Juanma, Feijóo, Blas, Federico, Pedro… ¡y Vox a por todas!

El hispanista Ian Gibson durante la firma de libros en la Feria del Libro de Madrid 2023.

Yo estaba dispuesto, no hace mucho, a considerar a Juan Manuel Moreno Bonilla persona moderada, decente dentro de lo que cabe esperar de un político español de derechas, con una sonrisa agradable y un apreciable saber estar. Mucho carisma no me parecía que tuviera, pero presencia –digamos afable– sí. Me cayó especialmente bien en una fotografía sacada en Doñana mientras acompañaba allí a la entonces encargada de Medio Ambiente del Gobierno de Pedro Sánchez (apellidada con buen tino Ribera). Creía ver en la imagen a alguien seriamente preocupado por la frágil situación del Coto y decidido a actuar, a colaborar con la Moncloa. Como ornitólogo vitalicio que soy,  con amor en especial a las aves acuáticas, para mí Doñana es un espacio sagrado, único, donde he pasado horas entrañables. Y me hizo feliz pensar que, por una vez, la Junta y el Gobierno central iban a trabajar codo con codo para conseguir que se cuidara mejor la reserva, pensando en el interés común de los españoles… y del mundo.  

Luego tuve otro motivo para seguir teniendo cierta fe en Moreno. Y es que, en 2018, un diario de Granada recogía la noticia de que, en una reciente visita a la ciudad, había dicho, al referirse el autor de Bodas de sangre: “El gran objetivo es recuperar los restos de este gran poeta granadino”. ¿Ah, sí —pensé— has llegado ahora a esta conclusión, cuando tu partido lleva años negándose a mencionar el penoso asunto? De ser cierto, seguí rumiando, enhorabuena por el cambio de actitud. Cambio políticamente inteligente, además, en vista del lamentable fracaso de los socialistas locales por localizarlos en 2009. 

Moreno Bonilla nunca ha tenido la decencia de personarse en la inmensa fosa común de Pico Reja para expresar su solidaridad con las familias de las miles de víctimas de Queipo de Llano

El PP no le hizo mucho caso a Moreno, de todas maneras. En 2020, uno de sus representantes en Granada, un tal Membrillo, se distinguió llamando “memez histérica” a la “Memoria Histórica” y alegó luego, en su defensa, que se refería con ello a “la crítica selectiva de algunas personas que visibilizaban a unas víctimas sólo”. ¡Eso cuando a lo largo de la dictadura los ganadores exhumaron metódicamente a los suyos! Lo realmente indicativo, con todo, era que cuatro años después el PP granadino propuso a dicho individuo como –nada menos– nuevo director del Patronato García Lorca de la Diputación Provincial. Propuesta lamentable que, por fortuna, no salió adelante.

Todavía con Moreno Bonilla, me han asegurado desde Sevilla que nunca ha tenido la decencia de personarse en la inmensa fosa común de Pico Reja para expresar su solidaridad con las familias de las miles de víctimas de Queipo de Llano —el mayor asesino de andaluces de todos los tiempos— y sus sanguinarias huestes. Qué decepcionante. Qué ruin. 

Lo cual me recuerda que el –desde todos los ángulos– insulso e inepto Alberto Núñez Feijóo, preguntado por la exhumación del general traidor —enterrado con todos los honores en la basílica hispalense de La Macarena—, declaró que, a su juicio, había que dejar a los “políticos muertos” en paz.  Hay que ser un cínico e hipócrita absoluto. ¡Queipo de Llano, político muerto! Más bien asesino de cabo a rabo, hasta el meollo, que instigó incluso a sus Regulares, por la radio, a violar a las mujeres de los rojos para que se enterasen de la diferencia entre hombres de verdad y maricones.

Feijóo ha dicho múltiples tonterías, burradas y fatuidades. No le parece interesar para nada la cultura, empezando con  la gallega

Feijóo ha dicho múltiples tonterías, burradas y fatuidades. No le parece interesar para nada la cultura, empezando con la gallega. Nunca le he oído una referencia a Rosalía de Castro, por ejemplo, ni a Ramón del Valle-Inclán (seguro que no ha leído ni visto representar Luces de bohemia, que falta le hace pues él mismo es un auténtico esperpento); ha dicho que no es preciso saber inglés, ya que hay traductores, o sea que ni le suena lo de traduttore, traditore, juego de palabras universalmente celebrado; y otras simplezas por el estilo. Es que da pena.

Me resulta imposible no insistir sobre la hipocresía de las derechas españolas —da igual PP o Vox— al querer negar la radical criminalidad del régimen de Franco, sobre la cual, que yo sepa, el actual jefe de Estado no ha hecho jamás la menor alusión pública. Tampoco su padre, por supuesto. ¡Como si nunca hubiera existido!  Pero, por dios, ¿es imaginable tal obcecación cuando se sabe que España, después de Camboya, es el país del mundo con más víctimas aún sin exhumar de una dictadura? ¡La  nimiedad de unos 115.000 desaparecidos tirados como basura a cunetas, fosas comunes y pozos e, incluso, como relleno en las criptas de Cuelgamuros!    

Me resulta imposible no insistir sobre la hipocresía de la derechas españolas —da igual PP o Vox— al querer negar la radical criminalidad del régimen de Franco

Yo esperaba, ingenuamente, que en el discurso inaugural de su nuevo mandato, Moreno aludiera otra vez al caso de Lorca, el poeta y dramaturgo español más amado del mundo, auténtica gloria andaluza, nacional e internacional. Pero no. Lo que sí hizo fue referirse a —¿al lector le suena el nombre?— Rafael Guillén. Dicho bardo, Premio Nacional de Literatura en 1994, murió en su Granada natal en 2023, a los 90 años. No sé por qué diablos le citó Juanma, puesto que a estas alturas resulta prácticamente un desconocido.     

Luego, Blas Infante, eliminado por los sublevados el 11 de agosto de 1936 —una semana antes de que acabasen con Lorca—, y considerado por el Estatuto de Autonomía como Padre de la Patria Andaluza. El presidente no dejó de asistir en el Parlamento autonómico a la ofrenda floral anual allí ofrecida al Fundador pero, eso sí, soltó durante ella una chorrada indigna. Infante, dijo, “fue asesinado por ser demasiado humano”. No participó en el acto Vox, ausencia sistemática a partir de su irrupción en el Parlamento en 2018, pero claro, Moreno no comentó al respecto ni pío.    

Lo que percibo, deduzco, me malicio, preveo y advierto, observando en la pantalla pequeña a Manuel Gavira, máximo adalid de Vox en Andalucía, es que con él Bonilla va a tener, y muy pronto, un problema gordísimo. Es más, y a lo mejor Juanma lo intuye, se lo va a comer. Porque se trata de una persona muy segura de sí misma, ufana, inclinada al hybris, con indudable carisma, y que además no oculta el desprecio que le produce la tibieza de ciertos sectores del PP. Obsesionado con la maldita "prioridad nacional", lo que quiere Gavira es, entre otras cosas, el control (sobre todo editorial, periodístico) de Canal Sur. Me parece un individuo maquiavélico a más no poder. Con  la ventaja añadida, siendo xenófobo de arriba abajo, como sus compañeros de partido, de no tener rasgo semita visible, a diferencia de Abascal, cuyo físico y apellido denotan su indudable procedencia del otro lado del Estrecho, sin que para nada le compense el correctivo de su llamativo nombre de pila (por cierto, parece ser que a Gavira, pese al aspecto “normal” de Bonilla, le entretiene tildarle de “Juanma Moruno”).  

Lo realmente decepcionante de las derechas españolas de hoy es no haber podido generar un líder moderado y culto, con carisma y soltura

Siguiendo con Abascal,  acabo de tropezar con las investigaciones sobre su abolengo debidas a Filomeno Rubio, según las cuales el líder de Vox es descendiente de un caudillo árabe, Ab-Hascal, muerto en la Batalla de Cuenca en 1234.  

¿Cómo se puede ser maurófobo, así las cosas? Negar de dónde viene uno no tiene sentido alguno cuando casi sin excepción todos los seres humanos tenemos en las venas una mezcla de sangres, y en la Península Ibérica más que en otros muchos sitios. Es ridículo y pueril, sobre todo por parte de los que creen que son hijos del mismo dios, y que hay que suponer conocedores del mandato de Cristo de amar al prójimo como a uno mismo. Me imagino que Abascal, como los otros ultras, se cree buen católico, ¿o no? Pues a mi juicio en absoluto lo es.   

Lo realmente decepcionante de las derechas españolas de hoy es no haber podido generar a un líder moderado y culto, con carisma y soltura ante las cámaras de televisión, capaz de hablar y convencer sin tener que leer lo que le han preparado otros.  

Yo esperaba, ingenuamente, que en el discurso inaugural de su nuevo mandato, Moreno aludiera otra vez al caso de Lorca

Y aquí, forzosamente, me tengo que referir a Pedro Sánchez, el Cary Grant de la política internacional. Los del otro bando no lo van a admitir nunca, jamás, pero su evidente envidia al respecto les envenena, no tengo la menor duda de ello. “Lo que en otros no envidiaban / ya lo envidiaban en mí”, ya se sabe el porqué del asesinato de Antoñito el Camborio. Lorca era muy consciente de la envidia y el odio que suscitaba entre las derechas de entonces, o sea las de siempre, que contribuyeron a su martirio. Alto, guapo, elegante, discreto, diplomático, sonriente, muy a gusto ante las cámaras, muy suelto en inglés... ¿cómo no va a provocar Sánchez envidia en un país especializado, según Unamuno y otros pensadores españoles, en este pecado mortal? Condición que, por cierto, padecía el joven Salvador Dalí cuando estaba con el poeta granadino y así lo confiesa sin ambages en sus memorias, diciendo que no se la desea a nadie porque la envidia pudre por dentro a sus víctimas.

"Se ha normalizado llamar ‘hijo de puta’ al presidente —dijo el otro  día, en una entrevista con El País, Nicolás Sartorius—. El odio a Sánchez, el nivel de los insultos y acusaciones contra este Gobierno, no lo he visto en otras épocas. Es tóxico. Un encono malsano”. Solo le faltó añadir la envidia. Incluso sospecho que el miserable megalómano y machista inquilino de la Casa Blanca, cuya opinión sobre España y los españoles varía de minuto a minuto —y quien, por cierto, habla un inglés pobrísimo— se da cuenta de que en Sánchez tiene un rival de primera magnitud.

Para ir acabando este desahogo, permítanme, por favor, unas reflexiones finales, con alguna ironía incluida. Los españoles padecen, según mi criterio, desde hace siglos y no solo a partir de la “capitulación” de Granada, en 1492 —o sea del último bastión de la “morería” en la península—, una inseguridad identitaria que les impide permanentemente avanzar como sociedad consolidada. Los poderosos de siempre, apoyados en la Iglesia católica, les han llenado la mente, desde hace una eternidad, de fake news al respecto, y el terror a ser denunciados por heterodoxia ha calado tan hondamente —profundizado por los cuarenta años de la dictadura de Franco—, que sus secuelas siguen manifiestas hoy por doquier. Italia no es así, ni Francia, Gran Bretaña (Inglaterra, Escocia, País de Gales) ni la Alemania posnazi, con excepciones, claro.

Los españoles son mestizos de raíz y no lo quieren saber. No quieren darse cuenta de que hay unas cuatro mil palabras árabes en su léxico y muchos miles más de topónimos, cada uno con su significación. Si los ultras llegan al poder, sería conveniente, les sugiero, que ejecutasen una limpieza lingüística radical, empezando por el nombre de la capital de la nación. Por cierto, puesto que, según muchos expertos en la materia, “España” deriva del cartaginés “tierra superpoblada de conejos”, habría que cambiarla también.      

Aquí, de árabe no se enseña nada a los jóvenes pese a su ubicuidad cotidiana, desde la exclamación “¡ojalá!” (“¡que Alá quiera!”) hasta toda una larga cadena de vocablos cotidianos. Es, de verdad, lamentable, patético. Yo tuve la suerte, gracias a un excelente profesor, de tropezar joven con el término “etimología” y, desde entonces, he pasado cientos y cientos de horas buscando la raíz de las palabras que utilizamos, cada una de las cuales tiene su historia, su evolución. Saber de dónde proceden los términos que nos moldean como seres humanos es altamente enriquecedor. Darse cuenta de que "naranja", "berenjena", "limón", "acequia" o "almacén" proceden del árabe —elijo al azar— es aprender historia, es disfrutar. Pero no, ellos no quieren saber. Y ahora viene Rajoy a decir barbaridades de los franceses, sin disculparse, claro, porque en España casi nadie se disculpa nunca. Termino citando la burricie que pone Lope de Vega en boca del protagonista de Peribáñez y el Comendador de Ocaña (coetáneo del Quijote) delante del poderoso mandatario que desea poseer a su mujer:

        Yo soy un hombre,

        aunque  de villana casta,

        limpia de sangre, y jamás

        de hebrea o mora manchada.

¿Y cómo lo sabes, amigo? ¿Quién te ha convencido de la pureza inmaculada de tu sangre? ¿Algún corrupto sería de las múltiples empresas picarescas dedicadas entonces a la elaboración de falsas genealogías? Hazte una pruebas de saliva y verás.

Los españoles, se quiera o no, repito, son mestizos. España podría ser uno de los países más civilizados del mundo, puente entre Oriente y Occidente, crisol, amalgama incomparable de culturas. Y no lo es. Porque ellos, los susodichos poderosos, no lo quieren aceptar. Y así va el país con su amasijo de complejos nunca resueltos.   

Todo latifundio andaluz es ilegal en su origen

Todo latifundio andaluz es ilegal en su origen

La única solución, a mi juicio —y estoy de acuerdo con Pessoa, Saramago y otros muchos— sería una República Federal Ibérica. Así, en vez de borrar a Portugal del mapa, como ocurre cada día y noche en los boletines meteorológicos de la tele patria —¡con alguna referencia al “oeste peninsular” cuando se trata del calor que hace en Badajoz!—, sabríamos qué tiempo va a hacer mañana en Lisboa y qué tal les van a los lusos sus incendios forestales. Pero nada. Es de verdad patético. 

No insisto más. Buenas noches, como tituló Mariano José de Larra en uno de sus más mordaces artículos antes de pegarse un tiro de desesperación en 1837.  

*Ian Gibson es hispanista y biógrafo de Lorca, Dalí, Buñuel y Machado.

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