El depuesto rey de la verdad Pedro Vallín
A estas horas, 121.000 evacuados y confinados en Madrid, Ávila, Toledo y Castellón (16.000 en Vall d'Uixó). 220.000 en la región de Gironda, al suroeste de Francia. En Argelia, más de 1.550 incendios en 12 días. La lista es interminable. El Mediterráneo arde por los cuatro costados y las pérdidas son ya incontables.
Entre las causas, lo que ya sabemos: la crisis climática lleva ya tiempo produciendo estragos. Lo hace mostrando que el clima ya es otro, como otros son los incendios de quinta y sexta generación, tan difíciles de sofocar que obligan a gestionar de forma radicalmente distinta el territorio. Junto a esto, el abandono del medio rural dificulta el mantenimiento de los bosques de forma natural mediante ganadería extensiva, y fuerza a implementar otras medidas de prevención y conservación.
Hasta aquí lo ya sabido. Si quieren profundizar más, hay multitud de artículos explicando con detalle la situación, como este en de The Conversation. Mientras tanto, otro factor entra en juego. Lo hizo en la dana de Valencia, en el tren de borrascas que inundó el sur de la península ibérica la pasada primavera, apareció también en los incendios del norte de España el año pasado, y lo hace cada vez que hay una crisis. Se trata de la desinformación. Un poderoso jinete que cabalga, en temas ambientales, a lomos de la ultraderecha, y ensucia y contamina la conversación de mentiras y medias verdades avivando el cabreo general e incendiando la sociedad.
Así, se asegura que las leyes ambientales impiden limpiar los montes, cuando es exactamente lo contrario. El artículo 48 de la ley de montes establece que: “1. Las Comunidades Autónomas, ante el riesgo general de incendios forestales, elaborarán y aprobarán planes anuales para la prevención, vigilancia y extinción de incendios forestales”. Y se incluyen en el punto 4.e) “Los trabajos de carácter preventivo a realizar a lo largo de todo el año, en particular los tratamientos selvícolas que procedan, áreas cortafuegos, vías de acceso y puntos de agua que deban realizar los propietarios de los montes de la zona, así como los plazos de ejecución”.
Por si hubiera dudas, por tratamiento selvícola se entienden aquellas labores que se realizan en los bosques y masas forestales para mejorar su estado e incluyen limpias, podas, clareos, desbroces, eliminación de vegetación, etc. Es decir, no sólo no se prohíbe “limpiar” el bosque, sino que es obligatorio. ¿Quién debe hacerlo? En el 73% de masas forestales, que son de propiedad privada, su propietario. En el resto, los municipios o la Administración competente. Incluso si el propietario privado no lo hiciera, es el municipio quien debe hacerlo de forma subsidiaria. ¿Y si los ayuntamientos carecen de recursos para esto? Bien, empecemos a hablar de políticas públicas y de cómo garantizar los medios a esos municipios u otras formas de gobernanza.
El bulo más peligroso, por lo que tiene de irresponsable, es el que intenta separar el cambio climático de la aparición de estos incendios
Otro de los bulos más extendidos es el de las piñas: “No se puede ni coger una piña”, dicen paisanos de unos y otros lugares. Nuevamente, es falso. Las piñas en el suelo no hay nadie que impida cogerlas. Las que están en las ramas tienen propietario, y por tanto, tendrá que dar permiso para poder cogerlas. Así de simple. E insisto en un dato: el 73% de las masas forestales en España son de titularidad privada. Si quiere coger una piña del árbol, el dueño tendrá que darle autorización.
Hay muchos más ejemplos de desinformación como se puede comprobar en estos trabajos de Greenpeace o de WWF. Con todo, el más peligroso, por lo que tiene de irresponsable, es el que intenta separar el cambio climático de la aparición de estos incendios. Lo hemos visto en declaraciones de Abascal culpando de los incendios al “fanatismo climático”, en editoriales de periódicos conservadores, artículos de opinión y en intervenciones de negacionistas en televisiones públicas. Mientras esto no termine, mientras haya quien aproveche la tragedia para cargar contra ecologistas, mientras no entendamos que el clima ha cambiado, que los montes y el mundo rural son otros y que eso exige gestionar de otra manera, la tragedia aparecerá en forma de dana, de Filomena, de incendios o de olas de calor con miles de muertos.
Afortunadamente, mientras tanto, hay multitud de profesionales, de científicos de diferentes disciplinas, de responsables políticos y de ciudadanos y ciudadanas que trabajan cada día para mitigar el cambio climático y adaptarnos a la nueva realidad. A partir del próximo lunes, contaré en esta columna algunos ejemplos que demuestran cómo la (buena) política salva vidas.
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