Sierpes de verano

Cada vez que saco los ventiladores me digo: "estos meses tienes que escribir naderías". Luego llegan los incendios, el follón geopolítico seguido del escándalo nuestro de cada canícula y el plan se descalabra.

Les reconozco que siempre he querido ser un articulista de minucias. Tener una columna donde hablar de guisos, libros raros y jardinería. "La otra tarde anduve podando las hortensias a la sombra del sicomoro" o "dónde comer buenas albóndigas si vas al festival de Bayreuth", suma y sigue. Para muestra, una confesión. Llevo semanas enfrascado en las discusiones académicas sobre el libro de Enoc, un apócrifo del Antiguo Testamento del que se conserva una versión en etíope clásico, otra en eslavo eclesiástico y una tercera en hebreo. No me miren así: ¿cómo no entusiasmarse con un profeta que viaja por las estrellas digievolucionado en "Metatrón, el príncipe de la presencia"?

Lo del ático palidece ante las trifulcas de los cabalistas; y tengo pendiente mucha literatura gastronómica por culpa de la dichosa lectura de la actualidad. Y sí, la democracia no se defiende sola, y aunque mis columnas tengan la eficacia de un tirachinas me consuela pensar que le saco una carcajada a alguien de tanto en tanto.

Me pregunto cuánta de mi angustia tendrá que ver con rebuscar miserias cada semana con las que escribir chistes los viernes para que se lean los sábados

Que los veteranos me corrijan, pero no sé si es verdad que en los veranos de antes no pasaba nada. En los míos, claro: mis padres me arrastraban a la playa (odio el calor, la arena y la desnudez), donde, atrincherado bajo la sombrilla, pasaba las horas dándome paletadas de factor cincuenta; conjurando la locura con la promesa de una ración de sardinas y otra de choco frito. La única actualidad de aquellos días eran los cachiporrazos que recibía Mortadelo y las peripecias del protagonista del novelón de capa y espada que manoseaba para la ocasión.

Recuerdo, embobado, la calidez de aquel fantástico aburrimiento —el tiempo romo y pesado— ahora que llevo una década sin tomarme vacaciones. La total despreocupación por un futuro que aún no me parecía incierto ni amenazante; en el que la vida quedaba por hacer y el sendero solo estaba lleno de incógnitas, pero no de peligros. Me pregunto cuánta de mi angustia tendrá que ver con rebuscar miserias cada semana con las que escribir chistes los viernes para que se lean los sábados. Conste: puestos a elegir trabajos, prefiero este que picar en la mina; no me malentiendan, pero de tanto en tanto conviene mirar detrás del telón para ver cómo de averiada anda la tramoya.

Intentaré tomarme en serio el propósito de todos los veranos (hay quien se hace la lista en navidades, yo en julio) y hurtarle cuatro semanas al candelero. Este curso he aprendido cosas fascinantes sobre colecciones anatómicas, iconoclasia de quita y pon, gastronomía abracadabrante, sombras chinescas y botánica de andar por casa. Son, lo sé, asuntos menos acuciantes que la especulación inmobiliaria, los desastres migratorios, el auge del fascismo, el golpismo de las togas y la degradación de los servicios públicos; pero denme cuartelillo. Al menos una vez al año hay que respirar.

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