Richard Avedon y los vecinos del Salvaje Oeste
Al comienzo de sus Vidas imaginarias, Marcel Schwob lamenta que los historiadores aplanen la vida de los personajes hasta dejarlos en la raspa; es decir, en la suma de grandes acontecimientos. Sus minucias (su humanidad, digamos) solo interesan en la medida en que condicionaron sus proezas o fracasos: como si la única fiebre que padeciera Napoleón fuese la de la mañana de Waterloo o la única borrachera de Alejandro terminara causado la muerte de Clito.
"Las ideas de los grandes hombres son patrimonio común de la humanidad; lo único que cada uno de ellos poseyó realmente fueron sus rarezas". Pensaba en esta sentencia (tan maja, tan redondita) mientras visitaba In the American West, 1979-1984, la exposición de Richard Avedon (Nueva York, 1923 – Texas, 2004) que puede verse en la Fundación Mapfre de Madrid hasta finales de agosto. Se compone de las 110 copias con las que el fotógrafo trabajó para su célebre exposición en el Amon Carter Museum of American Art (sito en Fort Worth, Texas), expuestas siguiendo el orden en que figuran en el catálogo (hoy famoso) que se editó para la muestra, así como de unos pocos y valiosísimos materiales que nos ayudan a comprender las complejidades de este proyecto.
El proyecto de Avedon era sencillo en su formulación: recorrer el Oeste (ese símbolo de la identidad estadounidense) retratando al paisanaje. Las fotos querían tener un aspecto elemental: lugareños sobre fondo blanco, iluminación natural. Durante cinco años, Avedon, pertrechado con una cámara de gran formato y acompañado por un grupo de asistentes, fue encadenando escapadas a la búsqueda de sujetos singulares. Durante sus pesquisas, visitó una veintena de estados.
Por aquel entonces, Avedon no era un cualquiera: ya había expuesto en el MoMA y retratado a un sinnúmero de estrellas; se había consolidado como uno de los grandes fotógrafos de moda de su tiempo y era el responsable de las portadas de la revista Vogue. El volantazo es elocuente: de Marilyn a un carbonero; de los duques de Windsor, Borges y Truman Capote a una legión de vagabundos.
De la pericia de Avedon en su oficio poco podemos añadir: sus imágenes son de una maestría palmaria y su habilidad para el retrato psicológico resulta indiscutible. Felizmente, In the American West, 1979-1984 no solo nos ofrece el centenar de copias de época (lo más «original» que puede ofrecernos la fotografía, un arte infinitamente reproducible) de una serie icónica, sino un vistazo tras la cortina que resguarda la tramoya. Por ejemplo, mostrándonos algunas ampliaciones plagadas de indicaciones sobre saturaciones, brillos o definiciones que conviene afinar. También, las Polaroid que servían para vincular a los modelos con su expediente. Además de un pertinente testimonio del proceso, estas pequeñas imágenes —tomadas espontáneamente y sin más cuidado que el de juntar a tal persona con la carpeta numerada donde se almacenarán sus permisos y sus negativos— nos permiten entrever cuánto de artificioso hay en los retratos resultantes, tan pretendidamente elementales; tan de fondo neutro y a la luz del día.
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Por más que, desde sus orígenes, la fotografía se pregonase como un ingenio objetivo —capaz de eliminar los sesgos que los intermediarios (pintores, escultores, dibujantes) sumaban a la imagen fijada— los fotógrafos hicieron trampas desde el principio: inventaron enfermedades, cazaron, in fraganti, a los efluvios vitales y se entregaron al tocomocho del espiritismo sin el menor rubor. Avedon, claro, se suma a esta tradición venerable, como demuestra que algunos de sus protagonistas más ceñudos luzcan risueños en las mentadas instantáneas; o que sobre el rostro de algunos esforzados mineros apareciesen manchas de barro en lo que va de la Polaroid a la cámara de gran formato.
Viéndolas cuatro décadas después, podemos decir —sin los apasionamientos de primera hora— que en la serie westeriana se superponen muchas inercias típicas de la Historia del Arte. El retrato solemne de los donnadie de este mundo (de los bufones de Velázquez a los crupieres en paro), el arte como productor de genealogías e identidades nacionales (he aquí "los americanos", casi al modo de las pinturas de castas) o el simpático esfuerzo por epatar al burgués. Cuesta eludir la fascinación exotizante hacia los desheredados de este mundo (concretamente, los damnificados por la pulsión ultraliberal de Ronald Reagan), por más que los retrate con dignidad y sin excesivos pintoresquismos (sobre su relación con ellos, la exposición aporta alguna correspondencia humanamente reveladora). Y asombra lo sucinto de la dramatis personae que jalonan los retratos. "David Beason, empleado de transporte marítimo, Denver, Colorado, 25 de julio de 1981". "Dave Thimothey, víctima de radiación nuclear. Orem, Utah, 8 de agosto de 1980". Recluso. Criador de cerdos. Paciente. "B. J. Van Fleet, nueve años". En el Oeste, uno tiene oficio, patología, condena o minoría de edad.
La serie va despegándose del carácter documental autoimpuesto a medida que progresa. Hacia el final aparecen animales sacrificados en algún matadero. La última de las obras es la más lírica y preparada: el retrato calculadísimo de Ronald Fischer, apicultor. Avedon lo encontró colocando anuncios en prensa y le obligó a firmar un descargo de responsabilidad, por si lo cosían a aguijonazos. Sobre su piel nívea y lampiña se acumulan los himenópteros: el personaje nos sostiene la mirada con laconismo. Volviendo a Schwob, vale preguntarse qué pertenecerá a estos hombres diminutos que apenas dejaron huella en la humanidad. Algo muy evidente los distingue de los próceres: no teniendo honores, nos han heredado sus rarezas.