Una final que habla español

Hoy domingo se hablará español en la final del campeonato del mundo de fútbol. Los argentinos y los españoles defenderán sus camisetas en el MetLife Stadium, en East Rutherford, Nueva Jersey. Situado a 8 kilómetros al oeste de la ciudad de Nueva York, este campo estará a mucha distancia de la identidad imperial de Donald Trump, un presidente que piensa el mundo como terreno de juego para hacer negocios, no como un planeta compartido en el que respetar la existencia de los demás. Mientras sigue lanzando bulos sobre las elecciones que no gana, mientras desconoce los límites y las tarjetas rojas, mientras desmantela la justicia internacional y el respeto a los derechos humanos, va a tener que soportar un partidazo en el que los dos equipos finalistas hablarán en español, el idioma que ha perseguido en sus dos mandatos presidenciales.

Cuando le negó el carácter de idioma oficial y borró el español de la página web de la Casa Blanca, no estaba ofendiendo solo a España o a sus vecinos de Latinoamérica. Conviene recordar que 60 millones de estadounidenses son de origen hispano y más de 40 millones tienen el español como lengua materna. Así que su prioridad nacional y sus políticas racistas no solo afectan al Otro, sino que persiguen una homogeneización identitaria del Yo, una imposición interna que suprima la diversidad. Así que el deporte, el idioma y la cultura le han jugado una mala pasada a Trump al llevar hasta la final de su Mundial a dos selecciones que tienen el español como lengua materna, y a un país europeo, España, que tiene además un Gobierno con políticas a favor del derecho internacional, de los derechos humanos y que está en contra de los genocidios y las invasiones bélicas. Por si faltara algo, España ha aprendido a respetar la diversidad lingüística en su propia cultura. Y la diversidad en contra de las prioridades nacionales del racismo.

Por si nos faltaba algo, estos días se ha hecho muy popular una foto de 2007, tomada por Joan Monfort, en la que Messi, estrella del Barcelona, juega con un bebé llamado Lamine Yamal, de origen marroquí, en un calendario de UNICEF que defendió la solidaridad con los desfavorecidos.

Va a ser una alegría mundial ver jugar esta noche en el MetLife Stadium de East Rutherford a dos selecciones que hablan español

Perdón por caer en el infantilismo de politizar un partido de fútbol, una estrategia tan usada por las dictaduras de Franco y de Videla. Pero es que la situación internacional es tan triste, las llamadas al racismo son tan graves y las actitudes de Trump han sido tan agresivas contra el español, que resulta difícil no desahogarse, no celebrar una final en la que los patriotas españoles van a mirar con buenos ojos la calidad nacional de un moro, mientras el imperialismo del presidente norteamericano tendrá que soportar la realidad de un mundo que no habla su idioma. Será el idioma de Cervantes, Borges, Gelman… o de Federico García Lorca, un poeta que advirtió en 1929 sobre los peligros mundiales de una economía dominada por los enjambres de monedas furiosas que dominan Nueva York.

Yo quiero que esta final la gane España. El sentimiento de hermandad y el acuerdo no pueden fundarse en la mentira. Con la misma sinceridad que viví a favor de Argentina el partido que enfrentó a mi nación hermana con Inglaterra, viviré hoy la final con el deseo de que gane España. Como nos enseñó Borges en El idioma de los argentinos, la unidad no supone desconocer la diversidad, olvidar los matices culturales y lingüísticos que caracterizan a Granada, Madrid, Bogotá, Ciudad de México o Buenos Aires. Así que no puedo pedir a mis amigos escritores argentinos que repitan eso de que gane el mejor. Claudia Piñeiro o Mempo Giardinelli querrán que gane Argentina, como yo querré que gane España. La hermandad no es una mentira, sino un reconocimiento de lo común y de los matices, de lo compartido en el nosotros y de las diferencias individuales.

Como a Donald Trump le están saliendo muy mal las cosas en Irán y en el interior de su propio país, espero que el fracaso se haga costumbre y no pueda celebrar esta vez una victoria con su amigo Javier Milei. Mejor un adversario como Pedro Sánchez. Pero oye, che, es verdad que, gane quien gane, va a ser una alegría mundial ver jugar esta noche en el MetLife Stadium de East Rutherford a dos selecciones que hablan español.

Más sobre este tema
stats