Cómo conseguir territorios más resistentes a los incendios (que vendrán) Cristina Monge
Mientras Europa y las dos orillas del Mediterráneo siguen ardiendo, se multiplican los debates sobre lo que se debe hacer en materia de incendios y por qué no se hace. Se olvida a menudo que sabemos mucho. Tanto, que hasta sabemos lo que no sabemos, que es el máximo del conocimiento.
El actual documento del Pacto de Estado frente a la emergencia climática que propone el Gobierno ya recoge muchas de las propuestas que estos días se han podido escuchar en los medios de comunicación como si fueran algo novedoso. En concreto, el eje 2, titulado “Extensión de un modelo de gestión forestal del siglo XXI, adaptado a la realidad climática, territorial y económica” incluye medidas como: “la gestión activa y anticipatoria de los montes frente al riesgo de incendios forestales, por ejemplo, mediante tratamientos silvícolas preventivos como quemas prescritas y el uso planificado del fuego de baja intensidad, mejora de la prevención, a través de la ganadería extensiva y el pastoreo, y la innovación en tecnologías y maquinaria para trabajos forestales”, o también la “Extensión del aprovechamiento sostenible de los recursos forestales, mediante el impulso a la biomasa térmica sostenible, la construcción en madera, la diversificación hacia nuevos productos forestales, la creación de nuevas cadenas de valor en el ámbito local y el apoyo a los sistemas de certificación sostenible”, o el “Establecimiento de incentivos por servicios ecosistémicos para el sector e incorporación en mayor medida de la gestión forestal sostenible en las ayudas agrarias europeas”, o el “Desarrollo de un paisaje forestal multifuncional, adaptado a los distintos riesgos y que cree valor en el territorio”, o las “Reforestaciones más innovadoras y resilientes, orientadas a la funcionalidad” y un “Modelo de gobernanza colaborativa y participativa para la gestión forestal desde lo local.”
Obsérvense las comillas que acompañan a las líneas que describen esas medidas, porque son citas literales del proyecto de Pacto de Estado y coinciden con muchas de las propuestas que estos días se han ido oyendo en los medios de comunicación por parte, curiosamente, de los que luego se niegan a sentarse para negociar este dicho Pacto. No sólo eso, sino que la Evaluación de Riesgos e Impactos Derivados del Cambio Climático (ERICC), tiene ya un detallado diagnóstico de los riesgos del sector forestal, base de las estrategias a seguir.
Nos enfrentamos a incendios diferentes, de una magnitud y características desconocidas hasta ahora. Si el clima cambia, los fuegos también, y la forma de afrontarlo igualmente
Por otro lado, no es cierto que no se esté haciendo nada. Lo que ocurre es que la realidad es más dura de lo que pudiera preverse: muchas de las cosas que se hacen no están dando el resultado previsto. Nos enfrentamos a incendios diferentes, de una magnitud y características desconocidas hasta ahora. Si el clima cambia, los fuegos también, y la forma de afrontarlo igualmente. ¿Cómo hacerlo? Desde una radical honestidad intelectual: reconociendo que es la primera vez que nos enfrentamos a desafíos de esta magnitud y que la única forma de hacerlo es experimentando, ensayo-error, vigilancia, control y evaluación, como sabe la ciencia.
Valga un ejemplo: el proyecto Mosaico desarrollado en Extremadura. La iniciativa surgió tras un gran incendio forestal en la Sierra de Gata en el año 2015. Este siniestro levantó un movimiento social destinado a promover la recuperación de los usos tradicionales de la tierra para lograr un paisaje en mosaico más resistente a los incendios, cada vez más frecuentes, y luchar contra la despoblación.
La iniciativa fue lanzada por la Universidad de Extremadura y cuenta con la financiación de la Junta de Extremadura, distintos programas europeos y la Secretaría de Estado de Reto Demográfico (Ministerio de Transición Ecológica). La clave, además, es que cuenta con la participación de ayuntamientos, agricultores y ganaderos de la zona. Su objetivo no es otro que preparar los territorios para hacer frente a las amenazas que genera el cambio climático. O, como se dice ahora, mejorar la resiliencia del territorio. Lo hace mediante una estrategia participativa enfocada a reducir el riesgo de incendios, mejorar la valorización económica, promover el desarrollo sostenible en la zona y asegurar los recursos territoriales. La solución es conocida: se trata de crear una configuración agroforestal en mosaico para prevenir eficazmente la propagación de incendios. El proyecto ha conseguido reducir un 15% el tamaño de los incendios. Podrá parecer poco, pero es un porcentaje muy relevante y podría ser mayor si se implementaran una serie de cambios legislativos para facilitar la gestión.
Mosaico es referencia en el mundo, y recibe habitualmente la visita de expertos e investigadores interesados por la metodología y los resultados alcanzados. Tanto, que han creado una red internacional para colaborar y compartir conocimiento. He aquí un ejemplo -hay más- de cómo la buena política salva vidas: aplicando criterios científicos en un proceso de diálogo y colaboración con las gentes de los territorios y el apoyo institucional.
Quizá, si difundimos más este tipo de iniciativas, consigamos acabar con el discurso del “todos son iguales, nadie hace nada” que tan ligeramente enarbolan los populismos y la ultraderecha. No es cierto: hay decenas, cientos, miles de personas de toda condición (científicos, políticos —sí, también políticos—, ganaderos, agricultores, ecologistas, entidades sociales y ambientales…) que están haciendo lo que está en sus manos. Cosa distinta es que no sea fácil, pero en ello están, estamos.
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