Rock y lucha obrera: cuando Bruce Springsteen trajo en 1981 por vez primera su conciencia de clase a España
No podía saber Bruce Springsteen, cuando se preparaba para salir al escenario del Palacio Municipal de Deportes de Montjuic el 21 de abril de 1981, que terminaría dando 59 conciertos en España a lo largo de los siguientes 45 años. Más de dos millones largos de entradas vendidas en nuestro país después, los dos últimos fueron los de junio de 2025 en el estadio de Anoeta de San Sebastián, incluyendo el segundo de ellos un parón por un tormentón de verano torrencial que lo convirtió de facto en leyenda (otra más) del rocanrol.
Pero volvamos al principio. En 1981, Barcelona era una ciudad obrera y gris, en plena efervescencia social, que ansiaba salir de la dictadura. Marcada por la crisis industrial y herida por los estragos de la heroína en toda una generación de jóvenes (aunque lo peor estaba por llegar), se encontraba en plena batalla de unos movimientos vecinales que reclamaban con fuerza equipamientos públicos y mejores condiciones de vida en los barrios periféricos de clase trabajadora. Un hervidero de movilizaciones urbanas agrupadas bajo el lema “Llibertat, Amnistia i Estatut d'Autonomia”, en el que el feminismo jugó un papel determinante y donde se organizó en junio de 1977 en Las Ramblas la primera manifestación del Orgullo Gay de la historia del país.
La guinda de este ecosistema en ebullición la puso una intensa agenda musical que dejó para la posteridad las primeras visitas a España —algunas exclusivas, otras compartidas con Madrid y/o San Sebastián— de Queen (13 de diciembre de 1974 en el Palacio de Deportes), Lou Reed (18 de marzo de 1975 en el Palacio Municipal de Deportes), Rolling Stones (11 de junio de 1976 en la plaza de toros Monumental), The Police (11 de abril de 1980 en el Pabellón del Club Joventut de Badalona), Ramones (19 de septiembre de 1980 en la Festa del Treball del PSUC), AC/DC (15 de enero de 1981 en el Palacio Municipal de Deportes) o The Clash (27 de abril de 1981 en el Pabellón del Club Joventut de Badalona).
Este último show de la emblemática banda punk comandada por Joe Strummer tuvo lugar tan solo seis días después de la primera ocasión en que el público español pudo comprobar, cara a cara, hasta qué punto era real y veraz la mitología que ya entonces (y hasta hoy) rodeaba a Bruce Springsteen & The E Street Band. No es baladí el uso del término mitología, pues esta es, recordemos, el conjunto de mitos, relatos y creencias tradicionales de un pueblo o cultura que explican el origen del mundo, los fenómenos de la naturaleza y los valores humanos a través de los dioses, héroes y seres sobrenaturales. Y el rockero de New Jersey era ya el héroe de la clase trabajadora y sus conciertos el origen mismo del nuevo mundo para los conversos.
La cuestión es que, a los 31 años, a Bruce Springsteen le precedían antes de esta primera cita española sus sobresalientes discos —los de su época dorada: Born to run (1975), Darkness on the edge of town (1978) y The river (1980)— y su buenísima prensa, pero nadie había podido comprobar por estos lares cuánto tenía de ser sobrenatural, con sus cacareados shows de tres horas y media. Después de tantas grabaciones piratas adquiridas por correo postal —la música no estaba entonces a un clic de distancia, había que currárselo— y de tanto texto entregado a la causa en las publicaciones musicales especializadas, había llegado el momento de pasar de los relatos y las creencias a las certezas de los fenómenos de la naturaleza.
Aunque la perspectiva que da el paso del tiempo ha demostrado que atravesaba su mejor momento creativo y andaba por el mundo presentando su célebre quinto disco, The river, huelga recordar que, con entradas a 900 pesetas (5,41 euros), no hubo lleno el 21 de abril de 1981 en el Palacio de Deportes de Barcelona. Por poco, pero la asistencia se quedó en 7.000 frente a un aforo total de 8.000, lo cual demuestra que su popularidad en España andaba todavía algún peldaño por debajo de los países anglosajones. Y, por contextualizar un poco más: era un secreto a voces en el rock, pero aún habría que esperar tres años más para que se convirtiera en rutilante estrella mundial del pop con Born in the USA (1984), el álbum que propiciaría su paso de los pabellones a los estadios enormes.
Alrededor de 7.000 asistentes, decíamos, que intuían lo que habían escuchado en grabaciones no oficiales de dudosa calidad, o lo que habían imaginado leyendo apasionados textos de cronistas desbordados por los adjetivos calificativos, y que se llevaron a casa exactamente lo que esperaban: 26 canciones durante más de tres horas, en una ceremonia en dos actos (con descanso de media hora) del rock n’ roll más auténtico, ese capaz de oscilar de la más oscura intensidad a la desenfrenada festividad.
En la primera parte del concierto sonaron Factory, Prove it all night, Out in the street, The ties that bind, Darkness on the edge of town, Independence day, Who'll stop the rain (versión de la Creedence Clearwater Revival), Two hearts, The promised land, This land is your land (versión de Woody Guthrie), The river, Badlands y Thunder road. Un repertorio con el que ya hubiera valido entonces y que valdría ahora, pero con Bruce siempre hay más. No en vano, sigue tocando durante tres horas a sus 76 veranos; así ha sido en su gira de este año contra su archienemigo Donald Trump, con lo cual aquello de ser sobrenatural y valores humanos que decíamos antes tiene bastante sentido.
La segunda parte, el despiporre total: Cadillac Ranch, Sherry Darling, Hungry heart, Because the night (el himno que regaló a Patti Smith poco antes, tal era su estado de gracia, pero ha seguido tocando también él mismo), You can look (but you better not touch), Point blank, Racing in the street, Backstreets, Ramrod y Rosalita (come out tonight). Pero, como decía aquel, no se marchen todavía, que aún hay más y tiempo para un bis final con Born to run, Detroit medley y Rockin’ all over the world (versión de John Fogerty).
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En un mundo sin internet, en un tiempo en el que la sorpresa en el rock en vivo era la pauta, quienes asistían a conciertos no sabían realmente qué esperar. Acudían a la llamada de la selva con unas expectativas creadas en su mente y que no sabían si cuadrarían con la realidad. Comprar una entrada era un acto de fe que, en las buenas ocasiones, como esta, obtenía una sabrosa recompensa. El público se llevó lo suyo y, según los cronistas de la época, el rockero de New Jersey juró no olvidar jamás aquella primera noche y volver a actuar en la ciudad más pronto que tarde. Cuatro décadas después, su amor por Barcelona ha quedado refrendado en multitud de veladas de gloria: 23 veces más siguieron a la primera, hasta un total de 24 a día de hoy.
La hemeroteca nunca miente, y un rápido repaso lo deja bien claro: “El mejor concierto del año” (El Diario de Barcelona), “Bruce Springsteen logra un gran éxito en Barcelona” (El Periódico), “Debut triunfal en Barcelona” (La Vanguardia), “El Boss sacudió Barcelona” (El Correo Español), “El gran ejemplo del mejor rock” (El noticiero universal), “La emoción y la verdad del rock” (El País), “Bruce Springsteen fue la vida” (El Alcázar), “El retorno de los héroes” (ABC), “El concierto del siglo” (El Gran Musical), “Una noche para el recuerdo” (revista Disco Actualidad), “Inolvidable” (revista Vibraciones), “El río salido de madre” (diario Ya) o “Sensacional Bruce Springsteen” (Marca).
Con Bruce siempre es como la primera vez, pero quienes asistieron a esta cita barcelonesa en abril de 1981 son los que pueden decir con todo el orgullo eso de “yo lo vi primero”. Entre todos ellos está Loquillo, quien ha reiterado en multitud de ocasiones que aquel ritual iniciático de puro rocanrol le cambió la vida, hasta el punto de escribir (junto a Gabriel Sopeña) la canción 21 de abril de 1981 como recuerdo de lo que sintió, con música inspirada por el estilo de Springsteen y versos como este: “Quiero que tu vida sea, ojalá que sea, como aquel 21 de abril”. Ojalá.