MIGRACIONES

Treinta años después de cruzar en Ceuta, los hijos de Hicham van a la universidad tras bachilleratos de excelencia

Hicham y Karima, junto a sus hijos Haitam, Adam y Umaima.

La madrugada del incendio que arrasó la sierra madrileña, Haitam (19 años) llevaba solo tres horas dormido cuando tuvo que abandonar su casa. Su familia y sus vecinos de Colmenar del Arroyo (un pueblo de 2.053 habitantes en la Sierra Oeste, a 53 kilómetros de la capital) fueron evacuados por el humo y las cenizas que ya cubrían el pueblo. Ellos encontraron refugio en Las Rozas, en casa de un amigo de Haitam.

Acababan de regresar de un viaje a Cádiz. Llegaron a casa hacia las seis de la madrugada del 24 de julio y apenas pudieron dormir. A las 11 de la mañana, despertaron a Haitam porque el fuego estaba cerca.

“Era imposible quedarse”, recuerda. Poco después de que lograran salir, las carreteras quedaron cortadas. El fuego, que la presidenta de la Comunidad de Madrid llegó a calificar como “el peor incendio de la historia de la región”, no alcanzó el casco urbano de Colmenar del Arroyo. Por eso, cuando pudieron volver, todo seguía en pie.

Aquellas horas de incertidumbre se suman a la historia de una familia que lleva 30 años construyendo su vida entre Marruecos y España.

De marino a las cocinas de media España

Hicham, el padre de Haitam, tenía 21 años cuando cruzó a España por Ceuta, la misma frontera por la que, tres décadas después, decenas de miles de personas han vuelto a intentar entrar en busca de un futuro mejor

Corría 1995 cuando dejó Larache, una ciudad al norte de Marruecos, donde trabajaba como marinero, un oficio que, según recuerda, tenía “pocos derechos”. Su objetivo era llegar a Holanda, pero decidió hacer una parada en Colmenar, donde vivía su hermana. “Mi intención nunca fue quedarme en España”, comenta. Le ofrecieron trabajar unos días en un restaurante para ganar algo de dinero antes de seguir su viaje al centro de Europa. Pero, lo que iba a ser una semana de trabajo, se convirtió en un contrato. Tuvo suerte, el dueño le tramitó los papeles y se quedó allí hasta 1999. Aquella oportunidad le abrió más puertas. “El dueño abrió nuevos locales y me llevó solo a mí con el jefe de cocina”.

En 1999 decidió retomar su plan inicial. “Me cansé de España y me fui a Holanda”. A partir de ahí, la vida de Hicham se cuenta entre fogones. Se convirtió en jefe de cocina de un restaurante marroquí hasta 2003, cuando regresó a España porque su antiguo jefe le pidió que volviera tras sufrir un accidente. Después trabajó en El Real Ingenio Chico, en Segovia; en un establecimiento de Los Ángeles de San Rafael y en otro de Alcalá de Henares. En 2009 volvió a Holanda durante seis meses para diseñar la carta de un restaurante español en La Haya; más tarde pasó tres años junto a la mezquita de la M-30 y regresó de nuevo a Holanda entre 2015 y 2018, hasta que sus hijos, ya adolescentes, dejaron claro que no querían mudarse con él.

Hicham viajaba de vez en cuando a visitar a su familia a Marruecos, aunque nunca se quedaba más de un mes. Fue en una de esas visitas cuando se casó con su mujer. “En agosto de 2003 me casé y volví a España para arreglarle los papeles a mi esposa”. Karima llegó a España en 2004, embarazada de Adam, el mayor de los tres hermanos. Se habían conocido en Marruecos, donde ella había estudiado Derecho, especializada en procedimiento penal, aunque nunca llegó a ejercer. “Me casé el mismo año que terminé la carrera y no me dio tiempo a nada más”. En España, el idioma y la crianza de los hijos le cerraron la puerta a la convalidación de su título. Los tres hermanos, Adam de 21 años, Haitam de 19 años y Umaima de 16, nacieron ya en España. Haitam describe la casa familiar como un reparto casi exacto entre las dos identidades: “Con mis padres hablamos marroquí, entre hermanos hablamos más español”. La comida, la decoración, los muebles, dice que “son más de Marruecos que de aquí”. Y es que aún hay lazos familiares que les unen, como es la familia de su madre que siguen en Larache, de la parte de Hicham queda aún su madre y algunos hermanos.

El pueblo como forma de vida

Hicham y Karima decidieron que preferían criar a sus hijos en un pueblo pequeño antes que en una ciudad como Madrid. “Hay mucho más control que en la ciudad”, sostiene el padre. Haitam lo confirma desde su propia experiencia. “Cuando me cambié de instituto a Las Rozas, allí todo pasaba por el móvil, había que organizar cada quedada con antelación. En el pueblo hay situaciones mucho más espontáneas. Te encuentras con tus amigos al salir de casa”, cuenta.

Tras años trabajando en cocinas de España y Holanda, Hicham logró abrir su propio restaurante. Tras cerrar un primer negocio en Navas del Rey, la familia inauguró el Bar Casa Mariano, en Colmenar del Arroyo, en febrero de 2026. El negocio es, al mismo tiempo, el sustento y la ausencia. “Antes, cuando trabajaba en restaurantes ajenos, tenía turnos partidos pero jornadas más previsibles; ahora tener el bar significa estar siempre disponible”, dice Hicham. "En casa pasamos muy poco tiempo", confirma Haitam.

Karima ha vivido esa exigencia desde distintos frentes. Durante años trabajó junto a su marido en el bar y, desde hace dos meses, cubre una baja en una residencia de mayores. “Aquí estoy aprendiendo cosas nuevas, como cocinar para muchos comensales”, explica. Además, sigue encargándose de la parte administrativa del negocio, papeles y nóminas, “la parte que a él no le gusta”, dice entre risas.

Los tres coinciden también en que nunca han sufrido un episodio de racismo que haya marcado sus vidas. Hicham asegura que siempre se ha sentido “muy acogido”. Karima recuerda que nunca tuvo problemas ni en el colegio de sus hijos ni en sus trabajos, donde ella llevó hiyab con total normalidad. Haitam tampoco habla de discriminación directa, aunque sí de comentarios aislados. “Ese tipo de actitudes las veo más en redes sociales que cara a cara”.

Dos hermanos con bachillerato de excelencia

Haitam recuerda una frase que su padre les ha repetido desde pequeños: “Yo tengo la excusa de no haber nacido aquí y de aceptar cualquier trabajo, incluso donde me exploten. Vosotros no”.. Karima lo expresa de una forma parecida. “Nosotros trabajamos el doble por ser inmigrantes. Vosotros tenéis que sacar una carrera aquí para vivir mejor”, les repetía. Esa idea marcó la educación de los tres hermanos. 

Adam y Haitam cursaron el bachillerato de Excelencia. Hoy, Haitam estudia Ciencia de los Datos Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid y este verano compagina la carrera con su primer trabajo.

Esa exigencia, admite, no siempre fue fácil. “De pequeños había mucha disciplina. En bachillerato ya nos dejaron a nuestra bola y la presión pasó a ser nuestra”.

Adam estudia Comercio y Umaima cursa el bachillerato de Ciencias. “Nunca les he dicho lo qué tienen que estudiar. Solo que hagan algo que les guste y lo saquen adelante” resume Hicham.

Ceuta, un espejo

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Las imágenes de Ceuta han removido los recuerdos de Karima. Habla de hospitales donde “aunque tengas dinero, el médico no está” y de aulas de hasta 50 alumnos para explicar por qué tantos jóvenes se juegan la vida en el mar. Pero también les manda un mensaje: “A quienes están pensando en venir les diría que aquí tampoco es fácil: hay que trabajar y luchar”. Hicham lo vive con una emoción distinta. Él cruzó esa misma frontera con poco más de veinte años. Lamenta las muertes y cree que detrás de lo ocurrido “hay una decisión política”.

Haitam, que nació ya en España, teme que episodios como este alimenten prejuicios contra quienes, como él, han crecido aquí. “Esos chavales solo quieren cambiar su vida, como quiso hacerlo mi padre”, dice.

El mismo sueño que empujó a Hicham a cruzar la frontera por Ceuta hace 30 años sostiene hoy la vida de esta familia en Colmenar del Arroyo. Sus hijos ya no piensan en emigrar, pero sí en continuar el camino que empezaron sus padres: construir su futuro donde nacieron.

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