Desayuno con avispas
El hotelito en el que estábamos alojados ofrecía la posibilidad de desayunar en el comedor o en una pequeña terraza exterior. En plena ola de calor, hubiera sido un pecado desaprovechar la oportunidad de disfrutar del único momento de frescor del día. Pero la terraza tenía un ligero inconveniente: la presencia de numerosas avispas.
Lo más normal para el hostelero habría sido que el hostelero localizar y destruir el avispero y solventar así el problema. No fue eso lo que hizo, sino que, en una sorprendente prueba de vocación hospitalaria, dispuso a lo largo del pretil pequeños cuencos con jamón de York a los que, para nuestra sorpresa —e imagino que la de ustedes—, se precipitaban las avispas como náufragos a un bufé.
Aunque el inconveniente se había solventado solo a medias porque, como puede apreciarse en la foto, siempre había alguna golosa que acudía a catar la miel con la que, invariablemente, acompañaban las tostadas. ¿Quién podría reprocharles la osadía? Las avispas son conscientes de su inusitado poder: un insecto de apenas un gramo de peso que puede hacer huir a un adulto de ochenta kilos. Son los drones de cuando no había drones.
Nos acompañaron cada uno de los cuatro días que pasamos en el hotel. Desayunabas intranquilo, sí, pero vivías el resto del día instalado en el reconfortante sosiego de quien ha sorteado un serio peligro. A P. mi actitud le parecía una exageración y me invitaba a relajar la vigilancia con esa frase tan poco tranquilizadora de “si no le haces nada, no te atacan”.
Yo le explicaba que al concepto “no hacer nada a una avispa” le falta algo de concreción, y que aquella misma que nos estaba sisando la miel podría ser una avispa ultrasensible y considerar mi costumbre de respirar la mayor de las ofensas. Como ejemplo, le conté que hacía algún tiempo me picó una en el cuello a la que difícilmente podía yo haberle hecho algo, pues ni siquiera me había percatado de su presencia. P., radical defensora de la mansedumbre de las avispas, argumentaba que “a veces, los colores chillones las estresan y se consideran atacadas”, y enseguida —cómo no— dirigía hacia mí las sospechas de haberla provocado de algún modo.
—¿Qué camisa llevabas?
—Una blanca muy pacífica, nada conflictiva. Hace dos años que la tengo y jamás se ha metido en líos —me defendía yo.
Afortunadamente, salimos indemnes de la estancia en aquel hotel tan considerado gracias a un acuerdo territorial al que llegamos con las avispas: ellas hacían lo que les diera la gana y nosotros nos estábamos quietecitos. Cada mañana, una o varias acudían a libar la miel de nuestras tostadas, hasta el punto de que valoré exigirles que pagáramos el desayuno a medias.
—Habla con la reina. Estas son obreras. Dedican su vida a servirla y protegerla para asegurar la supervivencia de la colonia —terció P., convertida ya en representante sindical de las avispas.
Campar a nuestras anchas
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Incapaz de traicionar mi conciencia de clase haciendo reproche alguno por su gorroneo a aquellas compañeras, recurrí a esa probada habilidad que tengo para salir por la tangente.
—La monarquía es lo que tiene, les hubiera ido mejor montando una cooperativa.
*Miguel Sánchez-Romero Guerrero es guionista y productor ejecutivo de televisión. Dirigió, entre otros proyectos, el programa 'El Intermedio' durante diez años.