Campar a nuestras anchas
Los babyboomers de provincias no tuvimos parques; tuvimos descampados. Un urbanismo menos humanista que el actual nos condenó a buscarnos nuestras propias zonas verdes. Aunque, fiel a su etimología, en el descampado el verde no abundaba. Si acaso una pelusilla de hierbajos de la que apenas quedaba huella en cuanto se jugaban un par de partidos de fútbol.
Eso sí, el descampado era un páramo botánico, pero un vergel de diversiones. Una auténtica zona multiusos que lo mismo servía de punto de encuentro, cancha deportiva, liza de justas pandilleras o campo de tiro en el que ejercitar la puntería (generalmente, en preparación de alguna de esas justas). ¿Quién necesitaba un parque si ese espacio en el que dominaba la nada nos proporcionaba todo lo que en aquel tiempo precisábamos? ¿En qué parque iba a estar permitido encender hogueras al caer la tarde?
Además, donde yo crecí —un pueblo con vocación de isla en el que el mar y una extensa playa se encontraban, como quien dice, al final de cada calle— las autoridades debían de pensar que un parque era poco menos que una extravagancia innecesaria. De hecho, el primero que recuerdo nació fruto de la necesidad de dar uso a los terrenos del viejo cementerio que, antaño situado en unas afueras no demasiado lejanas, había acabado siendo engullido por el crecimiento urbanístico de la localidad. Como podrán imaginar, tuvo que pasar una generación para que ese parque tuviera visitantes. Ni siquiera el reclamo de hacerle albergar pavos reales fue suficiente para que quienes lo habían conocido como cementerio se animasen a visitarlo.
Pero incluso los pavos parecen reacios a permanecer allí. Hace poco, una pareja de ellos insistía una y otra vez en escapar del recinto y pasear su exótica exuberancia por el pueblo, todo lo lejos que la alarma de los vecinos les permitiera. Yo tenía una teoría sobre el asunto: no eran dos pavos cualquiera, sino fantasmas de dos roteños que conocían el lóbrego pasado del lugar y no les resultaba agradable vivir allí.
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Una mañana, cuando acudía al supermercado, me encontré con ellos y no pude resistir la tentación de grabarlos con la esperanza de que, al tratarse de espectros, su imagen no apareciera en el vídeo. Pero sí que aparecen, sí. Tan tranquilos, deambulando distraídamente por la acera, como haciendo tiempo. Lo cual confirmó, aunque con un ligero matiz, mi teoría: no son fantasmas, son dos roteños reencarnados y ese día estaban esperando a que abriera el Mercadona.
Respecto al descampado de la foto, me encontré con él callejeando por Tavira, en el Algarve portugués. Tenía sillón y cuartito anexo por lo que podríamos categorizarlo como Descampado con Encanto.
*Miguel Sánchez-Romero Guerrero es guionista y productor ejecutivo de televisión. Dirigió, entre otros proyectos, el programa 'El Intermedio' durante diez años.