No me importa quién dijo qué, ni quién hizo qué cosa Beatriz Gimeno
El otro día escuché a un senador norteamericano decir que si los demócratas no recuperan el control de la Cámara de Representantes en noviembre perderán mucho más que unas elecciones, perderán el país por mucho tiempo y quién sabe si la posibilidad de volver a votar con unas mínimas garantías democráticas. Aseguraba que estas de noviembre eran, seguramente, las elecciones más importantes en la vida de quienes le estaban escuchando. Era un demócrata liberal de esos a los que, en condiciones normales, no se puede votar. En esta ocasión pensé que quizá –a falta de un candidato mejor– le votaría. Tengo una sensación parecida a la de este senador con las próximas elecciones generales cuando por fin se celebren, la de que nos jugamos mucho más que cuatro años de un gobierno de derechas.
Si pienso en lo que ocurrirá si gana la derecha iliberal que nos amenaza, lo primero en lo que pienso es en Palestina. Palestina, hoy, es el asunto central de cualquier posicionamiento político y moral sobre el mundo. Todo pasa por Palestina: el derecho internacional, un mundo sometido a reglas, la justicia, el rechazo de la crueldad, de la ley del más fuerte. Palestina es el genocidio de nuestro tiempo televisado en directo y ante el que nadie ha hecho nada. No soy ingenua y sé que el Gobierno de Sánchez no hace todo lo que podría, y hay que exigir más, pero quien niegue la importancia de la posición internacional de España es un hipócrita que no ha visto cómo reconocen esta posición los palestinos y el resto del mundo. La nuestra, con todo, es una postura muy minoritaria en el contexto mundial; es una grieta de resistencia ante el horror. Con el PP-Vox, España se alineará con Trump y esta pequeña luz se apagará.
Hoy, sábado, cuando escribo esto, en Madrid no se puede respirar. La sierra de Madrid y el valle del Tiétar, nuestro pulmón, están desapareciendo bajo las llamas. Llueve ceniza. En El Bierzo, donde tengo una casa para cuando me jubile, hay otro incendio, y ya hubo uno terrible el año pasado. El negacionismo y la inacción climática deberían ser un crimen. El pacto de Estado contra el cambio climático es inexcusable como lo es tomar de una vez medidas duras y eficaces, pero la derecha ya ha dejado claro que está dispuesta a permitir que se desate el infierno antes que ponerle algún límite al capitalismo, antes que reconocer que es necesario apostar por lo público y defender lo común. Si ganan, las exiguas políticas medioambientales que se han ido levantado, caerán. Y en un país ya martirizado por décadas de desinterés, el destrozo que se hará de las costas, del paisaje, de los bosques, del territorio, puede ser irreversible. Van por todo y con todo.
Que este Gobierno se vaya sin derogar la ley mordaza es una traición a quienes les votamos. Si ya hemos comprobado cómo están la policía y los jueces, podemos imaginar cómo va a ser cuando no se trate ya únicamente de impunidad, sino de afán de venganza y prisa por hacer contrarreformas. Tenemos raperos encarcelados, detienen a cómicos y multan a manifestantes pacíficos. Tengo amigas en los tribunales y con petición de cárcel por ir a una manifestación; tengo amigas condenadas a pagar multas enormes por acudir a concentraciones de apoyo a derechos básicos. Es sólo un aperitivo de lo que viene. Tienen la policía y los jueces; pueden juzgar a cualquiera por cualquier cosa, lo hemos comprobado. La represión no hace falta que sea violenta para ser muy efectiva, pero la represión violenta es cada vez mayor, en todo el mundo. El fascismo de Trump ha organizado una cumbre mundial que pone los pelos de punta. De estar PP-Vox en el Gobierno no sólo hubieran vuelto de allí con ETA en plena forma, sino hablando de reprimir el terrorismo de la izquierda, ese que es inexistente pero que servirá para organizar la represión a escala mundial.
El proyecto contra las mujeres, armado y preparado desde hace décadas, se pondrá en práctica. No es como antes, cuando existía cierto consenso, no es parecido a lo que pueda hacer una comunidad autónoma. Con todo el poder, con Vox haciéndose cargo de las competencias de Igualdad, se producirá la asfixia de las asociaciones de mujeres y se desmantelará toda la arquitectura levantada desde hace años para luchar por la igualdad y contra la violencia. Podemos encontrarnos con una ley, como la que se pretende aprobar en Argentina, que no sólo dificulte las denuncias por violencia machista, sino que las penalice. O sea, vamos a decirlo claramente, que se pueda perseguir a una mujer que denuncia a su maltratador. Retrocesos en todos los derechos civiles, también LGTBI, aumento de la violencia, la vuelta a los armarios, y el miedo.
Y los retrocesos en derechos laborales, sociales y económicos, en los servicios públicos, van a ser brutales. Feijóo ya lo ha anunciado. La sanidad y la educación pública están en los huesos, irán a peor. Recortes en pensiones, desempleo, bajas por enfermedad, aumento del tiempo de trabajo etc. El PP/Vox, como está haciendo la derecha reaccionaria en todo el mundo, atacará gravemente la cultura, la universidad, el periodismo libre; nos inundará de bulos y de noticias basura. Todo será como Telemadrid, y hay que ver Telemadrid un rato para entenderlo. Odian la cultura y la inteligencia, y ya no disimulan.
Y no es que no sea consciente de lo que debería haberse hecho y no se ha hecho: desmantelar el bloque reaccionario, depurar los sectores que quedaron intactos del régimen del 78, democratizar el Estado, todo lo que no se hizo en su momento; todo eso de lo que en esta legislatura hemos sido dolorosamente conscientes. Y políticas de izquierdas que hubieran blindado los servicios públicos, que hubieran impedido su venta a novios, hijos, amigos, empresas varias… No es que no sea consciente de las políticas timoratas, turnistas, social-liberales que ha aplicado tantas veces el PSOE y que, al igual que ha pasado con todos los partidos socialdemócratas europeos, nos han traído hasta aquí. Pero lo que viene no es el PP de siempre. Conformarse no es una opción, y me da miedo que haya tanta gente que no sea consciente de lo diferente de este momento. Seguro que mi edad influye en esta sensación de urgencia. No quiero vivir esta etapa de mi vida viendo cómo se desmantelan todos los derechos por los que he luchado, con tanta gente. Creo que aún estamos a tiempo, pero hay que hacerlo ya.
No se trata de unir unas siglas, ni siquiera un programa, sino de unir una voluntad, un deseo real de que no gane la derecha
Sin embargo, mi urgencia no parece ser la de los partidos políticos de izquierdas, que siguen a los suyo. Leo a líderes y a militantes y veo mucho de lo de siempre: gente mirándose el propio ombligo, es decir el propio partido. Los partidos son artefactos diseñados para reproducirse, para reproducir la propia estructura. Funcionan agrandando las diferencias y fortificándose ante aquellos con los que tienen fronteras comunes. Lo sé, he estado dentro. Y comprendo muy bien todas las pasiones que laten en los pequeños y grandes odios que nos separan, que muchas veces he compartido y que en más de una ocasión pueden ser legítimos. Tengo y tenemos muchas heridas, algunas siguen sangrando cuando leo o veo algunas cosas. Podría hablar de gente con la que he compartido una parte del camino y a la que conozco bien. Y, aunque todo el mundo puede cambiar, he conocido a mujeres que se burlaban del feminismo y que hoy son las más feministas, así como a hombres que hacían chistes muy machistas.
Hoy todo el mundo habla de los cuidados, pero en los espacios que he conocido el maltrato era más que habitual. Puedo hablar de ambiciones personales desmedidas y de traiciones. Puedo hablar de lo que me hicieron y de lo que nos hicieron. Puedo hablar de cómo las cloacas destruyen los proyectos y a las personas, de la falta de solidaridad de quienes ahora están en la misma posición, de su cobardía cuando pudieron frenarlo o cambiarlo. Puedo hablar de los errores internos, de la falta de democracia real, de cómo casi siempre se prefiere el control al crecimiento, de la desconfianza enfermiza, de las paranoias, de todas las miserias que he visto en mi partido y, en la misma medida, en los otros. Pero a estas alturas reconozco que ya no me importa quién dijo qué, ni quién hizo qué cosa. No me importa nada lo que me hicieron, lo que vi hacer o lo que hicimos; no me interesa quién tuvo la culpa o quién traicionó a quién.
No me importa nada de eso. No me importan los errores, ni las miserias propias o ajenas, quiero altura de miras, generosidad y voluntad de ganar este futuro, quiero esperanza. Sé que el miedo al fascismo no hace ganar elecciones, ya lo sé, pero sin duda lo que hace que las elecciones no se ganen es no comparecer con todo a las mismas. No se trata de unir unas siglas, ni siquiera un programa, sino de unir una voluntad, un deseo real de que no gane la derecha. Eso que se llamó unidad en otras ocasiones, eso conseguido en el último minuto, con el colmillo afilado y las espadas en alto para descargarlas el día después, eso ahora ya no vale de nada. Tengo la esperanza de que por detrás de lo que nos llega esté habiendo movimientos serios para construir un bloque democrático, como quiera que se articule, como quiera que se llame, que sea generoso y que no excluya a nadie.
Siempre me ha molestado el desprecio con el que algunos llaman a otros malmenoristas. El llamado malmenorismo depende de cuál sea el mal mayor. Todos somos malmenoristas en según qué situaciones. Y las elecciones que vienen no van a ser cómo otras. Ni por el contexto mundial, ni por lo que nos jugamos. Los ciclos en política son cada vez más cortos. Trump es un payaso fascista que puede caer en cualquier momento o fortalecerse aún más, ya veremos. Sí, aunque algunos se ofendan mucho, estamos en modo resistencia y necesitamos cuatro años más para resistir o para armar lo que sea que se pueda; para demostrar que se pueden hacer otras políticas y que el capitalismo no es el oxígeno que respiramos obligatoriamente, sino un mal que sufrimos y que puede ser combatido. No soy nada optimista, no lo soy de naturaleza; pero nada está escrito.
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Beatriz Gimeno es exdirectora del Instituto de las Mujeres.
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