Los amores del río de la luna

Fotografía de un hombre desnudo.

En 1995, la editorial Plaza & Janés, en su colección Cisne, publicó una novela de Rebecca Brandewyne titulada Amores turbulentos. Seiscientas exitosas páginas y una cubierta grana marcadamente pasional, digna del género: tipografía serifa con remates sobre un fondo ilustrado donde solo se ve pelo mullido, suave y espeso. El cabello de ella, una mujer tumbada sobre lo que podría ser una sedosa piel de oso, con los ojos cerrados y esa actitud sufriente en la que se confunden el placer y la entrega; es de color cobrizo y cae, abundante y ondulado, cubierta abajo. Él, cómo no, posee también una fuerte pelambrera. Negra y brillante, como sus cejas y el vello que se le intuye en el brazo. Abraza a la mujer, en una postura profundamente activa, concienzuda. Sus manos fuertes la atraen hacia él al mismo tiempo que se vuelca sobre ella. No hay salida. El escote descubierto, los pechos turgentes, la clavícula presta al bocado y otra piel más: un pelo grisáceo como la plata, casi el pelo de un lobo siberiano, que la cubre.

El argumento es a prueba de infarto: el abuelo de Morgana, un excéntrico y rico hacendado irlandés, establece una cláusula maquiavélica (sic) en su testamento. Obligará a su nieta a casarse con uno de sus nietos, aquel que consiga seducirla, que heredará, como segundo premio, la fortuna y las tierras. Al parecer, aunque Morgana se siente humillada por este deleznable contrato unilateral, entre su cazador (un tal Brian) y ella existe una atracción innegable, etcétera. Seiscientas páginas de amor turbulento. Me pregunto si eran hermanos o solamente primos (o nada). También me pregunto en qué plano se cruzan la seducción y la obligación. Ella está obligada a casarse con uno de entre un puñado elegido por el abuelo (¿hermanos, primos?), tiene un mínimo margen (tú no, tú sí). Pero lo de él es meridianamente distinto: el que consiga engañarla será el heredero. Competición básica en la que lo único importante es la recompensa, no el cuerpo por el que se accede a ella. Se gana siempre, porque como mucho se deja de ganar. El caso es que, al final, la tal Morgana y el tal Brian parece que se desean y se buscan a lo largo y ancho del mundo, durante toda una vida, y que esta premisa (esta perversa transacción) compone un arranque tipificado: esto es un amor turbulento, y lo demás, hiel.

Lo turbulento es también turbio, sobre todo si es líquido. Una agitación, un alboroto, una confusión, un desorden: cualidades todas que arrastran las colisiones físicas y emocionales. Dice el diccionario de la Real Academia que la condición de turbulenta en una persona la hace belicosa, bulliciosa, rebelde y agitadora. Hace años, estos adjetivos me resultarían atractivos, puro caramelo rojo. Hoy, todo es distinto, todo lo observo distinto. Atravesado por una mirada más crítica, el amor se adelgaza enseguida. Belicoso no queremos. Turbio, tampoco. Bullicioso, rebelde, alborotado: bueno está; en el aire, finalmente, se forman remolinos.

Hace unos meses se publicó en español la última novela de Eva Baltasar, Peces. Cuenta una historia entre dos mujeres (un sexo bíblico, una atravesada del alma y del cuerpo, y nadie escribe, describe, el sexo como Baltasar) y es una historia turbia, belicosa y una palabra que hoy día, en mi opinión, define y confunde a la vez: tóxica. Hace años, lo tóxico era solo lo que te envenenaba, la contaminación del tubo de escape de los coches, beber lejía, las drogas. Pero hoy, el amor se acompaña en numerosas ocasiones de ese adjetivo: una historia de amor tóxica, una relación tóxica. Sí, una relación es tóxica cuando los niveles de turbiedad son altos y cuando el estado de excepción es la norma. Y esto puede darse de forma bilateral. Yo intento evitar esa palabra porque muchas relaciones de maltrato están definidas, tanto desde dentro como desde fuera, por este término: relaciones tóxicas. Y la toxicidad encubre la violencia unilateral. Las relaciones de maltrato son tóxicas, es claro; venenosas, peligrosas, opresivas. Pero la violencia es ejercida, implementada, por una de las dos personas, no por ambas. La toxicidad de las relaciones de maltrato no es consuetudinaria a la relación misma, no es el resultado natural de la atmósfera que esas dos personas respiran, no: es la asfixia impuesta por una de ellas. En la punzante y maravillosa novela de Baltasar, solo una de ellas es violenta con la otra. Pero la víctima piensa (un clásico) que forma parte del juego, que ella misma, con su deseo febril, con su entrega de fuego, ejerce la monstruosidad. ¿Es Peces un amor turbulento? Lo es, sin lugar a duda; un amor turbulento como el de ese libro de Brandewyne, un amor injusto, desigual, violento, un no amor. Porque ¿es amor lo que hasta ahora considerábamos un amor turbulento? ¿Dónde ha quedado ese adjetivo tallado, en el rostro de qué gárgola?

En las mismas horas que leía sobrecogida y sedienta de venganza esta novela sobre la escritora y la vendedora de pescado frito, tenía a mi lado un libro del gran Roberto Juarroz, que abría de vez en cuando para detenerme en un poema. Una noche, caí en uno que decía: Algún día encontraré una palabra // que penetre en tu vientre y lo fecunde. A pesar de venir de las profundas corrientes tenebrosas de aquella historia de Peces, donde las fronteras del cuerpo y de la lucidez se rebasan todas, los versos de Juarroz me resultaron, primero, amenazantes. Hallaré una palabra / que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta, / que contenga tu cuerpo / y abra tus ojos como un dios sin nubes / y te use tu saliva / y te doble las piernas. Luego, desagradables. Tú tal vez no la escuches / o tal vez no la comprendas. / No será necesario. / Irá por tu interior como una rueda / recorriéndote al fin de punta a punta, / mujer mía y no mía, / y no se detendrá ni cuando mueras. Brutalmente violentos, al fin. Pero ¿qué metáfora ruin…? ¿Una palabra que te invada, te penetre y te fecunde, que te violente el cuerpo, te voltee, te haga caer de rodillas, hasta que te mueras, ¡después de que te mueras…!? ¡Y que tú ni comprendas, ni te enteres, y no importe! En mitad de la noche de este primer cuarto de siglo XXI, me vi nítida, años atrás (¿cuántos?, quizá no tantos), leyendo ese poema como una promesa arrebatada de amor, de no amor, de amor turbulento, una advertencia de pestilente felicidad.

A lo mejor alguien piensa, a estas alturas de texto, que la que escribe desecha la furia de los cuerpos cuando los cuerpos hacen furia, la oscuridad luminosa en la que se vive cuando solo interesa una boca, una mirada, una habitación que se hace calle, y manglar, y mundo, la pérfida sensación de descontrol que invade lo cotidiano cuando un huracán terrible nos transforma los días. A lo mejor alguien piensa que el consentimiento está reñido con la pasión. Qué error tan triste, nada más lejos: el consentimiento es la verdadera revolución social del siglo XXI, la electricidad que debería atravesar nuestros tormentos, nuestros amores, nuestra airada diversión, la deliciosa saliva que ha de cubrir nuestra piel cuando la fiebre y abrigar nuestros huesos bajo el frío. Solo hay que esforzarse un poco en entenderlo.

No quiero acabar esta página sin antes hacer referencia a un amor al que acabo de llegar, uno atravesado por una turbulencia fatal, la pandemia del sida. En Ángeles en América (la miniserie de Mike Nichols basada en la obra teatral de Tony Kushner), en la ciudad de Nueva York, en pleno nuevo conservadurismo de Reagan, año 1985, Prior Walter le cuenta a Lou, su novio, que está enfermo, y este, al poco tiempo, incapaz de asumir la dura tarea de los cuidados, incapaz de asistir a la terrible devastación del cuerpo de su amante, lo abandona. La nave donde alucina Prior, impactada doblemente por esa masa de aire cambiante (el sida, el abandono: el magnífico estigma), se convierte en un lugar desolador y divino al que acuden, cada delirio, ángeles y fantasmas. En una de tantas secuencias oníricas, vemos bailar a la pareja. El atormentado y culpable Louis entra en escena para abrazar a Prior, delgadísimo, en pijama, de pronto sin llagas, y danzar juntos al compás de Moon River de Mancini. Cada vez que pensaba en escribir sobre amores turbulentos, regresaba esa escena a mi cabeza. Esos cuerpos pegados, absolutamente heridos, respirándose durante un sueño, recomponiendo en la fantasía del deseo y la nostalgia lo que la realidad ha destruido. Ese amor, ahora sí, turbulento: por tierno y doloroso, por devastado.

Llamemos al amor por su buen nombre. Ese que contiene todos los elementos y expulsa al farsante de la fiesta. Ese por el que jamás, jamás de los jamases, acabará nadie limpiándose la sangre de las manos, en medio de la plaza, en una fuente pública, al borde del cadáver.

*El último libro de Lara Moreno ha sido ‘Ningún amor está vivo en el recuerdo’ (Lumen, 2025).

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