La perturbadora normalidad

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Lo has logrado. Has huido. Por fin te atreves a contar algunas cosas a algunas personas. Esperas un gesto suave, una tregua, el alivio físico tras compartir algo que casi te aplasta. No sabes que hay gente que todavía tiene un mecanismo automático de defensa que consiste en apartar la vista del origen del daño para fijarla en el comportamiento de quien lo recibe. La pregunta no se hace esperar, llega como un golpe en el pecho que te deja sin respiración:

¿Y por qué no lo contaste antes?

No saben que una mujer tarda en verbalizar o denunciar el maltrato psicológico una media de siete años y nueve meses. Quizá tú tampoco lo sabes, porque los ministerios miden el tiempo en balances anuales, pero tú lo medías en la tensión que te generaba el sonido de sus llaves al otro lado de la puerta. En todas las veces que te soltó la mano con desprecio. En las largas ausencias. En los silencios impuestos que dejaban las conversaciones ahorcadas en cada habitación de vuestra casa. De su casa.

¿Por qué lo has permitido?

No le dices que los primeros tres años se esfumaron creyendo que aquella hostilidad era solo una mala racha laboral, o la consecuencia de tus desaciertos, o la herencia de esas exparejas que le hicieron la vida imposible. Una estaba loca, otra bebía mucho, la última le era infiel.

Te encantaría contarle que esto no empieza con portazos ni aspavientos. Empieza con una corrección. Con una mueca cuando observa cómo te queda un top nuevo, cómo doblas las camisetas, cómo miras a tus amigos mientras te hablan o cómo gestionas tu dinero. Es una pedagogía humillante que se administra en dosis tan pequeñas que el organismo la integra como parte de la rutina doméstica. Cuando te quieres dar cuenta, hay nombres que no vuelves a decir en voz alta, ropa que ha quedado en el fondo del armario y todo tu dinero está en la cuenta común.

¿Por qué no pediste ayuda?

La voz no te sale cuando quieres explicarle que te repitió tanto que tu entorno no te convenía, que tus amigas de la facultad son superficiales, que tu madre interfería demasiado en vuestra vida que, al final, dejaste de llamarlas para ahorrarte las dos horas de reproches y caras largas que seguían a cada salida sin él. 

Cuando esa red social desaparece, desaparece también el espejo donde contrastar la normalidad. Entonces comienza otra fase que desde fuera tampoco se ve y que no requiere más que instalar una sospecha permanente sobre tu criterio. Te dice que exageras, que recuerdas mal las conversaciones, que eres demasiado sensible. Te corrige los hechos con una seguridad tan perturbadora que acabas revisando tus propios recuerdos. Al principio discutes. Intentas demostrar que tienes razón. Le repites una y otra vez lo que dijo él, lo que contestaste tú, cómo reaccionó él. Sabes de memoria las palabras que elige e imitas los aspavientos que nunca te rozan pero que retuercen tu columna vertebral. No tardarás en dejar de hacerlo, porque tu enfado genera un cabreo en él que apenas puedes sostener con la poca fuerza que te queda. Finalmente, te acostumbras a pedir perdón por cosas que no has hecho.

¿Por qué le creíste, con lo inteligente que eres?

Hay una estadística que quizá no aparece en ninguna tabla porque debe resultar imposible medirla: el número de veces que una víctima deja de confiar en su propia percepción para confiar en la versión de su agresor. Sin embargo, sí existen cifras que permiten intuir la dimensión del fenómeno. Se estima que el 20,9% de las mujeres residentes en España ha sufrido violencia emocional por parte de la pareja y el 25,1% violencia de control en algún momento de su vida. Si supieras esos datos, si alguien te hubiese contado que casi diez millones de mujeres han vivido algo parecido a lo que has sufrido tú, tal vez te sentirías menos sola y dejarías de pensar en lo vivido como en una excepción para entenderlo como un problema estructural.

La persona que te interroga tampoco conoce esos datos pero, a diferencia de ti, no necesita saberlos. Le basta con presuponer que el dolor prolongado es una forma de consentimiento.

¿Por qué seguiste con él si te trataba mal?

La siguiente etapa de la relación suele confundirse con estabilidad. Ya no hay tantas discusiones. El agresor parece más tranquilo. Tú también. Lo que nadie ve es que la paz se ha conseguido a través de tu desaparición progresiva. Has aprendido qué temas no mencionar, qué amistades evitar, qué opiniones guardar para ti. Has desarrollado una habilidad extraordinaria para anticipar sus estados de ánimo mientras pierdes contacto con los tuyos. Se ha expandido como una metástasis, ha colonizado tu interior.

Cómo ibas a saber que los datos oficiales muestran que un 11,7% de las mujeres ha sufrido violencia económica por parte de su pareja o expareja. Controlar gastos, limitar recursos o generar una dependencia convierte cualquier intento de salida en un problema financiero de dimensiones casi insalvables. ¿Cómo te vas de un lugar si, para hacerlo, necesitas la garantía de que al otro lado habrá una puerta que abrir? Una que puedas pagar. Una que se abra con unas llaves que solo tengas tú.

¿Por qué aguantaste tanto tiempo?

Entonces llega la etapa de la normalización. Quizá sea la más peligrosa porque coincide con el momento en que el sufrimiento deja de parecer una anomalía. Ya no comparas tu relación con relaciones sanas, la comparas con la semana anterior. Si ayer hubo una pelea y hoy no la hay, vuelves a encontrarte con la persona de la que te enamoraste. El umbral del dolor se desplaza lentamente. Lo intolerable se convierte en desagradable. Lo desagradable se convierte en habitual. Lo habitual acaba pareciendo inevitable. ¿Crees que alguien que no lo haya vivido podría llegar a entender que, en esos días enteros sin tensión, la esperanza se convierte en otra forma de cautiverio?

Sientes vergüenza por haber tardado tanto en entenderlo, por haber justificado conductas inaceptables, por haber protegido a quien te rompía, por no contarlo antes. Y, cuando finalmente lo cuentas, llegan estas preguntas pegajosas que no te puedes quitar de encima. Parece ser que el relato se evalúa según las expectativas de quienes lo escuchan. Si tardaste demasiado, sospechan. Si te vas rápido, sospechan. Si no denunciaste inmediatamente, sospechan. Si denunciaste, preguntan por qué.

    * * *

La conversación termina, pero las preguntas se quedan contigo mucho después de que la otra persona haya cambiado de tema. Se sientan contigo en el bus de vuelta. Se tumban a tu lado en la cama. Se enganchan a tus párpados. No quieres llorar, pero lloras. Durante años has vivido bajo la mirada de alguien que cuestionaba cada una de tus decisiones y ahora descubres que parte del mundo exterior parece dispuesta a continuar ese trabajo. 

Nadie se hace las únicas preguntas cuyas respuestas te encantaría conocer: ¿Por qué alguien quiso dedicar años de su vida a destruir la autonomía, la confianza y la libertad de otra persona? ¿Por qué pudo hacerlo? ¿Qué mecanismos le permitieron ejercer ese control durante tanto tiempo? ¿Por qué todos conocemos a una superviviente de malos tratos y nadie a un maltratador? ¿Sus amigos y su familia saben que es un maltratador?

Otra de las cosas que nadie te ha contado es que, para salir, hay que abandonar a una persona y también a toda una narrativa. Durante años viviste dentro de una historia construida por otro, una historia en la que eras exagerada, egoísta, conflictiva, inmadura o incapaz de comprender lo mucho que se desvive por ti. Cuando escapas, crees que esa versión de ti desaparecerá con él. Pero descubres que algunas personas la han aprendido de memoria. La repiten sin saberlo. La sostienen con preguntas aparentemente inocentes. La alimentan cada vez que te piden explicaciones que jamás le pedirían a él.

A él le mantienen el saludo en la escalera, le invitan a las cañas de los viernes y se obvia su historial bajo el pretexto de que en el trabajo es un profesional intachable o que habría que conocer la otra parte. Jamás le preguntarán por qué ya ni siquiera os saludáis o si hay algún motivo para que ya nunca camines sola por la calle. A ti se te exige un relato perfecto. Tienes que ser una víctima coherente, que no guarde rencor, que muestre la dosis justa de fragilidad pero que se recupere pronto para no resultar repetitiva. A él, que siga su vida con normalidad.

Cuando planificaste la huida un año antes de que por fin sucediera, no contaste con que chocarías contra la hostilidad del entorno. Aprendiste a buscar pisos navegando en modo incógnito, pero no memorizaste cada momento de vuestra relación porque no sabías que te pedirían que recuerdes cada detalle sin contradicciones. Volviste a ver a tus amigas y disfrutaste de las excursiones en las que te volvieron a incluir, ¿era posible imaginar que esas escapadas no encajaban con la imagen idealizada de lo que la sociedad espera de una víctima? Si además tienes estudios, trabajo y una vida aparentemente estable, ¿cómo te pudo pasar eso a ti? Al parecer, tú eres la única responsable de la violencia que ejerce una persona sobre ti.

Estás tan cansada que ya no te quedan fuerzas para revisar afectos ni para cuestionar lealtades antiguas. Pero el silencio de los demás, aunque parezca inofensivo, acaba alimentando la revictimización.

Hay violencias que todos reconocen cuando ocurren lejos. Las vemos en una noticia, asentimos con indignación y sabemos exactamente de qué lado estamos. Pero cuando esa misma violencia habita cerca, cuando tiene un nombre conocido y comparte nuestros espacios, la certeza se vuelve incómoda, y ese lado en el que creíamos estar se llena de matices, explicaciones y silencios. Admitir que sabemos quién es el agresor obliga a revisar el lugar que ocupa en nuestras vidas. Es más fácil pensar que se trata de un malentendido, de un exceso puntual o de un defecto de carácter que siempre estuvo ahí, ¿acaso tú no lo sabías? 

Ahora no lo sabes, pero llegará un momento en que dejarás de medir cada día por el dolor que contiene. Las preguntas seguirán ahí durante un tiempo, pero se irán despegando de tus párpados poco a poco. Ya no aparecerán cuando intentas dormir. Volverás a reconocerte, aunque también asumirás que hay partes que han cambiado. Algunas cosas regresarán tal y como las recuerdas, otras, lo siento mucho, no estarán más. Volverá la calma, el deseo, la curiosidad, la confianza. Activarás las notificaciones del teléfono porque nadie las revisará por encima de tu hombro. Saldrás de casa sin tener que justificar a dónde vas. Habrá días malos, por supuesto. Días en los que una frase, un lugar o un recuerdo te devolverán por un instante a quien eras entonces. Pero cada vez regresarás más rápido a ti misma.

Con el tiempo, sin darte cuenta exactamente de cuándo ocurrió, comprenderás que ya no estás sobreviviendo. La vida no estaba esperándote al otro lado, pero tampoco te ha expulsado. Ha seguido avanzando mientras tú aprendías a habitarla de nuevo. 

Todavía es pronto, aún tienes los ojos hinchados de tanto buscar respuestas pero, algún día, no confundirás más la culpa con la verdad.

*Lucía Solla Sobral es autora de la novela ‘Comerás flores’ (Libros del Asteroide, 2025).

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