Como en una película
Grita. Y temprano. Un poco demasiado temprano para esos gritos. Grita dudas, reproches, insultos, promesas. Grita de pie. Aprensiones mutiladas por la falta de aire y de referencias: dónde has, cómo puedes, se puede saber cuándo. Él se incorpora en la cama. No trata de aislar las preguntas de ella, ahora mismo su cuerpo es solo un temblor al rebufo de sus predicciones. Ese segundo desintonizado nada más despertar en que la realidad toma tierra. Y si fuese un testigo ocular sentado en la mesa de enfrente donde se apilan las copas y los restos de cena de anoche, la deducción sería esta: las preguntas de ella son preguntas legítimas que uno respondería con gusto y puede que también con mentiras si las hubiese pensado primero, pero claro, no así, no a gritos. Es lógico, ¿no? Cuando a uno le gritan se ve en la postura de equilibrar decibelios. De modo que aparta el engrudo de sábanas, se sienta al filo del colchón y reacciona adherido al cliché del típico hombre, es decir: grita a su vez, arruga el gesto, curva los labios en pretensiones de mamífero acorralado. No da puñetazos al menos: ni a objetos, ni a carne, ni a superficies blandas ni duras, ni horizontales. Nada. Ningún aspaviento. Ni tampoco se aprecian en sus extremidades medidas preparatorias, no del modo en que esta mujer tiene entendido que otros hombres reaccionan. Este que tiene delante es solo hastío, una acústica de resoplidos. Eso despliega más margen de acción. La envalentona, y entonces ella responde adherida al cliché de la típica mujer, es decir: modula timbres de voz lastimeros, llora con un objetivo, se engalana de lágrimas, y se ve autorizada a emplear ofensas más sofocantes. Sus preguntas de antes mutan en verbos imperativos: contesta, di, mírame. Luego proyectan hipótesis: como se te ocurra, si vuelves a, no te atrevas. Existe toda una gestión de sintaxis en su discurso, construcciones que prueban y tientan, que son ensayo y error. Grita además: eres un egoísta. O: un cerdo. O: un mentiroso. Evalúa el efecto. Esconde los miedos y las intenciones. Le observa, le analiza más bien. Los agravios no se descargan en las dinámicas conyugales únicamente como desahogos. No hay insulto sin fe. Y sin embargo, él ya no responde a esos gritos, al principio le incitan, lo ve una misión, una propuesta, pero enseguida le aturden como una tarea tediosa: ir descartando una a una las acusaciones de la mujer.
Algunas, claro, no le pillan desprevenido, se ha preparado pretextos bien madurados, lo que podría aducir si ella se lanzase a recriminar. Pero claro, no así. No de esta manera tan burda. ¿Dónde está esa cadencia sentida de las novelas francesas, de las películas donde los dos miembros de la pareja hablan por turnos mientras menean en vasos alcoholes oscuros? Esto no tiene comparación. Y si se mirasen ahora a un espejo. Dios santo, si se mirasen. Despeinados, pálidos, deshidratados. Con esa tirantez legañosa en los párpados. Y olores: a sexo encerrado, a pis de gato, a los hidratos que se cuartean marrones sobre los platos de ayer. Y en medio: palabras, palabras, palabras, más gritos, se apilan, escalan, rascan garganta, ella es ya un manifiesto somático de la rabia: la cara le arde como la lava, como una piedra de calentar carne en láminas, tiene los ojos brillantes de enfermedad victoriana, y manos que agita, dientes que aprieta, mechones de pelo que rastrilla hacia atrás sin necesidad. Y es algo sórdido y tan hermoso, cuando se sienta de golpe en la silla y esa especie de camisoncito que lleva, y que es fino, de satén o viscosa u otro tejido sensual, se hincha de aire y ondea ciñéndose con retardo a las tensiones que pilotan su ánimo. Él llega a pensar que es un logro estético: el vaivén de la tela en esa coreografía del desencanto, las partes duras de las rodillas de ella cruzadas con saña, las sombras y los claroscuros que crean los declives de su tobillo, y las venas azules que brotan ahí. Esa fusión de colores y luz. Porque este hombre, sepamos, se gana la vida como fotógrafo y no puede evitar los sesgos de su profesión. Hoy, sin embargo, estos registros visuales se sedimentan como una capa de estímulos que se pelará pronto, que no tendrá nada de productivo, cuando en cuestión de segundos ella peine con la mirada las ruinas de la velada de ayer, y entonces coja un tazón con sopa turbia y gelificada y lo estrelle contra la pared.
Y zas. No hay marcha atrás. Los canales perceptivos del hombre, su vista, su oído, detectan la fuente de riesgo. La mujer es ya una amenaza, ha pasado del drama a la acción. Y sepamos también que esta mujer es actriz de teatro. Y que este hombre que ahora la mira con furia y de frente es el mismo que, en ocasiones, la contempla desde detrás de una lente y le dice: date la vuelta, inclina la cara, la barbilla más baja. Le dice también: eres única, eres preciosa. Pero claro, no solo a ella. Y resulta que la sopa del plato, un mejunje marrón por desgracia, y saturado de ingredientes grasientos y rezumantes, ha salpicado el empapelado, la mesa, un cuadro, cortinas, el trípode. No hiere, gracias al cielo, ninguno de los proyectos del hombre, ninguno de sus trabajos pendientes de entrega, ni falta que hace, porque: tragedia, ella detecta el retrato. Y los celos son todo un prodigio del presentimiento: perciben, disciernen, y ella acusa ese instinto, sabe qué rostro es. Una figura de medio perfil, que mira a quien mire la foto con ojos serenos que se han ganado el derecho a exigir, y que no es un retrato cualquiera, encargado para un evento, un desfile, una exposición ni un dossier, sino que es el estudio obsesivo de una mujer, pero de qué mujer, no de esta, la que antes gritaba y ahora estruja la fotografía por los extremos, la agarra como se agarran los pollos al descabezarlos, y él no ve más, se echa encima, le hace daño, en las manos, en las muñecas, es casi un clímax de thriller intenso cuando le arranca el papel de los dedos, arrugado, partido, la nariz descuajada del trozo que ahora ya solo contiene la frente y los ojos, reventada la boca por la línea del labio. Y entonces se miran, y parece que ella va a decir algo, él podría quizás rebatir ese algo, e inhala el oxígeno que le cabe y que hace tope con una ira brutal, y vocea, un alarido de oso polar, de caverna, de asedio, un bramido de tundras de la Edad del Hielo, genera vibraciones en los objetos, o así es como ella lo siente. Nada puede superponerse al grito de un hombre furioso, hay que compensar con actos sublimes de victimismo. Abandona la silla y se agacha en el suelo, se tapa la cara, dice: cállate, no me grites. Las dudas que se convirtieron en directrices son ahora hipidos que incluyen “odio”, “asco” y “quererse morir”. A él le da igual, no le impresiona, sabe que ella es capaz de muchísimo más, que esconde en la manga trucos y dramaturgias, que es tan buena en sus artes que puede convocar fiebres y ronchas, úlceras, calenturas. Ella es capaz de todo eso y más, de pasarse en cama un mes, de no comer y aun así vomitar –el qué–, pues ella tiene ese don. Ah, y ella, qué aspecto, de pronto es consciente, se pone de pie, sabe lo contraproducente que es para una mujer discutir sin el pelo bien cepillado, a medio vestir, con ese aliento astringente de la madrugada. Una mujer cabreada y descalza es el epítome de la locura. Y para colmo: ¿crees que ella te quiere lo mismo que yo?
Vergüenza. Los vecinos les han escuchado seguro. Igual que les escuchan no poner freno a sus labores sexuales. A él le da igual, ya ves, los vecinos. Lo bueno es que ya han acabado los gritos, ya pueden darle un descanso a su capacidad pulmonar. Y estrellan ambos los ojos hacia distintos planos del cuarto. Comienza el proceso de reconstrucción. Borrar las pruebas del cataclismo: secarse las lágrimas, sorber la nariz, pasarse la mano sobre la frente, y acomodar una hebra de pelo hacia el lado que le corresponde. Coger aire o devorarlo más bien, aspirarlo, notar que tropieza en sollozos. Dejar que salga en suspiros después, mientras se alisan la ropa y él quiere también alisar el papel de la foto, pero claro, ni hablar, no tiene valor de tocar ese rostro, ni siquiera en dos dimensiones, la frente, los párpados, la boca de otra mujer, sería como acariciarla. Y esta de aquí, la de tres dimensiones, piensa que tal vez ha sido todo desmesurado, un poco histérico. Tal vez, no lo sabe. Ocurre tan a menudo. Por eso no va a pedirle perdón. Es peor una foto que unos cuernos atropellados. Porque el sexo puede ser una fiebre, un paliativo, un alivio. Pero convertir a otro en arte requiere tramos de tiempo y de observación, idolatría, delicadeza, es casi erótico, orbitar en torno al objeto de estudio. Pero ya está. Este hombre sabe. Ha arrugado del todo la fotografía. La arroja al cubo de la basura donde se mancha de pringues que la devalúan. Se acerca despacio hacia la mujer. La abraza, la acuna. Le dice: lo siento. Ella llora aún con propósitos, pero ya más calmada, ya confiada. ¿Es que no entiendes, él le pregunta: que tú eres mi musa? Y ella: no quería romperlo. Y un móvil suena, no aquí, en otro piso, y les llega también una música mezclada con tráfico y sol. Crece el compendio de estímulos que captan los dos, que ya no son solo sus propios latidos, sus brumas mentales. Y una mano conciliadora en la nuca, acariciando la piel, un suspiro en el cuello. Pueden quedarse así un rato, o desnudarse del todo, o separarse muy lento y decir: ¿hoy dónde comemos? O que ella le diga: te quiero. Y él diga y yo a ti. Y no importa si es cierto, si lo fue, lo será, o no lo saben. Lo que importa es que suene de nuevo intenso y romántico como en una película.
*Cristina Araújo Gámir es autora de las novelas ‘Mira a esa chica’ (2022) y ‘Distancia de fuga’ (2026), ambas en Tusquets.