dinero, aunque se nutra de él; ni es el prestigio, aunque tenga su incorporeidad. Es el eje en torno al cual gira la gran rueda”.

La corrupción compromete la estabilidad del propio sistema

Hay un párrafo en la sentencia que el Tribunal Supremo ha dictado contra el ex ministro José Luis Ábalos, Koldo García y Víctor de Aldama donde los jueces advierten: “Su efecto más grave (de la corrupción) es el deterioro de la confianza ciudadana en el sistema político, al quebrar la expectativa de que el poder democrático se ejerce en beneficio del conjunto de la ciudadanía”. Y termina avisando de que la corrupción compromete la estabilidad del propio sistema

Pocas cosas duelen más que la irrecuperable pérdida de confianza. Solo se rompe una primera vez. Tira gobiernos, destruye la relación más sólida como una carcoma. Una intenta volver hacia atrás, a la era de la ingenuidad, de la fe, y ya no es posible nunca más. En la política y en el amor, hay traiciones que devastan relaciones. La revelación de la corrupción es ese día en el que eres consciente del desenamoramiento, es el clic que te impulsa y te saca una casa, es lo que te impide volverles a votar. 

Al otro lado, alguien todavía no lo entiende: pero por qué te vas.

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