Con mis propios ojos Aroa Moreno Durán
Antes, como quien dice ayer, cuando alguien dudaba de nuestra palabra, afirmábamos que lo habíamos visto con nuestros propios ojos. Esa era la prueba para lo insólito. Para lo increíble. Pero ese no es ya este tiempo que habitamos.
La alegoría más célebre de la historia de la filosofía, la caverna de Platón, explica cómo se puede distinguir entre los mundos, el mundo sensible, el que perciben nuestros sentidos, y el mundo inteligible, y cómo se enfrenta el ser humano al conocimiento. En esa metáfora, el filósofo griego imagina a un grupo de personas encadenadas en una cueva que solo pueden ver sombras proyectadas en una pared. Creen que la realidad son esas sombras, nunca han visto otra cosa. Cuando uno de ellos se libera y sale al mundo exterior, comprende que lo que veía solo era una representación. Ninguno de sus compañeros le cree.
Le muestro a mi hijo un vídeo en el que una ballena da de mamar a un ballenato en el océano. Un chorro de litros y litros de leche sale de la ballena y cae directamente a la boca de la cría. No se mezcla con el agua, explican, por la grasa que contiene la leche materna. Una razón convincente para mí. Él me dice: es IA. Yo pensaba que era real, le respondo. Le enseño después otro vídeo en el que una elefanta asiática cautiva en el zoo de Madrid pare una cría. Es una especie en extremo peligro de extinción, le digo. Me pregunta: ¿es IA? Yo le digo que no, él me dice que no sabe. Duda de la realidad, pero no de lo que es inteligencia artificial. Eso lo reconoce.
Le digo que es una noticia, que lo publica el propio zoo, que sí es real. Le explico qué es el periodismo y qué es una red social, pero me contradigo a veces. También hay medios de comunicación que publican mentiras, artificios. Y ahí están: proyectando representaciones que se quieren creer. O que necesitamos creer.
Quizá la caverna sea el mismo tiempo que habitamos: dirigido, plano, filtrado, polarizado
Y, aunque sé que son verdaderas, también yo dudo en este verano de las noticias, de las imágenes que veo con mis propios ojos. Me cuesta comprenderlas y dimensionarlas. Esa fotografía que muestra los cientos de zapatos de los migrantes flotando junto a El Tarajal, en Ceuta. Dudo de la imagen de una sandalia blanca de plástico de un niño o niña de menos de dos años en la arena, desparejada y perdida. Dudo de esa foto del crío marroquí sentado en la arena de la playa frente a un militar español de pie. De los cientos de personas que ha traído en la playa de Benzú. De que un diputado de la ultraderecha haya dicho que hay que cazar y pescar a los migrantes uno a uno.
Dudo de que agitadores de más y menos talla y más o menos repercusión o pseudopolíticos se hayan desplazado hasta Ceuta para prender la mecha de su propia contienda interesada. Me cuesta creer que 141 personas hayan muerto en ese sur en este verano.
El mito sigue vigente 2.400 años después. Pero una ya no sabe distinguir entre las siluetas negras y la propia caverna. Quién las proyecta y para quiénes. Una está encadenada entre lo artificial y las noticias, dentro de un algoritmo matemático y político que genera sombras elegidas en nuestra pared. Porque no nos explican la razón detrás de lo que ven y leen nuestros ojos para que vuelva la confianza a nuestros sentidos.
Quizá la caverna sea el mismo tiempo que habitamos: dirigido, plano, filtrado, polarizado. Cuando vemos una imagen, cuando leemos un texto, debemos preguntarnos qué hay detrás de esa representación. Eso ya era así antes. Pero hoy, incluso cuestionando lo que vemos, no somos capaces de razonar que ese mundo presente sí es el real, un contexto que empuja, por las razones que sean, a las personas a cruzar fronteras, a jugarse la única vida que tienen, y me gustaría decirle a mi hijo que eso es artificial, o que tiene que aceptar que es ininteligible, que solo es una sombra de lo que podríamos ser.
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