El retorno del pensamiento mágico Joaquín Jesús Sánchez
Como soy un pésimo español, el triunfo balompédico me pilló en la cama viendo una película de ovejas detectives. Lo había intentado, conste. Mi padre, al que le interesa el fútbol casi tanto como la literatura altomedieval, nos convocó en torno a una mesa llena de espirituosos y golosinas para ver el partido comme il faut. "A por el bote, ohé", que enceste el mejor y viva don Miguel de la Quadra-Salcedo.
Al minuto 14, el hombre roncaba. Mi madre, que iba y venía por la casa, no paraba de preguntar que "cuánto le faltaba", interrogante al que mi hermano y yo solo sabíamos responder con que "ni idea". Purito fervor en la casa Sánchez, un verdadero "sentir los colores". En fin, que con la prórroga dimos por terminada la performance, nos excusamos con el "que mañana trabajo" y cada mochuelo a su olivo.
Aunque no me emocione el revival nacionalista auspiciado por la cleptocracia de Infantino, reconozco que las consecuencias del sarao me han entusiasmado. Toda una nación calzándose el gorrito de papel de plata y armando conspiraciones como si fueran sangüichitos de miga. Extra, extra: la CIA nos ha obligado a jugar de pena. El poder en la sombra —gente atareadísima— ha pausado sus quehaceres noventa minutos para practicarle vudú a Messi. Las teorías, a cada cual mejor. La otra tarde escuché a una muchacha asegurar que "todos" (¡todos!) los astrólogos y brujos del país diagnosticaron que el estado de "las energías" presagiaba una victoria albiceleste; y que hizo falta mucha magia negra para cambiar eso. "Es gente que trabaja con las energías", aseguraba, juntando los deditos; "son profesionales". Otra, psicóloga, diagnosticaba un shock postraumático a toda la nación: "Por mi trabajo, soy experta en detectar lo no-dicho". Cu cú, cu cú.
No solo la enfermedad tiene sus metáforas, también el deporte: se ve que nuestros chavales juegan mejor al fútbol porque el multiculturalismo ayuda a tirar penaltis
En fin, que el paisito que tuvo el buen ojo de presidenciar a Milei anda dándonos lecciones de chaladura. Habrá que tomar nota. Nada da tanto lustre a una nación como una recogida de firmas para que se repita una final. "Nos sentimos estafados". Compadre, bienvenido al siglo XXI. Unos señalan la reivindicación de las Malvinas como el detonante de las maquinaciones. Otros, oscuras motivaciones económicas: los jugadores españoles son más jóvenes y auparlos aumenta las plusvalías, etcétera, etcétera. Teniendo un jefe de Estado capaz de invocar el fantasma de un mastín, no me explico cómo las fuerzas del mal han podido prevalecer, la verdad.
La inventiva, me temo, no entiende de naciones; y no pocos comentaristas se han lanzado al proceloso torrente de la alegoría. No solo la enfermedad tiene sus metáforas, también el deporte: se ve que nuestros chavales juegan mejor al fútbol porque el multiculturalismo ayuda a tirar penaltis. Ríos de tinta sobre las habilidades futbolísticas que te engalanan por ser hijo de migrantes pobres. ¡Viva la hermenéutica creativa! Que a mí me da igual, pero menos mal que hemos ganado: si no, hubiese tocado escribir que la derrota era culpa de esos zagales que nos estropearon el pedigrí.
La exégesis deportiva, la más estúpida de las ciencias. ¿Pero cómo vas a empatizar con un millonario, so zanguango? Luego les miras de cerca y pasa lo que pasa: que el que no se calza una gorrita MAGA-cañí invierte los maravedíes en activos inmobiliarios. Y tú, con tu canción como un gilipollas, madre; y tú con tu canción, etcétera, etcétera.
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