Las fotografías del verano Luis García Montero
Vivir es crecer junto a los demás, con los demás, mientras los demás crecen en nosotros. Las vacaciones nos invitan a descansar, lo cual no supone sólo distanciarse del trabajo diario, o tomárselo con una tranquilidad de playa, sol, luna y montaña. Nos rodea también la necesidad de alejarse en lo posible de las agresividades que definen nuestra realidad histórica, la crispación de un mundo que se olvida de las olas y las orillas naturales, dispuesto a inundarlo todo con la espuma de las crispaciones, los odios y los abismos. Descansar no es olvidar, basta con encontrar algo de tiempo para uno mismo.
Me gusta pasear por la orilla del mar y mirar viejas fotos para caminar por el tiempo. Como crecer es vivir junto a los demás, cuando uno encuentra los caminos de su propia vida empieza a compartir el tiempo con los amigos y surgen con ellos complicidades más profundas que con los propios hermanos. El activismo alentaba las aulas, las asambleas y los pasillos de la universidad en los años 70. La inquietud política era un síntoma más de la necesidad de vivir, como la energía de los bares nocturnos y el deseo de buscar libros o periódicos para estar al día. Buscar a Galdós o a Marx era un modo de estar al día, y comprar los periódicos por la mañana, una forma de recuperar el tiempo perdido con la censura y la represión del franquismo. Las atmósferas nuevas ofrecen amigos convertidos en hermanos, amigos que nos hacen activistas en otras preocupaciones ya no tan familiares.
Veo en las fotos a Alfonso Martínez Foronda, un compañero de curso que me llevó hasta su pueblo, Villacarrillo, por las carreteras de Jaén, después de haber compartido movilizaciones estudiantiles y asambleas en las Aulas Magnas tomadas por la rebeldía. Filosofía, Medicina, Ciencias, Empresariales… Y recuerdo las visitas a Puente Genil, el pueblo de otro compañero de curso, Lorenzo Aguilar Pérez, y los apuntes de clase o las discusiones sobre los destinos del mundo en el bar que regentaba su familia. La amistad fue una forma de activismo que animó las movilizaciones, las protestas contra el deterioro de lo público disfrazado de modernidad, la entrada de España en la OTAN o los bombardeos sobre Irak.
Conviene recordar la importancia del activismo, no ya en la defensa de un partido, sino en la definición de las propias vidas y las vocaciones
El diálogo generacional es también un asunto propio. Cumplir años supone un peligro de convertirnos en viejos cascarrabias contra los jóvenes, pero también la maldición de perder la necesidad de los amigos, la costumbre de vivir en los otros y con los otros. En la juventud había que defender la propia conciencia para no ser arrastrado por los hermanos o los compañeros en un activismo compartido. Al cumplir años, se corre el peligro contrario de quedarse encerrado en una conciencia solitaria y en una habitación que no necesita abrir la puerta a los amigos. Naufraga así el compromiso del activismo.
El diálogo generacional de la democracia española no debe limitarse a las dinámicas propias de las distintas edades. La democracia debe pensar en sí misma y preguntarse si ha envejecido de mala manera, si tiene la tentación de quedarse encerrada en su casa, y si las espectaculares estrategias de la crispación acaban por hacer que desaparezca el activismo de las casas, la política nos dé miedo o asco, nos alejemos de los compañeros y nos quedemos encerrados en la desilusión.
Conviene crecer con los demás, en los demás, a la hora de defender los derechos públicos y privados de una democracia. Conviene recordar la importancia del activismo, no ya en la defensa de un partido, sino en la definición de las propias vidas y las vocaciones. Una democracia no puede ser una vieja cascarrabias en la que dominen los ruidos y se silencien las ilusiones individuales y colectivas.
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