Las rojas que no fueron (II)

Esta vez la vida que no puede ser empieza en el agua de Ceuta y termina en el fondo de ese mismo mar, con una mujer que quería jugar al fútbol y no la dejaron llegar a la otra orilla.

Esta semana han muerto en Ceuta un centenar de personas, una cifra que sube cada vez que entre las chanclas de playa que flotan a la deriva aparece otro cuerpo inerte. Impresiona el pasmo con el que contemplamos muerte y verano, como si ya fueran la misma cosa o, más bien, como si la primera de unos fuera la condición del segundo para los otros; como si lo normal fuera el mucho miedo que da el poco dinero que traen unos bolsillos, al mismo tiempo que a nadie se le pasa por la cabeza hablar de invasión cuando en el puerto de Barcelona desembarcan en un solo día miles de turistas de crucero, eso sí, estos con los bolsillos llenos.

Esta serie hablaba de las rojas que no fueron, mujeres de la República a las que la dictadura no dejó ser. Con Ceuta no puedo usar el pasado, ya que lo de estas mujeres no es lo que no fue, es lo que no puede ser, ahora, mientras escribo. No eran rojas como Nita sino personas migrantes, negras, subsaharianas, y la frontera las mató igual. Son las rojas negras que no pueden ser y escribo esto para salir de ese pasmo, y reconocer nuestra parte de responsabilidad en todo ello.

Una de ellas (quizás una de las muertes de la que más se ha hablado en redes sociales, maldito el morbo y la nula capacidad que tenemos para empatizar con lo ajeno) se llamaba Faten Ben Amar El Azizi. Jugaba al fútbol en el Mogreb Atlético Tetuán y se ahogó esta semana intentando cruzar a nado a Ceuta. Su club la despidió recordando que su sueño terminó antes de empezar, que no buscaba fama ni aventura, solo una vida mejor al otro lado.

Leyéndolo me dio hasta vergüenza recordar que la semana pasada le inventé a Nita, otra futbolista, el gol que la dictadura no la dejó marcar, y avisé de que era mentira, porque, a los 90 años de muerta, la ficción ya no le hace daño a nadie.

A Faten no me atrevo a inventarle nada. Podría haber sido hoy una Nita, jugar, envejecer y marcar en algún campo; pero no es Nita, es Faten, y está en el fondo del mar. A Nita la imposibilidad de ser le vino por ser mujer en una España en blanco y negro. A Faten le viene por ser mujer, pero también por migrante y pobre, todo a la vez, una imposibilidad que se multiplica exponencialmente hasta terminar en muerte. Como para no hablar de interseccionalidad cuando representarla parece que, literalmente, mata. Lo mínimo para mostrar nuestro respeto ante estas muertes es, de nuevo, reconocer que las condiciones para que se dieran empezaron mucho antes de que Faten decidiera lanzarse al mar y tienen todo que ver con el pasado colonial de una Europa más preocupada hoy por recrudecer sus fronteras que por reparar el daño.

Lo mínimo para mostrar nuestro respeto ante estas muertes es, de nuevo, reconocer que las condiciones para que se dieran (....) tienen todo que ver con el pasado colonial de una Europa más preocupada hoy por recrudecer fronteras que en reparar el daño

Con Marruecos, España tiene una deuda larga. Tuvo allí un Protectorado, gaseó a la población civil del Rif en los años 20 y, lejos de haberlo reconocido, hemos terminado por construir una relación más bien perversa y opuesta a esa lógica a la que apunta lo decolonial. España paga a Marruecos —y Europa con ella— para que le haga de guardia de fronteras, para que detenga en sus playas y en su desierto a quienes, de otro modo, llegarían hasta aquí.

Le hemos subcontratado el trabajo sucio, lo cual no vuelve inocente a Marruecos, que abre y cierra el grifo de la migración según le conviene, casualmente cada vez que España le molesta. Que el vecino sea cínico no nos exime de la parte que nos toca: haber levantado una frontera que mata y haber pagado para no verla. Y ni siquiera esto basta para comprender la magnitud de nuestra responsabilidad. Para salir de ese pasmo conviene hacer aún más memoria.

Porque la deuda no acaba en Marruecos: abarca todo el continente. Y por ello nunca, mientras no se haga justicia al respecto, se recordará lo suficiente que el Sáhara Occidental fue, entre 1958 y 1976, la provincia número 53 de España, con DNI, con funcionarios saharauis; tan provincia como cualquier otra, según el decreto. Y en 1975, con la Marcha Verde encima y Franco agonizando, España firmó unos acuerdos que repartían aquello entre Marruecos y Mauritania y se marchó, haciendo a sus habitantes dos cosas a la vez que siguen sin nombrarse: por un lado les quitó la nacionalidad que ella misma les había dado y, por otro, les robó el país propio que la descolonización les debía, el referéndum prometido que nunca se celebró.

La periodista saharaui Ebbaba Hameida lo dice sin rodeos: los saharauis son los refugiados de España. Y Laura Casielles, en Arena en los ojos, recuerda que la ley de memoria vigente, la que sí nombra las cunetas del franquismo, no menciona ni una sola vez el colonialismo en el Sáhara, ni en Marruecos ni en Guinea. Dice también Casielles que solo reconociendo lo que se hizo se puede imaginar otra manera de estar en el mundo. Por Faten, por todas, por estar cada vez más cerca de que esas vidas sean vivibles, voy a imaginarla.

En esta ucronía, Europa no se aferra a las colonias: las suelta de verdad. Se celebran referéndums y el Sáhara, entre otros, se convierte en un país, uno con bandera propia, fronteras propias y embajadas que contestan al teléfono. La República Árabe Saharaui Democrática, que en nuestro mundo existe solo a medias, sobre el papel y no sobre la tierra, en el otro mundo existe plenamente. Es un país y no va a ser el único que aparece en ese mapa, porque ese proceso de descolonización habría llenado el norte de África —el país de Faten incluido— de Estados que no llegaron a ser o llegaron rotos y expoliados, siendo esa la condición perfecta para que sus habitantes sigan muriendo ahogados.

En ese mapa, Faten es de algún sitio que no la expulsa. Mientras que a Nita el otro mundo le daba un estadio lleno, a Faten le da recursos, capacidad económica plena, un pasaporte que abre puertas en vez de cerrarlas y la posibilidad de cruzar el mar como lo cruzan quienes tienen papeles: enseñando uno y pasando. No sueña con Europa; no le hace falta. En ese mundo, Europa no es la salvación ni la tumba: es el vecino de enfrente y, si un día viene, viene de visita, de crucero si le da la gana —aunque tremenda horterada—, con una vida que tiene verano y no muerte.

Pero ese mundo no llegó, porque la deuda sigue sin pagarse. Europa hizo la colonia y ahora vigila la orilla para que aquellos a quienes empobreció no crucen. Y a esa cuenta pendiente la llama crisis migratoria, como si el muerto fuera un imprevisto y no el final previsible de un saqueo que nunca se saldó. Reconocer eso, salir del pasmo, es lo mínimo, aunque no baste.

Las rojas, las nadie, fueron aquellas mujeres a las que mató una dictadura que ya no está. No nos pueden resultar ajenas las que intentan tener otra vida hoy. Faten es una mujer a la que mata una frontera que seguramente sería completamente diferente si el mundo no estuviera ordenado por las necesidades y las ausencias de responsabilidad de una Europa racista y colonial

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Ángela Rodríguez 'Pam' es ex secretaria de Estado de Igualdad.

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