El depuesto rey de la verdad Pedro Vallín
Ninguna vida aguanta un escrutinio exhaustivo. Se quejaba de indefensión el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, en su primera entrevista periodística tras la lapidación de los que están libres de pecado, por la indagación, incorporación a la causa y difusión pública de infinitos asuntos privados que no guardan relación con el caso por el que se le investiga, a saber fundar y liderar una organización internacional criminal que ríete tú de Salvatore Toto Riina.
Nadie hablaba después de lo más importante de lo que dijo en la entrevista del jueves pasado, que es el disparate de la investigación prospectiva y la difusión enloquecida de contenidos de índole personal de que ha sido objeto. Que es lo más importante porque es lo único que de verdad afecta al común de los mortales. Es un “si se lo hacemos a él, imagínate a ti” como un tren de mercancías, y ya lo hemos visto en casos anteriores, en los que se ha expuesto la disipada vida de los investigados, por si no hubiera condena penal.
En este nuevo coro griego de plañideras en el que nos hemos convertido, en el que diez minutos después de leer un auto de imputación con más imaginación y fantasía que los libros de la Dragonlance los impostores —que tontos del todo no somos— dejamos de hablar de los delitos para hablar de “la moral”, la reputación personal salta por los aires en una tómbola de la carne dirigida por los tribunales que convierte en inofensiva a la portera inolvidable de Chus Lampreave en Mujeres al borde de un ataque de nervios, aquella cuya principal actividad era esparcir insidias sobre la vida privada de las vecinas, parapetada en la inocencia del beato que profesa la fe de los testigos de Jehová: “Si me pregunta, le tengo que contar todo con pelos y señales. Ya me gustaría a mí mentir, pero es lo malo de las testigas, que no podemos. Si no, aquí iba a estar yo”.
En las supuestas operaciones anticorrupción que llenan de intensidad nuestras mañanas y de cilicios los muslos de los catequistas socialistas y liberales, ya podemos apreciar un modus operandi indubitado y constante, que aplica a jueces de instrucción y primera instancia como a altas magistraturas del judicariado.
Paso uno, investigación e instrucción por algún delito tremendo y escandaloso; paso dos, acceso franco a estancias y comunicaciones relacionadas o no con la causa que, en la medida en que sean comprometedoras —por ejemplo, en términos de fidelidad conyugal o consumo desordenado de sustancias—, aterrizan antes en los titulares del oficio que en los sumarios judiciales. Paso tres, acabar condenando al concursante por algún pecado sin relación aparente con el asunto que nos trajo hasta aquí pero encontrado en las pesquisas.
A Álvaro García Ortiz lo iban a emplumar por una filtración a la prensa, pero acabaron condenándolo por una nota de prensa sobre un asunto de dominio público. Al músico David Sánchez había que echarle brea y plumas por tráfico de influencias en la consecución de su privilegiada plaza laboral en Badajoz —la Viena del Sur, como todo el mundo sabe—, pero acabó cayéndole el sambenito por el cambio de nombre de su cargo, ocurrido años después de los hechos investigados.
A José Luis Rodríguez Zapatero lo de atribuirle una doble vida como Toto Riina, entre jeques, sátrapas y virreyes ya se ve que no tiene un pase —bueno, ya se veía en el auto de imputación del probo juez Calama, como pudieron leer aquí mismo— sirvió para mirarle en el dobladillo de los pantalones y ya está claro que lo van a intentar estrangular con un collar de dudoso origen.
Uno no es tan inocente como para creer que la UCO o la UDEF son depositarias de un conocimiento exhaustivo y riguroso del derecho penal y procesal español, pero sí espera que, en la alegre pandilla de investigadores que forman con togados y fiscales, estos sí posean unos mínimos rudimentos sobre la democracia garantista, en la que los derechos fundamentales han de ser una pared de granito contra las entrometidas viejas del visillo que componemos el oficio de impostores y que vamos recogiendo los lixiviados del material con el que se solazan los uniformados en las tardes de invierno.
Uno no es tan inocente como para creer que la UCO o la UDEF son depositarias de un conocimiento exhaustivo y riguroso del derecho penal y procesal español, pero sí espera que, en la alegre pandilla de investigadores que forman con togados y fiscales, estos sí posean unos mínimos rudimentos sobre la democracia garantista
La magra buena noticia es que las víctimas de este desordenado festival de escuchas indiscriminadas y filtraciones al por mayor podrán acudir —si la vejez los respeta—hasta la última instancia disponible en la justicia mundial, pues los últimos sanedrines del martillo de nueces solo actúan cuando, precisamente, son los derechos fundamentales del reo los que entretienen la desquiciada almoneda de La vida de los otros que se traen nuestras togas entre manos.
Es importante velar por el secreto de las comunicaciones y ser escrupuloso en la escucha y custodia de los materiales porque quien más quien menos sabemos que nuestras relaciones con los amigos, con la familia y con los jefes difícilmente sobrevivirían a que nuestra madre supiera —es una forma de hablar, mamá— lo que le decimos por guasap a nuestra hermana aquellos que tenemos tendencia a la humorada a cualquier hora del día.
Todo lo anterior no es más que una revisión de lo que llevamos meses viendo y hablando por aquí, la violación flagrante de los principios del liberalismo democrático, pero la novedad de la semana es que una de esas cotillas censoras, habitual del primer banco de la iglesia en la adoración nocturna de la rectitud moral, apareciera en liguero en la plaza pública por voluntad propia y sin siquiera santiguarse.
Es doloroso el episodio de Arcadi Espada, cuyos Diarios de antaño son la inspiración confesa de este púlpito de análisis periodístico, porque su incompatibilidad con la laxitud y las costumbres licenciosas lo llevó a censurar el uso relajado de las estructuras de la ficción de oficiantes de la información como Truman Capote, Jordi Évole o Javier Cercas —del que es famoso archienemigo—, de modo que se escamoteó a sí mismo el derecho a usar el sarcasmo o la parodia como arma periodística.
Al académico y genio absoluto Francisco Rico cabía perdonarle la humorada de cargar contra la ley del tabaco de 2010 aduciendo “no haber fumado en su vida”, pese a que los legajos de la biblioteca de la Real Academia de la Lengua aún lleven el olor de sus cigarrillos, porque además de un individuo proverbialmente dotado para el sarcasmo y exageradamente gracioso e inteligente, nunca se impostó como adalid del rigor notarial. Al punto de que nadie ha encontrado aún el poema y el autor inventados —según propia confesión— que introdujo en su monumental antología Mil años de poesía española.
La caída en ridículo—seguramente, no en desgracia— de Espada, martillo de herejes de la metáfora, deja ahora vacante el trono. Si bien, escuchando abrirse de carnes a media profesión con cualquier grabación cachazuda, no parece que vayan a faltar Savonarolas que concursen para sustituir al depuesto rey de la verdad.
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