Cachondearse de un niño muerto

Hace diez años, un niño de tres años apareció ahogado en una playa de Turquía cuando huía con su familia de la guerra en Siria. El mundo se estremeció al ver la foto de su pequeño cuerpo inerte arrastrado a la orilla, donde en lugar de haber encontrado la muerte debería haber estado celebrando la vida. Aylan Kurdi removió las tripas incluso a quienes no son capaces de ver personas desesperadas detrás de las frías cifras. Desde la perspectiva de sus privilegios no parece comprensible que alguien abandone su país para intentar llevar una existencia a salvo de salvajadas múltiples o para poder alimentar a los suyos. 

Rafael Hernando, que esta semana se echó unas risas a costa de Aylan emulando ser un emoji triste mientras se desternillaba desde su cómodo sillón del Congreso, ha hecho de la deshumanización una profesión. Con 22 añitos ya era concejal del PP en Guadalajara y a los 65 años sigue chupando del Estado. Su gran mérito es montar el pollo. Rafa conoce bien su valor para el partido: dar voz a los bajos instintos, en los que la moral no sirve de filtro, para satisfacer ese lado oscuro de los electores que agradecen verse reflejados en todo un señor diputado. 

Su hoja de servicios está plagada de altercados y vergonzantes actitudes. Siempre está sonriendo por los pasillos del Congreso, es un hombre feliz. El pasado mes de junio se casó uno de sus tres hijos, tal y como ha quedado documentado en el Hola. Si esta criatura hubiera nacido en Siria o en Marruecos, que está aquí al lado, no habría podido haber escalado puestos hasta situarse en un banco en Manhattan, ni haber celebrado el ágape en el Ritz. Nadie elige su país de origen, ni la familia. Por eso su crueldad estremece tanto a la gente de bien, la falta de empatía para ponerse en el lugar del otro. Haber nacido en una familia franquista marca, desde luego. Hay que recordar que hizo ademán de querer pegar a Rubalcaba en el pasillo de entrada al hemiciclo, más para que le fotografiaran que porque fuese a atreverse a hacerlo. No se iba a arriesgar a perder el escaño.

El gobierno del PP no tenía enfrente a una oposición desatada pidiendo a gritos escalar el conflicto, sino una colaboradora y apaciguadora, que no se dedicó a echar leña al fuego

Desde entonces ha pasado un mundo. Estamos anestesiados como sociedad ante las matanzas de niños en Gaza de las que los criminales presumen en redes sin que haya castigo, nos parece aceptable que se expulse a los menores migrantes no acompañados, los secuestros del ICE en Estados Unidos casi nos resultan peccata minuta. Que Rafael Hernando se carcajee al referirse Patxi López a Aylan, nos deja fríos. El sufrimiento y la muerte del prójimo nos la resbala. 

En las manifestaciones por Ceuta, más que solidaridad se respiraba un aire viciado, el de la deshumanización que va cercándonos sin que nos demos cuenta. Azuzados por los valientes, que jamás han actuado por miedo a las consecuencias, una parte de la ciudadanía ha convertido a las personas en munición. Aznar, que nunca hizo una visita oficial como presidente, salvo un par de actos de partido, para no molestar a Marruecos y se deshizo en elogios a Hassan II cuando estaba en Moncloa, hoy se erige en salvapatrias. “Ha sido un gran impulsor de la modernización y democratización de Marruecos”, dijo en su día sobre el fallecido monarca. A finales de agosto se plantó allí para actuar en el circo que la derecha y la extrema derecha han montado. Pobres ceutíes, a los que abandonarán en cuanto hayan exprimido el show a tope. 

Aznar culpó a Francia del incidente de la isla de Perejil con Mohamed VI en el verano de 2002, que acabó con la mediación de Estados Unidos. El gobierno del PP no tenía enfrente a una oposición desatada pidiendo a gritos escalar el conflicto, sino una colaboradora y apaciguadora, que no se dedicó a echar leña al fuego. Gracias a eso, los chistes sobre la bravucona narrativa de la intervención española en el islote deshabitado de 500 metros de largo por 300 de ancho, sustituyeron a la crispación que han creado ahora los mismos de entonces. Las bromas con “Al alba y con tiempo duro de Levante”, como contó Trillo el desembarco en ese pedacito de tierra, desataban las risas. Hoy en el PP se lleva cachondearse de niños muertos.

Más sobre este tema
stats