Lo que el Mundial nos enseña

Ocho años tardé en enterarme de lo del fuera de juego. Mi amigo Dani, exasperado, comenzaba sus lecciones con un invitatorio sulfurado: "Vamos a ver, Joaquinillo". 30 veces me lo explicó y todas me pareció absurdo. Que si el primer delantero con el último defensa bailando el chachachá, pero qué más dará.

Hay quien tiene el colon irritable y a quien le proliferan los forúnculos: yo padezco insensibilidad balompédica. Lo sobrellevo, reconozco, con abnegación. Nunca hay que desperdiciar la ocasión para la parranda y lo de hacer el cabestro 90 minutazos suena envidiosamente liberador. Lustros intentándolo con derbis, eurocopas, finales autonómicas y liguillas regionales: chico, no hay manera.

Conste que no me doy por vencido. Y cada vez que se presenta la oportunidad me entrego a los noticieros y a los sociólogos, a ver si logro que se me espabilen (¡de una vez!) los receptores del oé oé, la bombofilia (oh, sutil instrumento) y el "yo soy español, español". Confieso que, en esta última intentona, no estoy llegando a conclusiones claras. La otra mañana, por ejemplo, uno de esos periodistas que lo mismo te hablan de toros que del estrecho de Ormuz, aseguraba que el fútbol "disuelve las fronteras". Solo una cosa creía tener clara (que el personal se echaba al césped como representante de un Estado-nación) y se ve que me equivocaba. Cachis, me habré distraído con tanta bandera.

No me había dado tiempo a reestructurarme la mollera cuando todo un expresidente salió a dinamitarme lo aprendido. Atiendan: los franceses no son franceses, sorpresa en Las Gaunas. El requiebro metafísico me da esperanzas: por primera vez, haber estudiado Filosofía podría servirme de algo. No soy el único, miren cómo la columnita del susodicho (es verdad que la IA puede sustituir a algunas personas) ha puesto a salivar a los exégetas. Yo me hice un croquis para resolver el misterio: ¿cómo un señor que trabaja para la República Francesa en calidad de "futbolista francés" podría no ser francés? Este es un caso para Hércules Poirot. La respuesta podría despejar un camino hacia la felicidad: imaginen la de gabachos que estarán deseando deshacerse de esa enojosa nacionalidad.

Los pérfidos defensores de los derechos humanos han puesto el grito en el cielo. También el Gobierno francés, pero qué sabrán ellos. Los juntaletras moderados han salido a poner paz: la gente ya no entiende los chistes. ¡Estamos crispadísimos!

Los pérfidos defensores de los derechos humanos han puesto el grito en el cielo. También el Gobierno francés, pero qué sabrán ellos. Los juntaletras moderados han salido a poner paz: la gente ya no entiende los chistes. ¡Estamos crispadísimos! "El pobre, se trabuca con los colores, ¿no ves que tiene el pelo negro y la barba blanca?", declaran a este columnista fuentes próximas al célebre registrador. "Si el hombre se hace un lío con los vecinos y los alcaldes, ¡imagínate con las nacionalidades!".

El entusiasmo, claro, no entiende de genealogías. Miren cómo celebraba el triunfo en semifinales el Primero de los Españoles, que es hijo de una griega con raíces germánicas y un italiano venido de Francia. Qué saloncito tan cuco, clavadito al del tanatorio donde velamos a la abuela. Mocasines sin calcetín, abrazos ortopédicos, ni una triste cocacola en el horizonte con la que aliviarse el gaznate. El partido, en ayunas, pero qué delicia. Es verdad que hay gente a la que el dinero no le da la felicidad.

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