El mundo arde y las redes pueden quemarnos

En el programa electoral del Partido Popular del 2008 (página 108) aparecía la siguiente promesa: “Aprobaremos la Ley Integral de Lucha contra el Cambio Climático”. En el del 2015 (página 61) aparece: “Estableceremos un marco reforzado para luchar contra el cambio climático”. A continuación, propone una Hoja de Ruta 2030 (que suena mucho a la agenda 20-30) donde se dice que quieren reducir los gases de efecto invernadero y fomentar las energías renovables y la eficiencia energética. Ahora mismo, el Partido Popular dice ya que el Cambio Climático no existe y que en la tierra siempre ha habido cambios de clima. Todavía no sabemos lo que opina el PP de las vacunas, pero ya vimos que estaba en contra del confinamiento…y de lo que haga falta.

No sé si para cuando este artículo se publique se habrán apagado los fuegos de Madrid y Ávila, pero mientras escribo arde Canadá, Inglaterra, Sicilia, Francia…y Zamora, Tarragona… El planeta siempre ha ardido, cierto, siempre ha habido rayos u hogueras mal apagadas, pero no siempre ha hecho este calor, no siempre han estado los montes en este estado, no siempre ha habido tan poca humedad en verano. Las casi 100.000 hectáreas calcinadas en España pueden ser, según los expertos, un millón cualquier día. Y no, no siempre han sido los incendios tan grandes y tan imposibles de apagar. El mundo parece cada vez más pequeño y más interconectado: lo que comemos, lo que respiramos, el calor o el frío que tenemos, las inundaciones, los huracanes...viajamos todos en el mismo barco frágil.

El mundo arde de diversas maneras, no sólo con el fuego, sino también con un calor extremo que amenaza con hacer impracticables grandes áreas del planeta, y la derecha decide no sólo no hacer nada, sino afirmar que no pasa nada. Cualquier persona medianamente normal tiene que preguntarse por qué se ha producido este cambio de posición en el PP, desde una posición normal a otra enloquecida y contraria a la razón y la ciencia. Al fin y al cabo, cuando todo se queme, cuando todo arda, cuando no se pueda salir a la calle en verano, o cuando tengamos que migrar buscando áreas más frescas, eso les afectará también a ellos. Pero con un capitalismo desbocado y cada vez más desigual e injusto, es imprescindible que la gente no se dé cuenta de cuál es el problema y cuál sería la solución. Lo han aprendido de Trump. La mentira sale muy rentable electoralmente.

En un mundo que ya está ardiendo, más nos vale saber que las redes también arden y que, por ahora, no sabemos cómo apagarlas

El capitalismo es un tren sin frenos. Sus defensores no pueden pensar en el futuro, sino en el beneficio inmediato; no pueden pensar en la autodestrucción, sino en el beneficio inmediato, no pueden pensar en aire limpio o en el agua, sino en el beneficio inmediato; no pueden pensar en la prevención del año que viene, sino en el beneficio inmediato; ni siquiera pueden pensar en que mañana mismo España, como destino turístico, estará muerta si hoy, esta tarde, aún pueden tener pingües beneficios con ese turismo destructor. Un planeta finito no puede soportar un crecimiento infinito pero los defensores del capitalismo sostendrán que sí hasta que el fuego arda a las puertas mismas de sus casas, pero eso tampoco les preocupa porque creen que entonces cogerán un cohete y se podrán ir a Marte, junto con Elon Musk.

El capitalismo no puede asumir que hay que invertir en prevención, que hay que invertir en desinvertir, en decrecer, que hay que hacer menos negocio para poder tener más vida. Los políticos de derechas son la voz de las petroleras, de las empresas contaminantes y por eso no sólo no van a hacer nada, sino que tienen que convencer a la gente de que lo ven que no existe y que el calor que tienen es normal. Por eso han pasado de asumir hace unos pocos años que el cambio climático es una realidad, cuando todavía no parecía necesario tomar medidas radicales, a mentir y echar la culpa precisamente a quienes se preocupan por la situación, cuando la gente empieza a exigir medidas.

Necesitan que la gente desconfíe de la ciencia, de la cultura, de la inteligencia, de las instituciones, de la democracia, de lo que dicen los responsables a cargo y también de los vecinos, no vaya a ser que crezca la solidaridad y la ayuda mutua. Al final, necesitan mentir respecto a todo. A la derecha le interesa un medio ambiente social tóxico, irrespirable, en donde verdad y mentira sean indistinguibles, donde todo el mundo se enfrente al vecino y en donde la violencia se expanda, siempre que no sea contra ellos. La estupidez les viene bien y el conocimiento les hace daño porque nos permite entender qué está pasando. Así que se suman con entusiasmo a cualquier mentira disruptiva: las vacunas, la Atlántida, el ciclo del agua (que ya hay negacionistas del ciclo del agua) los chemtrails… y son capaces de convertir a Iker Jiménez en un intelectual.

Y ahora, además, tenemos otro problema grave: las redes que han pasado a ser el medio por el que se informa la mayoría de la gente. Hay que meter mano a las redes ya, pero nadie sabe cómo hacerlo ni desde dónde. En medio de los incendios de Madrid y Ávila, ultraderechistas varios e influencers de toda calaña, inundaban las redes con vídeos falsos en los que se instaba a no hacer caso a la UME ni a los bomberos y en los que se aseguraba que todo era una conspiración del Gobierno, que quiere quemar el campo. No estamos lejos del momento en que haya personas que mueran por culpa de la información falsa. Habrá gente que se quemará en sus casas por no salir a tiempo, que se tirará por un barranco, que no se vacunará en medio de una pandemia mortal o que se empeñara en salir con su velero en medio de un tsunami porque se lo ha dicho un influencer o un político de ultraderecha. Incluso gente que quiere informarse bien puede que no sepa ya dónde hacerlo; todos nos tragamos ya bulos que son a veces indistinguibles de la realidad. Las consecuencias de esto son política y éticamente muy profundas.

El problema es que no es fácil solucionarlo. Alguien decía ayer que se puede, por ejemplo, dejar de insertar publicidad institucional en aquellos pseudomedios que difundan bulos. Pero la publicidad institucional la inserta un partido u otro, y entonces… ¿cómo se va a castigar un partido que difunde bulos a sí mismo? ¿Quién decide qué es un bulo y qué no lo es? ¿Quién decide qué es mentira y qué es verdad cuando no se acepta un suelo de conocimiento común; cuando, desde posiciones de poder, no se reconoce ciencia ni verdad, sino que, por el contrario, se embarulla, se miente, se confunde? ¿Qué se hace? ¿Quién lo hace? ¿Se deja que lo decida un juez? Upsss, mejor que no.

En un mundo que ya está ardiendo, más nos vale saber que las redes también arden y que, por ahora, no sabemos cómo apagarlas.

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Beatriz Gimeno es exdirectora del Instituto de las Mujeres.

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