Limpian, rezan y denuncian: así defienden el lago de Atitlán en Guatemala las mujeres maya tz'utujiles
Lo que cae en el lago Atitlán no se va fácilmente. Hace 84.000 años, un volcán colapsó y creó un hueco tan grande que nadie sabe con precisión hasta dónde llega su profundidad. Hoy, a su alrededor se levantan 13 pueblos de comunidades mayas y tres volcanes: Tolimán, San Pedro y Atitlán.
San Pedro La Laguna, en el departamento de Sololá, Guatemala, es uno de esos pueblos. Allí vive Salvador Quiacain Sac. Son los años 50, y el niño maya tz'utujil tiene siete años. Todavía no conoce la escuela. Tampoco lo que es un recipiente de plástico.
Baja corriendo con sus amigos a la orilla de ese lago al que sus abuelas le enseñaron a respetar: "Formábamos como un huacalito con la palma de nuestras manos y bebíamos agua limpia, agua pura. Nada de contaminación".
Vuelve a su casa después del juego. Y quiere seguir. Pero el agua aún no llega por ningún caño ni canilla: la acarrean las mujeres hasta la casa, donde hay un lugar especial donde se almacena. Él y sus amigos quieren jugar con ese agua guardada, pero no los dejan.
Entonces aprovechan lo que llaman el agua de nixtamal, esa donde se coció el maíz, y también el agua de masa, la que queda después de que madres y abuelas se limpian las manos tras hacer las tortillas. Y con eso hacen lío.
Así es la vida de Salvador hasta 1962. Hasta que aparece un tubo con el “agua potable”. Y más tarde, el plástico.
Entonces la economía de San Pedro de la Laguna dependía de la agricultura: milpa, frijol, tomate, garbanzo, aguacate. Hoy son el turismo, las artesanías, la construcción, los negocios.
En los pueblos que rodean el lago viven casi 154.000 personas. Sólo en 2022, llegaron a Sololá más de 200.000 turistas. Los hoteles y restaurantes se acumulan en sus orillas. Los tuctucs —un tipo de moto taxi de tres ruedas— y las motos son los medios de transporte que más se ven.
Hoy el lago ya no es el mismo: está contaminado en un 70% y tiene más de 128.000 partículas de microplásticos por kilómetro cuadrado.
Es muy temprano por la mañana. Las mujeres —faldas largas tejidas, blusas con flores bordadas— inician el día con un rezo, una oración pidiendo tener éxito, estar protegidas y poder hacer la labor que se propusieron: limpiar el lago.
Están paradas en la madera del muelle de San Pedro La Laguna, sobre el lago de Atitlán. Un lago reconocido como uno de los más lindos del mundo. Alrededor hay cayucos turísticos amarrados, una pared de piedra pintada con un mural de animales coloridos y un cartel rojo de cerveza Gallo que da la bienvenida a un restaurante. Abajo, el agua se mueve oscura y unas cubiertas de auto viejas cuelgan como defensas contra los botes.
Ellas son las Guardianas del Lago y el Colectivo Tz'unun Ya', antes de empezar la jornada.
Se organizan: llevan bananos, sandías y unos tamales que compartirán durante el día. También llevan costales —sacos grandes de lona— para recoger la basura de lo que consumen.
A un lado espera, con sus compañeros, Mario González, bombero voluntario de Guatemala, hombre rana, como le dicen. Desde hace seis años participa en las labores de limpieza subacuática del lago de Atitlán.
El grupo acuático de los bomberos —integrado por hombres y mujeres rana— suele hacer rescates, pero hoy acompaña al colectivo, que paga los tanques de oxígeno que se usarán durante la jornada.
Mario no tiene una cifra exacta de la cantidad de basura que vienen sacando en estos años. Lo que sí tiene claro es la diversidad de lo que encuentran: jaulas que usaban los pescadores de antes y que ahora están abandonadas en el fondo, llantas, envases de vidrio, plásticos.
"Se hace más seguido, entonces se ha mantenido un poco más limpio. Y hay más turismo que viene acá", dice, ya subido a la lancha, con su uniforme naranja y negro. Atrás, el lago se extiende hasta los volcanes conocidos como “los tres gigantes”, que esa tarde están casi borrados por la neblina baja.
Hay dos lanchas, se suben dos equipos y comienzan a mapear el área que van a limpiar. Lo hacen en las desembocaduras de los ríos o en los lugares a los que llegan las corrientes de Panajachel, el primer pueblo al que se accede por tierra, el más turístico de la zona, desde donde llega una parte importante de la basura.
En la lancha suben también costales para recolectar lo que los hombres rana van sacando. Los bomberos se sumergen y comienzan la recolección. Llevan cámaras GoPro para grabar bajo el agua que hay en los sedimentos. Ese día, lo que más encuentran son llantas de autos en el fondo del lago.
El resto de los grupos empieza a caminar por la playa pública, donde recoge botellas, latas y vidrio y los separa en distintos costales. Después reúnen todo en el muelle principal de San Pedro y, cuando tienen una buena cantidad, las lanchas trasladan los residuos hasta otro muelle, donde está el basurero.
Al terminar, el colectivo prepara un almuerzo en agradecimiento a los hombres y mujeres rana y a los vecinos que se sumaron a limpiar. Se reúnen, comen y rezan otra vez. Los bomberos no son de la localidad, así que, después de comer, regresan a Panajachel.
Cada mes, esta actividad se repite.
“Cuando yo crecí aquí estaba limpio. Ahora hay mucha basura”, dice Josefa Sajqui mientras levanta una botella de gaseosa y la mete en un costal.
Claudia y Josefa Sajqui llevan 13 años haciéndolo. Quieren que los niños que están creciendo puedan ver cómo ellas limpian y continúen el legado, que el lago se mantenga lo más limpio posible. También quieren enviar un mensaje a los turistas: no dejen basura en la calle ni en la playa y, mucho menos, en el agua.
Un día de 2009, el lago amaneció distinto. Era la cianobacteria la que desprendía aquella pestilencia insoportable. La comunidad de San Pedro La Laguna reaccionó de inmediato. Grupos de catequistas, pastores y diáconos bajaron a la orilla del lago para rezar, celebrar misas y realizar cultos, pidiendo por la salud del agua.
Las cianobacterias también se conocen como algas verdeazules. En realidad, son organismos que están presentes en los cuerpos de agua y no siempre son dañinos: depende de la cantidad.
“Si bien se producen de forma natural, la actividad humana influye en la magnitud de la proliferación de cianobacterias tóxicas. Por lo tanto, la gestión de lagos, embalses y ríos para prevenir la proliferación de cianobacterias es fundamental para proteger la salud humana”, explica la Organización Mundial de la Salud.
La cianobacteria prefiere altos índices de nitrógeno y fósforo. Entre más de estos hay, más cianobacterias hay. Cuando las aguas residuales no están tratadas, suben estos índices.
Según el Informe de Monitoreo Limnológico de la Amsclae (Autoridad para el Manejo Sustentable de la Cuenca del Lago de Atitlán y su Entorno), entre los factores que lo contaminan figuran la escorrentía pluvial, la descarga de aguas residuales (tratadas o no), la contaminación de las aguas subterráneas por aguas residuales, el ingreso continuo de sedimentos por el cambio del uso del suelo y la extracción de material de construcción, así como la materia orgánica, los residuos y desechos sólidos y los agroquímicos.
La autoridad, que depende de la Secretaría de la Vicepresidencia de la República de Guatemala, explica que las cianobacterias pueden ocasionar “cambios en la calidad del agua y efectos negativos sobre la salud humana, debido a la producción de toxinas”.
Un artículo de la NASA explica que el lago de Atitlán se ha visto amenazado por la proliferación masiva de algas que enturbian sus aguas cristalinas: “En 2009 y 2015, las proliferaciones masivas de algas amenazaron con causar graves daños ecológicos”.
Ese olor espantoso que emergía del lago llevó a las mujeres hasta sus orillas y las convirtió en Guardianas del Lago. Fue entonces cuando comenzó lo que todavía hacen cada mes: limpiar.
Elsa Yojcom Juárez es una de ellas. Tiene 56 años, nació y se crió en San Pedro La Laguna. Habla el tz'utujil y tiene tres hijas. De pequeña y, después, como madre, bajaba cada día a lavar la ropa al lago. Era costumbre. Hasta el 2009.
“Cuando la cianobacteria bajamos a orar. Vamos con las mujeres para que se sane el agua. De ahí nos organizamos como mujeres. Cada 15 bajamos a limpiar. Buscamos apoyo. Así empezamos, hace ya como 16 años”, dice sentada en una silla plástica, en una sala donde apenas cabe otra silla. Detrás hay un cuarto, un ropero y una cama.
Es una mujer sencilla, habla poco, pero se comunica con claridad. Hoy lidera a los grupos de Tz'unun Ya' cuando les toca hacer las jornadas de limpieza. En la casa de Elsa, como en casi todas las casas de San Pedro, hay un lugar pensado exclusivamente para hacer la separación de residuos en pequeños costales de papel y plástico.
En 2018 se publicó un estudio en la Universidad del Valle de Guatemala que fue clave para sumar la voz de la ciencia a lo que las organizaciones mayas de los alrededores del lago llevaban años denunciando.
Ninoshka López, la bióloga responsable del estudio, concluyó que el lago estaba contaminado en un 70% y que el problema no se limitaba sólo a la cianobacteria: encontró 128.763 partículas de microplásticos por kilómetro cuadrado.
“La distribución de microplástico en el lago solo se pudo explicar a través del viento para época lluviosa. Existen otros factores que deben ser evaluados. Las autoridades pertinentes deben generar estrategias que permitan tratar la contaminación del lago por microplástico”, señala el estudio.
Sergio Izquierdo, fotoperiodista que ha trabajado para National Geographic y fundador de la ONG Rescue The Planet, dio a conocer ese y otros estudios durante una conferencia de prensa en marzo de 2025.
No son solo los 13 pueblos situados a orillas del lago. Un total de 19 municipios drenan hacia la cuenca. "No es solo el plástico —dice Izquierdo—, sino los desechos humanos, los fertilizantes y los pesticidas que ayudan a que prolifere" la cianobacteria. A ello se suman los basureros clandestinos y la mala gestión de los residuos que terminan llegando al lago.
Aunque haya muchos factores, para el especialista lo que más contamina son las botellas y otros plásticos de un sólo uso, además del duroport —poliestireno expandido, las pelotitas blancas—. “No hay latas ni vidrio tirado porque eso la gente lo recoge porque tiene valor. Lo que hay es basura orgánica y plástico”, explica.
Las Guardianas y el Colectivo Tz’unun Ya’ ya lo sabían. Por eso se movilizaron y lograron, en 2016, una normativa histórica: el acuerdo municipal 111 prohibió el uso de plástico de único uso, pajillas y duroport. El objetivo de toda la comunidad era proteger el lago de la contaminación.
Toda persona individual y jurídica que haga uso de estos productos de único uso, inútiles y no reusables, pajillas, duroport y sus derivados, será sancionada con una multa de trescientos quetzales exactos.
300 quetzales (la moneda de Guatemala) son unos 39 dólares. La sanción para las empresas es mucho mayor. Además, en caso de reincidencia la multa se duplica.
A las empresas que comercialicen y distribuyan bolsas plásticas, duroport, pajillas y derivados, dentro del municipio de San Pedro la Laguna, se le sancionará con una multa de quince mil quetzales exactos (Q15.000,00).
Son unos 1.968 dólares.
La medida fue un éxito en su momento, la aplaudieron los ambientalistas y buena parte de la comunidad. El acuerdo colocó a San Pedro como el primer municipio de Guatemala declarado libre de plásticos.
Pero también fue cuestionada por los empresarios del sector, que esgrimían que esa no era la forma de luchar contra la contaminación del lago. Y fueron un poco más allá: la Cámara de Industria presentó un recurso de inconstitucionalidad sobre el acuerdo, pero la Corte se Constitucionalidad lo rechazó.
En aquellos años, los puestos que vendían tortillas en la calle las envolvían en papel, los restaurantes turísticos no daban pajillas y las carnicerías envolvían sus productos en hojas de plátano.
Pero llegó la pandemia del covid-19 y los negocios se vieron obligados por las medidas sanitarias a usar platos y vasos desechables. Entonces, las calles empezaron a llenarse de mascarillas, plásticos y basura.
"La naturaleza habla, pero a veces no entendemos su lenguaje". Salvador Quiacain Sac, hoy un anciano y antes aquel niño de siete años que jugaba con sus amigos en el lago, habla una mañana de junio sentado en lo alto de la casa que comparte con hijos y nietos, mirando hacia esa masa de agua que sus ancestros le enseñaron a respetar. Es un día de lluvia y las nubes lo tapan todo.
Su casa no está en el centro de San Pedro La Laguna. Para llegar hay que tomar un tuctuc cuesta arriba, camino de otro pueblo, San Juan La Laguna. Su oficina, llena de libros y fotos de su historia y la del pueblo, es un punto de encuentro para las reuniones comunitarias.
Salvador fue alcalde del municipio en los 90. Antes había sido traductor de la Iglesia católica en 1975, acompañando a un sacerdote español en sus recorridos entre San Pedro y San Juan La Laguna. También fue técnico de participación ciudadana para Naciones Unidas y la cooperación española. Hoy forma parte del Consejo de Ancianos y es un referente para la comunidad de San Pedro.
Con su esposa se comunica sobre todo en tz'utujil, uno de los tres idiomas mayas —junto con el kaqchiquel y el k’iche’— que se hablan en los alrededores del lago. Dos de sus hijas preparan el almuerzo.
En la entrada hay un jardín de plantas medicinales y frutales que consume toda la familia. Más abajo, un espacio donde guardan leña que usan para consumo propio y, luego, una bodega donde hacen la separación de residuos de todo lo que no es orgánico: papel, cartón y plásticos.
Plástico. Eso que Salvador no conoció hasta los 19 años y que hoy, se sabe —lo sabe el pueblo y lo sabe la academia—, es una de las fuentes de contaminación de la abuela lago, de ese lago que sus ancestros les enseñaron a respetar.
Al salir de su casa, situada junto a un pequeño barranco, la familia tira la basura orgánica que sirve para generar abono para otras plantas.
"Da dolor de corazón ver que una parte del lago se ha vuelto un charco y cada vez el nivel está más bajo. Es un llorar del alma", dice Salvador, y mira por la ventana. "Ustedes no van a ser guardianas recogedoras de basura de los empresarios, le digo a las Guardianas. Por eso hace un año y medio llevamos una parte de la basura a la capital, al frente de la Cámara de Industria", cuenta.
El 24 de octubre de 2022, un grupo de 100 personas, coordinado por el Colectivo Tz'unun Ya', recorrió los 175 kilómetros que separan San Pedro La Laguna de Ciudad de Guatemala con la basura recogida durante una jornada de limpieza. La llevaron las Guardianas del Lago.
Caminaron por la Avenida de la Reforma y se detuvieron primero en la Cámara de Industria. Sacaron la basura de los costales y canastas que transportaban sobre la cabeza y la arrojaron frente al edificio. Algunas mujeres también lanzaron botellas de plástico contra la puerta.
Después siguieron hasta el Congreso e hicieron lo mismo. Cuestionaban a los responsables de la contaminación y pedían que se hicieran cargo.
"Tu industria", gritaba un hombre por el megáfono. "Tu basura", respondían al unísono las más de 100 personas que estaban ahí.
Nancy González, mujer maya tz'utujil y coordinadora del colectivo Tz'unun Ya', sintió una alegría inmensa al ver a estas mujeres y que se escuchara su voz. Pensó que estaban empoderadas, que tenían conciencia y que estaban enseñando cómo cuidar el lago y todo su entorno natural.
A aquella acción la llamaron la Procesión de la Basura.
Hoy, pese a todas las acciones comunitarias, San Pedro La Laguna no es una localidad impoluta. Sigue habiendo plásticos y otros materiales desechables en sus calles.
El problema es que no sólo están en las calles, sino también en el lago. Los peces y los cangrejos, dice Elsa Yojcom Juárez, ingieren microplásticos: "Y si uno sigue comprar pescados, si uno sigue comprar cangrejos algunos se enferma por eso dice: “Ay, estoy muy mal, duele mi estómago o estoy vomitando o tengo mucha diarrea. Solo pescado comí ayer”. Porque el pescado ya no es como antes. Viene contaminado". La cianobacteria tampoco se fue.
Según la NASA, la Autoridad para el Manejo Sustentable de la Cuenca del Lago de Atitlán y su Entorno usa una herramienta en internet llamada Sistema de Pronósticos del Lago Atitlán, un panel de datos que permite monitorear la salud del lago con información procedente de las ciencias de la Tierra de la agencia estadounidense.
"Todas las semanas, visito la [página del Sistema de Pronósticos] para verificar la probabilidad de una proliferación de algas, no solo de cianobacterias sino de otras algas”, explicó en 2024 Fátima Reyes, jefa del Departamento de Investigación y Calidad Ambiental de la autoridad ambiental del lago.
En mayo de 2026, la AMSCLAE publicó un comunicado en el que informó de que el lago de Atitlán se encontraba en nivel de alerta medio (anaranjado) debido aumento de las floraciones de cianobacterias, las altas temperaturas y las condiciones climáticas.
—Buenos días, señora. Disculpe, la molestia —dice Elsa Yojcom Juárez, un poco en tz'utujil, un poco en castellano, acercándose a una turista.
—Eh, sí —responde la mujer.
—Por favor, aquí tengo un costal. Puede echar la basura, porque yo lo vi, lo dejaron un montón ahí y como ahí hay arena y le están echando arena con su pie. Como escondiendo la basura. Aquí un montón de mujeres vienen a limpiar el agua. Nosotros somos celosos de nuestro nuestro bello lago.
—Está bien, disculpe, está bien.
—Aquí está el costal.
—¿Y por qué esa señora nos manda?— dice por lo bajo otro turista.
Así recuerda Elsa uno de los momentos en los que intenta explicar a los turistas cómo entienden en San Pedro La Laguna —y, especialmente, entre las Guardianas y el Colectivo Tz'unun Ya'— el cuidado del lago.
Thelma Aldana: "Los que lideramos la lucha contra la corrupción en Guatemala estamos en el exilio"
Ver más
“Claro que tengo que mandar. Estoy en en mi pueblo —dice Elsa—. Quiero para mis nietos y tataranietos dejar el lago como está ahora”.
Pero “como está ahora” es, también, un lago en alerta por el mismo mal que hace 17 años sacó a las primeras mujeres a rezar a la orilla del agua.
Elsa lo sabe. Por eso, cada mes, vuelve a bajar al muelle con su costal y con sus compañeras.