El país cateto que anhela la derecha

El cura, el juez, la guardia civil y el cacique. Para que luego digan que Feijóo no tiene una propuesta de país. El PP, alineado con Vox hasta la médula, ansía regresar a una España que dábamos por hecho que estaba superada. Las fuerzas vivas que campaban a sus anchas en la postguerra han resucitado como teaser del sistema que se impondrá en cuanto gobiernen. El poder judicial ya actúa impunemente retroalimentando las ambiciones colectivas de la derecha de aplastar a quien ose poner en duda su autoridad. En el fondo, están encantados de que la sociedad considere que el lawfare se ha convertido en el modus operandi habitual. Que se enteren de quién manda aquí y también de que no hay manera de frenar su ofensiva.

La persecución a los cómicos por sus ácidas parodias recuerda a la peor época de la historia reciente. Lo cuenta cualquiera que haya vivido el franquismo. Enseguida te detenían por un nimio comentario crítico. La famosa censura. No conocen las jóvenes generaciones del PP que reivindican los toros y la iglesia, como eje central de su españolidad, la época negra en la que el señor cura trabajaba para el régimen y los toros se convirtieron en símbolo identitario del nacionalcatolicismo. Se exaltó como héroes a los toreros, porque tenían lo que hay que tener para enfrentarse a esos impresionantes astados. Una metáfora del orgullo patrio mientras el hambre y la represión mantenían a raya a una sociedad empobrecida y sin horizontes.

Sorprende que los cachorros de la derecha, más preparados que los de entonces, hayan comprado el remake y reproduzcan con orgullo esa España casposa e inculta de la que tanto nos ha costado salir. El pupilo de Ayuso, que acaba de hacerse con la presidencia de Nuevas Generaciones, es lo primero que ha dicho: "Somos la generación que vuelve a llenar las iglesias y las plazas de toros". Dancausa alimenta el discurso cateto. Sus ambiciones no son capitanear un país que ahora mismo destaca en Europa. Todo lo contrario, desechan ser motor de la modernidad para poder construir su propio destino y propugnan regresar a la España de pandereta. Un reduccionismo folclórico que conlleva el aislamiento. La misma vieja visión paleta que Trump ha puesto en marcha y que está conduciendo a Estados Unidos a un ostracismo internacional, que no se consumará a corto plazo, pero ya ha iniciado el camino.

Hay que aplastar la inteligencia y la intelectualidad. Ese es el cáncer que más teme Feijóo

La España que pinta la derecha no puede ser más retrógrada. Los nasciturus de Ayuso computando como familia numerosa. Ese concepto de gran familia se convirtió en otro de los pilares de la dictadura, que concedía premios a la natalidad porque había que reponer los muertos durante la guerra civil con nuevas criaturas. Estamos en un resurgir del neoconservadurismo católico, como fenómeno de masas. Su capacidad de dominio de la gente es tan feroz, que cualquier dirigente sin escrúpulos lo querría controlar. Matas dos pájaros de un tiro. Los ultracatólicos necesitan sentir que se están ganando el cielo de alguna manera, porque lo que se suponía que la religión defendía se ha venido abajo. Ahora resulta que no hay que condenar a los curas pederastas, ni tener piedad con los inmigrantes, a los que es preferible dejarlos morir en el mar que acogerlos por caridad cristiana; tampoco hay que reprobar el genocidio en Gaza. Sólo se pueden agarrar a los concebidos no nacidos para calmar la conciencia y dormir a pierna suelta por la noche.

Se trata de imponer el pensamiento único. No confíen en que los mediocres que aspiran a gobernarnos tolerarán que las mentes más brillantes destaquen. Hay que aplastar la inteligencia y la intelectualidad. Ese es el cáncer que más teme Feijóo.

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