Congelar óvulos o el coste de la vida Ángela Rodríguez Pam
Los veranos siempre son demasiado cortos, tal vez porque a la mayoría de la gente los inviernos se nos hacen eternos y muy cuesta arriba: en septiembre, todas las calles de la ciudad son un puerto de montaña, no caminas por ellas, las escalas. Es cierto que nada normaliza tanto como la rutina y, por lo tanto, no pasará mucho tiempo antes de que la realidad se vuelva a hacer con nosotros por las buenas o por las malas y la mezcla del frío y las prisas hagan parecer un sueño estos días de playa y calor, de descanso y lejanía de las cosas, que vistas desde la distancia, a menudo parecen inverosímiles: la palabra más perseguida del diccionario de los veraneantes, la más deseada, es el verbo “desconectar”.
El regreso quizá es duro porque volvemos a lo que no cambia o, por decirlo así, se queda quieto a toda velocidad: las obligaciones, los horarios, la combinación del cansancio y el vértigo, las jornadas en que se sale de casa de día y se vuelve a oscuras, los cafés de trabajo y los compromisos ineludibles, los transportes públicos hacia la oficina… Son lo que nos espera con paciencia y ganas de venganza, lo que suena a la misma música de siempre. Unas veces nos gusta la canción y nos volvemos a subir a ella como quien entra a un baile y otras, no tanto. Y con frecuencia se produce la paradoja de que te cueste reencontrarte con lo que echabas de menos: lo cortés no quita lo valiente.
En Ceuta hay mucho material inflamable y unos ultras con mecheros cuyo fin no es otro que prenderle fuego a España para después ofrecerse voluntarios como bomberos
En el terreno de eso que llamamos la actualidad, que en esta era de redes e inteligencias artificiales no se sabe bien si es lo que pasa o lo que nos dicen que pasa, la sensación es la misma: el erre que erre de las banderas, las disciplinas de partido, el raca-raca de la militancia ciega, los discursos de acero inoxidable, la famosa y latosa polarización… Quienes participamos en el debate público, lo hacemos generalmente con pasión y, en los mejores casos, con respeto por las personas, que suelen estar por encima de sus ideas y con frecuencia incluso hasta ser más respetables que estas, que a partir de ciertos niveles están teledirigidas por siglas y líneas editoriales. En cuanto desembarquemos, nos pondrán entre las manos Ceuta y el rumor de la ruptura sentimental de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que a algunos los llevará al borde de la prensa rosa. Aquí siempre se corre el riesgo de entrar al trapo de las habladurías y meterse en el cuento de la tonadillera y el torero.
Lo que Isabel Díaz Ayuso haga con su corazón es asunto privado, una cuestión única y exclusivamente suya. Lo que pueda haber o no haber hecho a favor de su novio o ex y gracias a su posición institucional, eso sí es del dominio público. Pero la mezcla de ambos extremos resulta peligrosa y despista: lo importante no es la pareja Ayuso-Amador, sino el trío Amador-Comunidad de Madrid-Quirón. Ahí está el tema, que, en cualquier caso, ojalá no sirva de cortina de humo y nos distraiga de lo más peligroso, que es lo que está pasando en Ceuta, donde hay mucho material inflamable y unos ultras con mecheros cuyo fin no es otro que prenderle fuego a España para después ofrecerse voluntarios como bomberos. Por lo demás, todo bien. Que el año laboral os sea leve.
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