Va la segunda ley antitabaco, y España sigue sin romperse

“Fumar es una virtud”, decía Rajoy allá por 1996. Y por si quedaban dudas, en 2004 aclaraba: “Fumo todos los puros que me da la gana”. Tres años después completó el repertorio con el famoso “¡Viva el vino!” contra una campaña de prevención sobre el consumo de alcohol. Le siguió Aznar, diciendo que a él nadie le iba a decir cuántas copas de vino podía beber antes de ponerse al volante del coche. En 2020 nos extrañamos de que Ayuso resignificara la libertad como el derecho a tomar cañitas en plena pandemia, pero no hacía más que seguir una tradición.

La semana pasada el Consejo de Ministros aprobó un nuevo proyecto de ley antitabaco, que será remitido a las Cortes Generales para iniciar su tramitación parlamentaria, algo que se prevé difícil tanto por los tiempos como por los apoyos necesarios. Esta propuesta amplía los espacios sin humo a terrazas de bares y restaurantes, playas, piscinas de uso colectivo, instalaciones deportivas, espectáculos al aire libre y parques nacionales. Se prohíbe el consumo de productos del tabaco por parte de menores de edad, se equipara el uso de cigarrillos electrónicos y otros productos relacionados con el consumo de tabaco en los espacios donde esté prohibido fumar y solo se podrán vender estos productos en tiendas especializadas.

Las reacciones no se han hecho esperar. Esta vez ha sido Ayuso la que ha tildado la ley de “furibunda y ridícula”, Feijóo no ha dudado en decir que se trata de una “cortina de humo” para tapar los casos de corrupción —quizá pensaba que estaba haciendo un juego de palabras— y los hosteleros han vuelto a poner el grito en el cielo alertando sobre pérdidas millonarias en el sector, e incluso llegando a decir que hay 300.000 empleos en riesgo.

Afortunadamente, esto lo hemos vivido ya. Desde 1988 llevan aprobándose restricciones al tabaco, pero fue en 2011 cuando Leire Pajín, ministra de Sanidad, aprobó la primera ley antitabaco que prohibía fumar en espacios públicos cerrados y en algunos al aire libre, como espacios escolares o parques infantiles. Los hosteleros se manifestaron en las calles, alertaron de que el sector estaba cayendo en la ruina y que el turismo iba a resentirse notablemente. Rajoy dijo que era una ley extremista y que ya la cambiaría cuando gobernara. Unos y otros avisaban de los enormes conflictos sociales que se iban a producir cuando la ley entrara en vigor.

Que busquen otro motivo para el apocalipsis, porque no vendrá de la mano de la nueva ley antitabaco

2 de enero de 2011. Llegó el momento. La ley entró en vigor. ¿Qué ocurrió? Nada. Absolutamente nada. Las mismas generaciones que habíamos fumado en clase o haciendo exámenes en la facultad, que habíamos visto cómo médicos y enfermeras fumaban en las consultas, que entrábamos en autobuses urbanos, trenes y aviones llenos de humo y que no concebíamos tomar unas cañas o terminar una cena en un restaurante con amigos sin encender un cigarro, habíamos entendido ya que aquello no podía ser y que era hora de cambiar. Es este un caso paradigmático, que se enseña en las facultades, de cómo cuando en la sociedad civil se establecen los consensos, los cambios normativos no solo se entienden, sino que se acogen de buen grado. Incluso quienes siguen fumando asumen sin problemas que no es de recibo hacerlo en espacios públicos, que molestan a quienes ya han dejado el hábito o no lo han tenido nunca, y a todos nos parecen una asquerosidad esas escenas de ceniceros llenos de colillas en consultas médicas, despachos de profesores o restaurantes.

En cuanto a la hostelería, el sector mueve hoy, pese a todas las restricciones del tabaco, 166.000 millones de euros de facturación y 1,85 millones de empleos. No va a arruinarse por impedir que se fume en las terrazas, máxime cuando cada vez somos más quienes agradecemos no tener que respirar el humo de otros, y menos quienes se molestan por levantarse y apartarse un momento para encender el cigarrillo.

Por todo esto, resulta hoy difícil de comprender que haya quien siga sin entender que la sociedad ha cambiado en este aspecto y que, si esta nueva ley entra en vigor, seguirá sin romperse España, no habrá disturbios por las calles, no se perderán —por ese motivo— esos 300.000 empleos en la hostelería ni se acabará el mundo. Que busquen otro motivo para el apocalipsis, porque no vendrá de la mano de la nueva ley antitabaco.

He aquí otro ejemplo de cómo la buena política salva vidas. Con las autoridades avanzando en salud pública y la sociedad civil consciente de los riesgos del tabaquismo y apostando por un aire lo más limpio posible (sí, otro día hablaremos del humo de los coches).

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