Antes de cumplir 19 años, una bala truncó la vida de mi tío

Fotografía de la madre del autor de este texto.

Julio Fernández

Tenía 17 años. Se llamaba Juan Serrano Ruiz. Soñaba con ayudar a su madre y sus tres hermanas. Su padre había muerto unos años antes. España vivía un tiempo republicano, pero a él lo que le importaba era que su madre no tuviera que limpiar en las casas de los ricos.

Un día se enteró de que unos militares no estaban de acuerdo con la forma de gobernar el país y decidieron hacerse con el poder para que siguieran gobernando los de siempre y nada cambiara. Seguro que él no sabía si aquello era bueno o malo. Tampoco imaginó lo que iba a pasar en España.

Cuando empezó el golpe de Estado, una de sus hermanas —mi madre— encontró trabajo en la fábrica de pólvoras de El Fargue. Granada ya estaba dominada por los militares sublevados. La Falange se había hecho con el control de la fábrica y buscaba jóvenes que se unieran a su “revolución”.

¿Por qué son los hijos de la gente sencilla quienes terminan muriendo mientras otros deciden las guerras?

Por medio de mi madre contactaron con su hermano y mi tío ingresó en la Falange. Tras un breve periodo de formación, lo enviaron al frente, donde combatió algo más de un año. De lo poco que me contaron sobre él solo recuerdo una idea repetida por todos: que era buena gente y una persona muy querida por sus compañeros y su familia.

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No hubo tiempo para más. Antes de cumplir los 19 años, una bala truncó su vida. Es probable que, con todo lo que se estaba viviendo en aquellos días infernales, la muerte, aunque fuese de un ser tan joven, cercano y querido, se viviera de una forma distinta a como se vive en tiempos de paz. Es probable que el miedo a hablar, el terror a protestar, las injusticias cotidianas, los paseos nocturnos sin regreso y el temor a no parecer afecto a la causa hicieran que el silencio y el ocultar los sentimientos fueran la única manera de soportar aquella desgracia.

En mi familia apenas se hablaba de mi tío. Sin embargo, muchas veces me pregunto qué conciencia podía tener de lo que estaba ocurriendo. ¿Se sentía falangista o se habría alistado también con los republicanos si hubieran dominado Granada? Buena gente era sin duda. Tanto, que la Falange puso su nombre al campamento que utilizaba en la Alfaguara.

Y, al final, uno se pregunta: ¿por qué la muerte, la miseria, el hambre, el miedo y la guerra recaen siempre sobre las clases humildes? ¿Por qué las élites económicas, los dirigentes políticos, los altos mandos militares, los jerarcas religiosos o los jueces rara vez son quienes pagan el precio más alto? ¿Por qué son los hijos de la gente sencilla quienes terminan muriendo mientras otros deciden las guerras?

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