La melenita de Aznar Pilar Portero
El mundo da muchas vueltas, pero hay cosas que se repiten y nos invitan a pensar. El tipógrafo y diseñador gráfico Maurico Amster nació en Polonia, en una ciudad que actualmente pertenece a Ucrania. Formado en Austria y Alemania, se trasladó a España para huir del nazismo y participar en la vida cultural de la Segunda República. Diseñó ediciones de Federico García Lorca, César Vallejo o José Ortega y Gasset. Después del golpe de Estado de 1936, mientras las democracias europeas más significativas defendían la política de no intervención, se sumó al Servicio de Propaganda republicano, colaboró en las operaciones de salvamento del Tesoro Artístico Nacional en un Madrid bombardeado y participó en el Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia. Cuando venció el ejército franquista, ayudado por Rafael Alberti y Pablo Neruda, Amster huyó a Francia, se embarcó en el Winnipeg y llegó a Chile, país donde siguió trabajando en editoriales decisivas para la cultura española del exilio como Zig-Zag o Cruz del Sur.
Walter Reuter fue un fotógrafo y periodista gráfico nacido en Alemania. También huyó del nazismo y colaboró con la lucha antifascista española. Dejó un testimonio sobrecogedor sobre una guerra que fue capaz de convertir en violencia la vida del país que lo había acogido con los brazos abiertos. Los rostros, el miedo, las armas, las ilusiones desesperadas, las sangre, las infancias perdidas, los actos de afirmación y las pérdidas, quedaron captadas por su cámara. Como un exiliado más, después de la victoria franquista, llegó a México. Su memoria fotográfica se conserva hoy en Cuernavaca.
Amster puso en marcha durante la Guerra Civil el proyecto de una Cartilla Escolar Antifascista en colaboración con el Ministerio de Instrucción Pública y con las fotografías de José Val del Omar y José Calandín. Para continuar el espíritu de las Misiones Pedagógicas republicanas, se ideó una cartilla en la que los soldados analfabetos aprendieron a leer, escribir y hacer cuentas. En una segunda edición, se sumaron las fotografías de Reuter, configurando un impresionante testimonio activo de la experiencia humana de la guerra y la violencia. Pasados los años, la Cartilla fue elegida por la Biblioteca digital de la Unión Europea como una de las quince obras más importantes del arte español.
Se ideó una cartilla en la que los soldados analfabetos aprendieron a leer, escribir y hacer cuentas
Gracias al comisariado de Michel Lefebvre, Aku Estebaranz y Juan Manuel Bonet, el Instituto Cervantes puso en marcha una exposición en memoria de la Cartilla Escolar Antifascista que ahora puede verse en Cracovia. Impresiona el recuerdo de aquella barbarie y la respuesta cultural y pedagógica que supuso la Cartilla como acto de esperanza en el ser humano. Al hablar con Juan Manuel Bonet, que fue director del Instituto Cervantes y es hoy uno de los mayores especialistas en el arte de vanguardia del siglo XX, recuerdo las dinámicas que invitaron a muchos artistas al compromiso político ante los acontecimientos de un tiempo en el que las consignas del nazismo, el fascismo y las soberbias económicas antidemocráticas nos condujeron hacia una guerra mundial.
Ayer y hoy, la cultura es inseparable del conflicto, y uno puede comprobar de qué modo hay artistas que defienden las ilusiones ilustradas y sociales en los momentos más difíciles, mientras otros artistas se suman a los discursos autoritarios de la identidad, posturas que legitiman las formas de tiranía y falsifican el sentido de la democracia hasta desembocar en sistemas tan bárbaros, inhumanos y genocidas como el nazismo. Ayer y hoy, el mundo da muchas vueltas, pero nos deja lecciones. Cuando ocurren sucesos bárbaros, cuando se viola el derecho internacional, es tan peligroso apoyar de forma descarada a los asesinos como adoptar políticas de no intervención institucional. Así lo hicieron las democracias europeas ante el golpe de Estado franquista, abriéndole las puertas a las invasiones del ejército de Hitler. La no intervención no evita problemas, sino que conduce a una generalización mundial de la violencia.
El dolor de ayer debiera ayudarnos a comprender el dolor de hoy y convertir el pacifismo no en una forma de cerrar los ojos y de justificar la no intervención, sino en un compromiso activo de denuncia institucional contra los actores que justifican el fuego de sus armas y la violación de los derechos humanos.
No a los genocidios, no a la violencia. Walter Reuter y Maurico Amsler tienen muchas cosas que contarnos. Y muchas cosas que aprender en el mundo de hoy. La palabra hoy aprende muchas cosas de la palabra ayer. El arte nos demuestra que la palabra ayer también puede aprender muchas cosas de la palabra hoy. Por eso es indispensable.
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