Orgullo felino
No hace falta recurrir al Instituto Nacional de Estadística para dar por hecho que en los últimos tiempos se ha producido un sorprendente aumento de la longevidad entre los gatos. He tenido gatos toda mi vida y puedo afirmar que, comparado con lo que suelen vivir ahora, antes no duraban nada. Justo lo contrario a lo que ha ocurrido con los electrodomésticos.
En mi experiencia, el antes al que me refiero comprende, más o menos, desde finales del franquismo. La resaca tardofranquista y hasta los primeros ochenta, épocas todas en las que, al igual que ahora, he tenido gato.
Su limitada esperanza de vida de entonces respondía a varias circunstancias. Una de ellas tenía que ver con el general embrutecimiento de los españoles, una población montuna que ante el simple avistamiento de un gato se veía poseída por una cruel pulsión que le urgía a pertrecharse de piedras para tirárselas.
También influía en ese alto índice de mortalidad lo poco que acostumbrábamos a llevar a nuestras mascotas al veterinario. Un descuido generalizado hasta el punto de que visitar con tu gato una clínica —antes escasísimas dada la falta de demanda— más que reflejar una enfermedad del animal indicaba cierta debilidad del dueño. En ambientes muy rupestres podría, incluso, ser la confirmación de que eras gay. La sospecha inicial estaba fundada en que te gustaran los gatos.
Un factor que ayudaba también a elevar la posibilidad de fallecimiento temprano era el riesgo que suponía la época de celo por la que, indefectiblemente, pasaban una vez al año. Peligro que ahora los amantes de los gatos sortean de manera drástica mediante la castración, aunque imagino que si los gatos leyeran pondrían serias objeciones a que se llamara “amante de los gatos” a alguien que los lleva a castrar.
Los peligros del celo afectaban sobre todo a los machos. Mis gatas, llegado febrero, comenzaban un estruendo de maullidos con los que daban a conocer a la vecindad su disposición a recibir propuestas indecentes. El poder de convocatoria de aquel anuncio jamás defraudaba y la azotea se convertía por unos días en centro de reunión donde mininos de todo el barrio se sometían al casting. La cosa no pasaba de ahí.
Cuando en casa en lugar de gata teníamos gato, el asunto se complicaba un poco. En febrero, nuestra mascota abandonaba su actitud monacal y el seguro confort de la hamaca en la salita de estar para, de la noche a la mañana, convertirse en un crápula que desaparecía y se entregaba a un tour por las azoteas en busca de alguna gata que gritara al mundo su deseo. Aquella gira duraba no menos de un mes y cuando volvía, si es que volvía, lo hacía escuálido, despeluchado, y, frecuentemente con alguna herida de guerra (media oreja arrancada, un ojo menos...) fruto de las riñas con otros casanovas. No sabemos qué opinarán ellos, ni qué tipo de vida preferirían, pero es un hecho que la castración ha prolongado más la vida de los gatos que la vacuna de la leucemia felina.
Y ahora ocupémonos de la imagen. La mejor prueba del progreso de este país es que, ante una escena como la que muestra la foto nadie sienta la urgente necesidad de hacerse con un par de piedras. O qué, si alguien la siente, estemos legitimados para llevarlo ante el juez.
Campar a nuestras anchas
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Esta instantánea, tomada en Arcos de la Frontera, dice mucho de cómo hemos mejorado. Y es también una forma inconsciente de conjurar un pasado lóbrego. Hay en esa despreocupada siesta pública y en ese impúdico relajo una dulce y pacífica venganza que ajusta cuentas con tiempos peores. Él no lo sabe, pero se está desquitando de otras épocas en las que ser gato era vivir eternamente en alerta, padecer la amenaza incesante de un peligro inconcreto.
La foto está tomada una mañana de febrero pero desconocemos si el animal dormita después de una noche de farra o vive ajeno a las pasiones amorosas tras haber visitado a un veterinario.
*Miguel Sánchez-Romero Guerrero es guionista y productor ejecutivo de televisión. Dirigió, entre otros proyectos, el programa 'El Intermedio' durante diez años.