EDUCACIÓN

El ejército de la República que luchó en la Guerra Civil contra el analfabetismo con libros y fusiles

Cartel de propaganda de las Milicias de la Cultura.

El 30 de enero de 1937, mientras las tropas franquistas lanzaban su enésima descarga de artillería sobre Madrid y las tropas italianas del fascista Mussolini bosquejaban el asedio de Málaga, el Ministerio de Instrucción Pública (MIP) del Gobierno republicano se armaba para combatir en otro de sus frentes más urgentes: la lucha contra el analfabetismo

Ese mismo día, el ministerio dirigido por el comunista Jesús Hernández Tomás dio la orden de crear las Milicias de la Cultura. Formadas por intelectuales, profesores y estudiantes voluntarios, estas milicias tenían por misión instruir a las filas republicanas entre los estruendos de los cañones y los silbidos de las balas. 

Un auténtico cuerpo militar docente cuyo objetivo no era conquistar ni defender ninguna plaza, sino dotar al combatiente de una herramienta de emancipación personal y social que sigue siendo básica hoy, 90 años después del estallido del conflicto: la educación.

Un ejército casi analfabeto

No era una cuestión baladí: la enseñanza pública fue uno de los caballos de batalla de los gobiernos republicanos desde 1931. Para 1936, antes del estallido del conflicto, el índice de analfabetismo en España ascendía al 28%, un dato especialmente alto en comparación con los demás países europeos, según recoge el historiador Juan Manuel Fernández Soria.

En el frente, las cifras era más alarmantes. La extracción mayoritariamente campesina de las filas del Ejército Popular provocaba que, en algunas unidades militares, el analfabetismo alcanzara el 80%. Específicamente, en el frente del Centro, se calculaba que el 60% de los combatientes eran analfabetos

Esta fue la realidad que motivó la creación de las Milicias de la Cultura, que nació como una iniciativa dentro del Quinto Regimiento, pero se extendió a todo el Ejército Popular. Se estima que más de 2.200 milicianos batallaron contra el analfabetismo entre febrero de 1937 y abril de 1939.

Entre ellos, destacados artistas e intelectuales como el poeta Miguel Hernández, que lanzó sus versos entre las trincheras como comisario de cultura en el frente. Otros escritores, dramaturgos y poetas como José Herrera Petere, María Teresa León y Rafael Dieste fueron cruciales en la labor cultural de estas milicias.

La tropa de profesores al servicio de los soldados

Así, mientras los obreros abastecían de armas y municiones a los soldados y el campesinado alimentaba su cuerpo; las Milicias de la Cultura alimentaban su mente. Organizados como un cuerpo militar y bajo la supervisión de los comisarios políticos del Ejército Popular, las Milicias tenían su propia jerarquía

Sin embargo, el principal cometido de este cuerpo era enseñar a leer y escribir a los soldados, además de impartir otras lecciones básicas de matemáticas, geografía e historia.

No obstante, su labor no se reducía a la docencia. Las milicias organizaron y administraron bibliotecas en cuarteles, hospitales y en el mismo frente. En sus dos años de actividad crearon unas 1.000 bibliotecas, nutridas a menudo de donaciones privadas e incautaciones. Del mismo modo, organizaban conferencias, sesiones de cine, teatro, recitales poéticos y audiciones de música para el entretenimiento y formación de la tropa. Además, muchos de los milicianos culturales compartían la vida y los riesgos de las trincheras con los soldados. Como los ruiseñores de Miguel Hernández, cantaban entre los fusiles y en medio de las batallas.

Su acción en la retaguardia fue prácticamente igual de intensa. A través de las Brigadas Volantes, creadas en septiembre de 1937, extendieron la alfabetización a las zonas rurales más necesitadas que estaban bajo el paraguas del Gobierno republicano.

El impacto fue notorio: diversas fuentes estiman que entre 75.000 y 105.500 combatientes fueron alfabetizados por las Milicias de la Cultura. En la retaguardia, esta y otras iniciativas lograron que más de 300.000 adultos aprendieran a leer y escribir. 

El arte de la propaganda

El cartelismo artístico fue una de las más destacadas funciones de las Milicias de la Cultura. Más allá de la función pedagógica e informativa, los carteles se alineaban con la movilización ideológica y el fortalecimiento de la moral combatiente. 

Son célebres los carteles con proclamas como: “La cultura es un arma más para combatir al fascismo”, “Las milicias de la cultura luchan en el frente con sus libros y un fusil”, “Guerra al analfabetismo”, o “El que sabe leer puede ser mejor soldado”. El libro y el fusil copaban una simbología que pretendía equiparar la lucha contra el fascismo con la lucha contra la ignorancia y la defensa del conocimiento y la cultura.

Para ello, las milicias contaban con una sección de prensa y propaganda, coordinada con el ministerio del ramo. Además, publicaban un órgano oficial cuyo título manifestaba sin rodeos su razón de ser: Armas y Letras. Al estilo de los pasquines y los periódicos murales soviéticos, los milicianos confeccionaban los diarios desde los cuarteles y las fábricas.

Otra particular vía de difusión del arte y la cultura fueron los sellos de ayuda. Emitidos para recaudar fondos, lucían imágenes propagandísticas de soldados leyendo o de figuras literarias históricas, como Miguel de Cervantes.

El último estertor del proyecto educativo republicano

Las Milicias de la Cultura fueron una de las últimas iniciativas educativas que pusieron en marcha los sucesivos gobiernos de la Segunda República. La universalidad de la enseñanza pública fue una de las banderas del efímero régimen, que batalló contra instituciones como la Iglesia para llevar a cabo su proyecto. Esta educación de guerra fue el último de los esfuerzos de los dirigentes republicanos por mitigar el analfabetismo entre la población española más vulnerable, aunque en el menos favorable de los contextos.

La huelga de profesores que ganó el pulso al franquismo

La huelga de profesores que ganó el pulso al franquismo

Historiadores como Juan Manuel Fernández Soria cifran en 200.000 soldados los que recibieron clases de los milicianos de la cultura. Además, crearon más de 150.000 materiales didácticos para acercar la cultura al frente, a la tropa, y alejar la actividad intelectual de los círculos elitistas. 

El final de la guerra trajo consigo el final de la labor de las Milicias de la Cultura, cuyas noticias desaparecen a partir de agosto de 1938. La represión franquista, la depuración del cuerpo docente y el exilio hicieron el resto. Para 1940, España seguía anclada en un índice de analfabetismo cercano al 30%

Nueve décadas después, la huella de las Milicias de la Cultura permanece indeleble en la memoria colectiva. Sus carteles trasladan al espectador a una época en la que la educación tenía tanto o más valor que las balas en la lucha por la justicia social y la emancipación de la clase trabajadora. 

Más sobre este tema
stats