La sífilis, las putas y Luís Vaz de Camões

album alb22674349 ISABEL SOLER

Lo que hizo Luís Vaz de Camões hasta los 29 años, en 1553, fecha en la que zarpó hacia la India, es básicamente el gamberro. Cabe imaginarlo como un espadachín tirando a pendenciero, y sirve como ejemplo lo que el biógrafo Manuel de Faria e Sousa había oído decir: parece que un hidalgo lo contrató para dar escarmiento a alguien que lo había ofendido y –esto es importante– éste era ciego de un ojo; al advertirlo Camões, no quiso llevar a cabo el encargo y se lo justificó al hidalgo “porque tuerto que mata tuerto / no me pareció derecho”. Podía hacer de sicario, pero con ciertos principios, no le iba a atizar a un ciego como él, pobre hombre... Pero “sabéis que no ando en paz”, le dirá a un amigo en una de las cartas de Lisboa, posiblemente de 1552, porque hay un tal Simão Rodrigues que “paga el servicio de los mayores matarifes de esta tierra, quienes ya in illo tempore le habían cocinado la muerte”. 

A su vez, a eso del anochecer y por los alrededores de la plaza do Rossio, Camões dice que unos cuantos le han propiciado una buena tunda a un tal Denís Boto, por cosas de amoríos, y, de paso, también ha recibido un Gaspar Borges Corte-Real (a quien no hay que confundir con el Gonçalo Borges al que Camões le arrearía con la espada en el pescuezo y, por ello, fue a la cárcel). Como es lógico, en la carta al amigo no se denuncia a sí mismo como miembro de esta tropa canallesca que va asustando a la gente por la noche, pero se muestra tan enterado de todo que casi se le ve metido por allí en medio. En realidad, se delata al final de la carta: “Dicen que se ha dado en esta tierra la orden de prender a dieciocho de nosotros”, y añade que el primero de la lista es el destinatario de la carta. De todo lo cual se concluye que Camões estaba en el ajo, o en los ajos, de los pandilleros. Y lo contaba en tono de risa, pero, si se piensa un poco o se aceptan los hechos aludidos de manera textual, la cosa no parecía una broma: Camões era un alborotador y un matón. Y eso que ya no era un chaval; tenía veintiocho años en 1552. 

Cartas secretas

Lo más probable es que las cartas en prosa que se conservan escritas por Camões en Lisboa sean anteriores a la partida a la India, y, por su contenido, es indiscutible que entonan bien con este camorrista pendenciero, de vida disoluta y desordenada, que está lejos, pero muy lejos, de la dignidad marmórea y laureada a la que lo elevó la posteridad. En realidad, el autor de estas cartas se quedaría atónito de haber sabido que acabaría siendo un monumento nacional en toda su desbordada magnitud. 

Resulta revelador que, desde la edición de las Rimas de 1598 (donde aparecen dos de estas cartas) o la edición de Os Lusíadas de los Craesbeeck de 1626, se fueron anunciando cartas de Camões que nadie se decidió a publicar. Y ¿por qué no, si son tan absolutamente de carne y hueso esas cartas? Pues quizá porque son perturbadoras: no está ahí el enorme cantor del amor y de la patria. Las cartas muestran un Camões indiscutiblemente lejos del mármol, son una identidad, una voz irónica que habla con soltura de comportamientos y flaquezas de hombres y mujeres de toda condición y nivel social. Y a la vez, esas cartas son un autorretrato, propio y también colectivo. Los sucesivos editores las anunciaron, pero no las publicaron, porque a los camonistas parecía incomodarles más el Camões frecuentador de prostíbulos que el Camões espadachín, o aquel acusado de mala gestión de los bienes de difuntos en Oriente (si es que realmente llegó a desempeñar este cargo), o el que fue de cabeza a la cárcel tanto en Lisboa como en Goa; o el Camões pobre de solemnidad que recogió en Mozambique su amigo el cronista Diogo do Couto para traérselo al Reino. 

Este también era Camões, pero parece que no les parecía tan indecoroso. Quizá a excepción de Jorge de Sena, a los camonistas de diferentes siglos les disgustó saber de un Camões de vida disoluta y díscola. Preferían imaginar amores con altas damas, disfrazados con motivos petrarquistas o neoplatónicos de desamor cortés en una interpretación biográfica desorientada o distante de lo que es, textualmente, voluntad poética. Si en lugar de buscar amores entre sus versos se buscan en sus prosas (o en algunas de sus obras jocosas) aparecen entonces muchas mujeres, o bastantes, claramente más accesibles para un soldado-escudero que quiere ser un hidalgo. Algunas de ellas, tan accesibles como lo eran las claramente prostitutas.

Esas cartas son espectaculares. Una de ellas está fechada a 20 de mayo de 1553, fecha incuestionablemente errónea, y ha de ser 1551; o puede que lo que equivocara el copista fuera el mes, porque en mayo Camões ya estaba en comprobar rumbo a Oriente. Zarpó el 24 de marzo de 1553 y, por el contenido de la carta, quizá se quiso dar una buena despedida… En cualquier caso, las otras dos cartas no están fechadas, pero parecen posteriores, por lo que cabe entender ese año de 1553 como error y aceptar el de 1551. No era común copiar las fechas, ni siquiera era común conservar el nombre del autor de la carta, ni el del destinatario. No es la letra de Camões la que se aprecia en esos manuscritos, sino la de un copista o la del compilador. 

La epistolografía era todo un género ya de tradición clásica que buscaba la burla y la sátira a través de lo absurdo, de la crítica mordaz, de la exposición del ridículo, la necedad o la insensatez, pero su primer editor, Pedro Alvares Varejão, recogió también los llamados disbarates, el convite y la zombaria, géneros que Camões también practicaba. El compilador no destacó el nombre de Camões, no era esa la función de la antología; tampoco trabajó con documentos originales, sino con copias, y quizá, dado el contenido, que no apareciera en esos textos el autor era algo intencionado. Pero, una vez identificado claramente el autor, lo que más rabia da es que no aparezcan los nombres de los destinatarios de esas cartas tan suculentas. Los copistas omitían tanto la subscriptio como la firma al final de la carta, y muchas veces añadían un título de iniciativa propia, que otro copista podía mantener o alterar a su gusto y entendimiento. 

En total, son cinco las cartas en prosa que se consideran inequívocamente escritas por Camões: una enviada desde Ceuta; tres escritas en Lisboa y una enviada desde la India. Todas son, como mínimo, sorprendentes, pero las escritas en Lisboa, por su contenido, son, como mínimo, pasmosas. A veces, parece que los destinatarios de las cartas sean una misma persona; otras, por detalles concretos, parece que sean varios los interlocutores. Tampoco importa: ha de ser un buen amigo o unos buenos amigos de la vida soldadesca y disoluta compartida, porque son cartas de burdel, y demuestran que tanto Camões como sus interlocutores conocían perfectamente a algunas de las mujeres que se ganaban o se buscaban la vida con la prostitución. 

De ellas habla Camões, sin literatura ni artificio, apenas para dar noticia de cómo les van las cosas a “vuestras amigas”: a Maria Caldeira la mató el marido; también murió Beatriz da Mota; a Antónia Brás la deportaron y la ataron por el pelo al mástil de la galera Nueva –esto le debió de doler a Camões poque le gustaba esta mujer–; Francisca Gomes ha cambiado de lupanar porque ahora, en el que estaba, hay otro proxeneta que la ha echado; otra ha mandado a paseo a su guardador; parece que, para protegerse, las mujeres se han refugiado en una “torre de Babilónia”, es decir, de Babel, donde se puede escuchar todo tipo de lenguas de tantos y tan variados clientes que las visitan, y ese es un prostíbulo que Camões conoce bien porque hasta ha participado en la elección del nombre: él lo llama el Mal-Cozinhado, dado que allí siempre hay algo que comer. 

Lo cierto es que a la izquierda del Terreiro do Paço, la gran plaza frente al Palacio Real, mirando hacia el Tajo, se encontraba el mercado de la Ribeira Velha, en el que se vendía absolutamente de todo, y junto a él, además de muchas casas nobles, creció un barrio para gente humilde llamado Malcocinhado. En la calle, entre pequeños comercios y tabernas, los había que medio improvisaban sus negocios: encendían brasas para cocinar sardinas y pescado a la parrilla, servían caldo y cocidos, y esas comidas y cenas para gente pobre de toda condición también recibía el nombre de malcocinhados. Los frecuentaban también marinería y soldadesca, hidalgos y escuderos ociosos, baja nobleza de servicio fuera ya de sus jornadas laborales, amigos en busca de diversión. Lógicamente, como tantos otros, por ahí andaba Camões.

La carta de la orgía 

La última de las cartas hasta parece haber sido esquivada deliberadamente por los sucesivos filólogos, sin duda por alusiones explícitas al sexo y sus consecuencias. No era este un tema que Camões evitase, más bien todo lo contrario, como se advierte en trovas y odas diversas, como la tan conocida Fermosa fera humana, en la que el poeta, fiel al tradicional tópico de la amada cruel y desdeñosa que cierra la puerta al amante en plena tormenta, la convierte, no obstante, en una de las lobas exentas (es decir, libres), que amor venden. Una prostituta. Y hay otras prostitutas entre los versos camonianos, pero esta carta en cuestión –la primera de las escritas en Lisboa y la única fechada– describe una auténtica orgía, y por eso Camões le pide a su interlocutor que sea discreto y no divulgue lo que le va a contar. Y lo que cuenta Camões es que una serie de putas, dirigidas por la celestinesca Puta Velha y su hija Barbora, deciden organizar una especie de romería desde el puerto de Lisboa hasta la Horta Navia, en Alcântara, hacia la desembocadura del Tajo, para montar una pagoda, es decir, un baile, con comida y mucha bebida, que acaba en bacanal. Parece que fue una fiesta tan loca que hasta Camões se sintió escandalizado y no entra de lleno en detalles (para fastidio del destinatario de la carta, cabe imaginar). 

Pero aparte del desmadre, lo que interesa de la carta es el cuadro social que presenta Camões sobre las diferentes tipologías de prostitutas y sus frecuentadores, un auténtico retrato de la prostitución en Lisboa, de sus prácticas sexuales, del papel de las alcahuetas como cirujanas reconstructoras del himen y, evidentemente, de la rápida transmisión de enfermedades venéreas entre mujeres, soldados y marinos, algunos de ellos muy jóvenes y a punto de embarcar para ocupar sus primeros puestos de servicio en el norte de África. Camões fue uno de ellos, pero el tono que emplea en la carta parece ya el de un veterano que se apiada de esos muchachos a los que las putas despluman de sus soldadas cobradas por adelantado y a los que infectaban, sin contemplaciones, de sus males sifilíticos. 

Por eso hay que leer con cuidado esas cartas, y colocarlas no solo en la vida de Camões, sino en el momento en que las escribe, y quizá hasta valdría la pena preguntarse por qué las escribe. Evidentemente, lo celestinesco estaba de moda en época de Camões, y ahí apenas hay que repasar la cantidad de autores peninsulares que dedicaron o incluyeron en sus obras a alcahuetas, cosedoras de virgos y mediadoras de amores imposibles. Fue pionero en eso, muy a principios del XVI, el dramaturgo Gil Vicente, tan aficionado a las tipologías sociales, al meterlas en tantos de sus versos, en el Auto das Fadas, en O Velho da Orta, en A Barca Primeira, en la Comédia de Rubena, en el Auto de Inês Pereira, en O Juiz da Beira. Sin duda le gustaba el personaje. 

Pero también lo celestinesco, al margen de lo mucho que podía contar de las costumbres y hábitos sexuales de la época, sobre todo en ciudades portuarias con mucho movimiento de hombres arribando o zarpando, estaba directamente vinculado al impacto devastador que causaban las dolencias venéreas, generadoras, asimismo, de grandes páginas literarias. De ello habla Camões en su carta de 1551, con tensa violencia, casi indignado al ver caer en las redes de las expertas prostitutas a los jóvenes ceutíes, es decir, los reclutas que apuraban sus últimos días en Lisboa antes de zarpar hacia Ceuta y las plazas militares en el norte de África. Se indigna Camões, porque las mujeres saben que están enfermas y aun así practican el sexo con los chavales. Pero esta indignación que muestra es muy importante, porque explica que los estragos causados por la sífilis habían servido para entender algo absolutamente revolucionario para la ciencia: las enfermedades pueden transmitirse y tienen una causa natural que debe ser estudiada para poder explicarse. El mal se contagia y se expande. Quizá lo sabía bien Camões.

*El último libro de Isabel Soler ha sido ‘Magallanes & Co’ (Acantilado, 2024).

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