Tullidos del mundo, uníos

El bolchevismo cotiza al alza. Miren, hay gente rompiéndose la pierna para joder a la patronal. «¡Chínchate, Garamendi!», gritan los camaradas camino de quimioterapia. Frente a la CEOE acampan un trillón de lisiados; tan pronto pasa un directivo, alzan sus muñones y gritan con júbilo.

El señor que no nos preside porque no quiere anda afeando al respetable su falta de ganas. Se acabó la tibieza: del quirófano al tajo, que el país no se levanta solo. El candidato sempiterno se lo ha prometido a los patrones vascongados, no sea que resuciten el requeté. «Haya acuerdo o no», claro que sí, guapi. El Estatuto de los Trabajadores es un concepto discutido y discutible, que decía el profeta. Malvender los derechos laborales a las puertas de las elecciones, en medio de una espiral inflacionaria y con la vivienda por las nubes: finísima idea, ¡que alguien suba el sueldo a esos asesores!

No sea que con la cantinela de la picaresca y el timo de la estampita busquemos a desguazar los derechos adquiridos

«El absentismo es un cáncer que no podemos pagar». El sustantivo se le resbala, pero no le exijamos demasiado. Esperanza Aguirre, pronta al rescate, ha parido un neologismo más preciso: «bajaciones». Gente fina y ocurrente, así da gusto. En fin, que la calificación oncológica ha traído cola. Sospecho que si me detectasen un tumor, andaría deseando el alta. Como la desgracia no conoce ideologías, Borja Sémper, recién recobrado, ha tenido que matizar al superintendente; no sin antes acusar al Gobierno de embarrullar la discusión. «Es imposible abrir un debate serio en este país sin que se manipule», dice el fulano. El del «me voy porque la política se ha desprestigiado», glorioso papelón.

Siempre dispuesto a lanzarse al barro, el ministro Puente ha exigido a su edecán que le trajese el teléfono y las gafas de cerca para aportar su granito. Pantallazo de las ausencias parlamentarias del señor Núñez y el recorte de prensa de aquella vez que suspendió la campaña por lumbalgia. Combatir la bajeza con camorrismo, felicísima ocurrencia. Lo de que los trenes lleguen a su hora lo dejamos para la legislatura próxima.

Pareciera que, con el rival en la lona, el partido mayoritario de la Cámara ha decidido darse cabezazos contra el poste del ring hasta abrirse la cabeza. El debate, claro, ha enfervorecido a la opinión pública y la publicada (a mí mismo me remito), y no hay compatriota que no conozca a un primo segundo de un vecino que ha conseguido —oh, titán anticapitalista— pasarse la vida encadenando luxaciones y temblores para no dar un palo al agua. «Hay fraude», claman los empresarios prudentes. Pues persíganlos, que uno no deja de conducir por la derecha porque, de tanto en tanto, algún descerebrado se lance a la autovía en sentido contrario. No sea que con la cantinela de la picaresca y el timo de la estampita busquemos a desguazar los derechos adquiridos. Lo intentó, en otro rubro, el diputado De los Santos, elevado al escaño por sus méritos como personal shopper de la señora de Mariano (ay, si se llega a enterar el juez Peinado…). «Los transexuales nos mienten, señorías», dijo —en resumen— moviendo mucho la cara. Podría haber citado alguno de esos casos acontecidos en un ignoto rincón de Alabama tan del gusto de los que «desmontan la ideología de género», las «denuncias falsas» y otras acechanzas del maligno. Siquiera se molestó. Total, si ahora su partido es la vanguardia de los derechos LGTBI. Como si fuésemos todos idiotas y no nos acordásemos del recurso al Constitucional.

Más sobre este tema
stats